CAPITULO 08 - ­HAGAMOS UN TRATO

III. Ley/Dominio

 

­CAPITULO 8

 

HAGAMOS UN TRATO

 

­. . . ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor (Filipenses 2:12b).

­El que compra dice: Malo es, malo es; mas cuando se aparta, se alaba. (Proverbios 20:14).

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El tercer principio de todo pacto bíblico es el principio de la ética-dominio. Para que un hombre comience a ejercer el dominio bajo Dios, tiene que ofrendarse ante Dios como un sacrificio vivo (Romanos 12:1). Se le debe permitir ofrecer su persona y sus talentos a Dios y a los hombres. En resumen, se debería permitirle entrar a cualquier mercado y ofrecer sus bienes y servicios a los consumidores.

 

­Es fácil malinterpretar las palabras de Pablo en Filipenses 2:12b. No se trata de cómo llegar al cielo. Se trata de lo que debemos hacer en la tierra antes de llegar al portal del cielo. Pablo no decía que trabajásemos para ganar la entrada al cielo, o que nuestras obras son la base de nuestra salvación. Lo ­que él dijo es que hagamos realidad la salvación que ya tenemos con temor y temblor. El presupone que uno ya ha recibido la salvación por gracia por medio de la fe en la obra expiatoria de Jesucristo en Calvario.

 

­Aclara a sus palabras perfectamente en su carta a los Efesios: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ella." (Efesios 2:8-10).

 

La salvación viene por la gracia de Dios; el hombre responde a su regalo de salvación reconociendo su deuda eterna a la obra de Cristo en el Calvario; y luego pasa el resto de su vida haciendo lo posible para andar en las buenas obras que Dios ha ordenado para él.

 

­Lo que esto significa es que Dios por su gracia nos ha salvado, pero El nos ha salvado para que trabajemos duro, nos sostengamos, seamos responsables por nuestras propias obras, y hagamos buenas obras. En otras palabras, es nuestro deber que realicemos la salvación que El nos ha dado, y que la realicemos con temor y temblor. Hemos de comprender la grandeza de lo que nos ha dado, y de lo cual somos responsables.

 

Debemos obedecerle a El obedeciendo su ley.

 

­La Libertad para Servir ­Para que un hombre comience a realizar su salvación con temor y temblor, necesita gran libertad ­para llevar a cabo sus tareas. El cristiano no debe convertirse en un esclavo si puede evitarlo. "¿Fuiste llamado siendo esclavo? no te dé cuidado; pero también, si puedes hacerte libre, procúralo mas" (1a a los Corintios 7:21). Si un individuo puede tomar mas responsabilidades, debe hacerlo, si cree honestamente que sus habilidades y dones le capacitan para ejercer sus funciones con eficacia. Por eso su meta debe ser convertirse en un hombre libre, responsable ante Dios por sus propios actos, y ser el beneficiario de cualquier productividad que pueda traer ante Dios.

 

­Esto significa que el individuo, si toma en serio su servicio a Dios, debería aprovechar cualquier libertad que se le ofrezca. Hace esto para llegar a ser mejor siervo de Dios, ejerciendo mayor dominio que sí sólo estuviese obedeciendo los mandatos de otro individuo. Tiene la capacidad de actuar según su propio conocimiento, según sus propias habilidades, y según sus metas. Un cristiano maduro en la fe es el mejor juez ante Dios de sus propias aptitudes, y a fin de motivarlo a actuar a su productividad máxima, hay que darle libertad, para que se beneficie de sus propios esfuerzos.

 

­Una civilización que permite que los individuos trabajen duro, tengan perspectiva de futuro, ahorren y realicen su salvación con temor y temblor es una sociedad que se beneficiará de los esfuerzos colectivos de estos ciudadanos productivos.

 

­Los Esclavos del Estado

 

­En contraste, tenemos la sociedad socialista con­trolada por el gobierno que pone muchas restricciones en cuanto al modo de vida que los hombres deben llevar, cuándo pueden hacerlo, y cuánto se les permitirán recibir por cumplir con sus deberes. También impone mucho papeleo y otras clases de requerimientos oficiales y se requiere a la gente, que se reporten constantemente a sus superiores que carecen de incentivos económicos directos ("bonos de productividad") por el trabajo de sus subalternos.

 

La gente productiva tiene que pasar mas tiempo llenando formularios que ideando maneras creativas para servir al consumidor.

 

­Una de las razones por que durante los últimos doscientos años la sociedad occidental ha tenido el crecimiento económico mas rápido de la historia es que ha dejado a los hombres en libertad para hacer lo mejor posible ante Dios, y para que sirvan a Dios y al hombre de la manera en que ellos crean poder hacerlo mejor, tomando en cuenta sus propias limitaciones de habilidades, de capital para invertir, y de visión. Se permitió también que ellos se queden con los frutos de su labor, su previsión, y su planeamiento eficaz de gastos. En breve, se les permitió obtener ganancia.

 

­Al permitir que los individuos compitan en un mercado abierto, cada hombre haciendo lo mejor posible para servir las necesidades de los consumidores, la sociedad occidental ha aprovechado las habilidades de cientos de millones de individuos — individuos que probablemente nunca hubiesen hecho el esfuerzo de mejorar sus destrezas y talentos si hubie­sen permanecido esclavos del Estado, o esclavos de otros individuos.

 

­La base bíblica del trabajo libre, es decir el trabajo legalmente libre, es la doctrina de la responsabilidad de cada hombre de ejercer su ocupación, o sea su llamado, ante de Dios. Como cada uno debe realizar su salvación con temor y temblor — responsabilizarse por su propia vida y sustento — Dios requiere que el Estado no prescriba a la gente cómo negociar contractualmente unos con otros.

 

­Cuando nosotros dejamos que los hombres sir van libremente en el mercado, estamos afirmando un ordenamiento en el cual cada hombre tiene la oportunidad para probar su habilidad a su prójimo.

 

Cada hombre tiene una oportunidad de acercarse a cualquier otro para ofrecer o intercambiar sus bienes y servicios al precio que él crea ser beneficioso para ambas partes. ­Esto no significa que el Estado debería permitir la conducta inmoral sin castigarla. Lo que esto significa es que si una ocupación dada es legítima ante Dios, el Estado no debe interferir legalmente con los convenios hechos por los hombres en sus tratos voluntarios unos con otros. Solo significa que yo puedo decirle, "Yo le daré a ud. un mejor precio que todos mis competidores." Debo de tener el derecho legal para hacer una oferta. Mis competidores debieran tener el mismo derecho. Esto es el significado de la competencia.

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Compradores y Vendedores

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Años atrás, estaba en el patio de un amigo mío ­quien es un hombre de negocio muy exitoso, Roberto ­Tod. El es graduado de la Escuela de Negocios de Harvard, y era (y lo es aún) el socio principal de una firma multi-millonaria de muchísimo éxito que com­pra otros negocios. El hablaba Con su hijo de cuatro años, e intentaba explicarle por qué los padres tienen que ir al trabajo. "¿Por qué tengo que ir al trabajo cada día, Robbie?" Robbie, a los cuatro años, tuvo una respuesta muy buena: "Para comprar dinero," Su papá le respondió, "No, Robbie, no para comprar dinero — sino para ganar dinero."

 

­En este momento yo intervine. "No, Robbie tiene razón. Se va al trabajo para comprar dinero." El niño no tenía un título de Harvard, pero tenía una mejor explicación que su padre del por qué su padre iba al trabajo. Mi amigo lo pensó un momento, y luego admitió que Robbie tenía la razón.

 

­Decimos que ganamos dinero. Eso es en sentido figurado. Nosotros compramos dinero. Cuando vendemos nuestros servicios, compramos dinero. ­Por el otro lado, el comprador de servicios está vendiendo dinero. Claramente, hay un comprador y un vendedor en cada transacción. En cualquier intercambio voluntario, cada uno de nosotros es a la vez comprador y vendedor. A causa del hábito lingüístico, no lo pensamos así, pero eso es realmente la naturaleza de la transacción.

 

­Siempre olvidamos que cada comprador es un vendedor, y cada vendedor es un comprador. Decimos que el vendedor (de bienes) es la persona que tiene control de la transacción. Lo decimos porque es lo que se nos ­enseñó. En realidad, el "vendedor no tiene control de la transacción, porque ambos individuos son vendedores. Una persona vende bienes y servicios; la otra vende dinero.

 

­La Competencia

 

­¿Quién compite con quién en un intercambio económico voluntario? Por lo general, pensamos que el comprador compite con el vendedor, por lo cual queremos decir que el comprador de bienes está compitiendo con el vendedor de bienes. Pero en la mayoría de los casos, esto no es cierto. En una sociedad en donde solo se usa el trueque, hay algo de verdad en el concepto que el vendedor compite con el comprador. Cuanto mas estrecho el mercado, menos conocimiento de posible opciones tiene el comprador, ya que él no es un especialista en la demanda del mercado. Es probable que él tenga una desventaja de conocimiento al competir con el vendedor. Pero en una sociedad del mercado libre moderno, hay millones de compradores y muchos vendedores. Los vendedores no compiten con los compradores. Los vendedores compiten con los vendedores, y los compradores compiten con los compradores.

 

­Si yo entro una tienda y ofrezco comprar una cosa, y ofrezco al vendedor menos dinero de lo que dice la etiqueta, es posible que yo pueda comprarla de todas maneras. Si se acerca el tiempo de pagar los impuestos, o si alguna complicación ha surgido en el negocio, es posible que el dueño de la tienda esté dispuesto a venderme la cosa a precio mas bajo que ­­el precio de la etiqueta. (Puede ser que el vendedor no tome tal riesgo, a no ser que se trate de una agencia de automóviles.)

 

­En la mayoría de los casos sin embargo, el dueño rehusará hacer la oferta. ¿Por qué? Porque él espera que otro comprador le ofrezca el precio que ha puesto en la etiqueta. Además, no quiere que se corra la voz de que él está dispuesto a negociar los precios de todas las cosas en la tienda, porque él pasaría todo su tiempo negociando precios en vez de vender. En una sociedad de mercado libre moderno, la etiqueta establece las condiciones del trato. Como las condiciones son fijas y por lo tanto predeábles, el resultado es mas ventas, una clientela mas satisfecha, y mas ganancias para el negocio.

 

­Los vendedores: El vendedor está compitiendo con otros vendedores. El vendedor se preocupa para que yo entre su tienda, vea su mercadería, y decida si el precio es demasiado alto. Puede que yo cruce la calle y compre algo parecido y mas barato, o lo mismo a precio mas bajo. Así que, el comerciante compite con otros comerciantes.

 

­Los compradores: En una subasta, yo compro con mi dinero. Compito directamente con otros compradores potenciales con dinero. El subastador decide quién recibirá los bienes después de ver quién ofrece el precio mas alto. Es fácil: ¡la oferta mas alta gana! Vemos claramente en el caso de una subasta que el subastador no está en competencia con el comprador. ­Solo provoca mas competencia entre los compradores.

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­El utiliza toda la habilidad que posee para aumentar ­la competencia entre los compradores. Los compradores compiten con compradores. ­¿Qué sucedería si el subastador comenzase con un precio mas alto que cualquiera de los postores está dispuesto a ofrecer? No venderá la mercadería. Se vería forzado a bajar el precio inicial, o a poner a un lado el artículo y esperar otra subasta, donde él pueda venderlo a un precio mas alto.

 

­Este concepto de competencia es diferente a lo que uno lee normalmente en el periódico. El crítico moderno de la sociedad capitalista no comprende realmente cómo funciona el mercado. No comprende lo que es el principio básico del mercado: a saber, el trabajo de cada hombre responsable ante Dios por satisfacer su obligación de mayordomía. No comprende el concepto de la propiedad responsable. No comprende la competencia.

 

­"¡Hazme una Oferta Mejor!"

 

­¿Qué es la competencia? La competencia es la oferta que yo hago al comprador de algo mejor que lo que puede conseguir de algún otro vendedor de bienes y servicios. O si yo soy el comprador, es mi derecho legal de ofrecerle a un vendedor mas dinero, o mejores condiciones o algo mas deseable para el vendedor que lo que cualquier otro comprador está dispuesto a ofrecerle. Esto es la competencia. Es el derecho legal de decir, "Cómprelo de mi," o el derecho legal de decir, "Véndamelo a mí." Es el derecho legal de un individuo de hacer una oferta mejor a otro individuo.

 

­En cierto sentido, lo que le estoy pidiendo es que sustituya mis servicios, o si yo soy el comprador, mi oferta por la oferta a los servicios de cualquier otro. Es sencillamente un proceso de sustitución. La persona que se pide que haga una sustitución necesita un incentivo a cambio. ­Hubo un popular reclame de cigarrillos que consistía en un fumador con el ojo amoratado por un golpe. "¡Yo preferiría pelear que cambiar!" decía.

 

Bueno, eso es la prerrogativa del comprador. Pero los vendedores siempre deberían tener el derecho legal de ofrecer al comprador algo mejor, para lograr que él cambie de idea. ­Lo que es inmoral es que el vendedor logre que el gobierno prohíbe que sus competidores potenciales tengan el derecho de cerrar un trato. El vendedor está diciendo, "Yo preferiría pelear con mi colega que permitir que mis clientes cambien." Si logra que el gobierno amenace a sus competidores con multas y encarcelamiento, es una lucha inmoral e injusta.
 

­Las ofertas competitivas nos permiten a todos comprar lo mas posible con nuestro dinero en artículos y servicios o vender nuestros bienes y servicios al mejor precio. Lo que esto significa es que cada individuo es responsable por sus propios actos, y que presumiblemente él sabe mejor sus necesidades que cualquier otro. Solo él sabe lo que piensa; ningún oficial del estado lo sabe. Él conoce sus talentos mejor que ningún burócrata. El comprende mucho mejor lo que él está dispuesto a pagar o a sacrificar a fin de lograr algo que ningún político lejano.

 

­Si deseamos obtener la mayor cantidad de servicios de cada uno de nuestros conciudadanos, tenemos que permitir que nuestros conciudadanos tengan la

oportunidad de ofrecernos un mejor precio. La libertad es sencillamente un ordenamiento de reglas en la cual cada individuo tenga el derecho de ofrecer un precio mejor o diferente a cualquier miembro de la comunidad.

 

­"Sírvame; Empújeme"

 

­Si yo como cliente quiero atraer a todos los demás ciudadanos que pudieran servirme de alguna manera, tengo que permitir como vendedor que cualquiera compita conmigo. La libertad para venderme necesariamente supone la libertad de competir conmigo. Esta es la doctrina del comercio libre, o de la libre competencia.

 

­Un problema es que por ejemplo, digamos, "Bueno, realmente estoy dispuesto a permitir que mis compatriotas compitan conmigo, pero no estoy dispuesto a que lo haga la gente de otros países." Esto es precisamente lo mismo que si uno dijese, "Yo permitiré que mis compatriotas estadounidenses me sirvan, pero nunca permitiré que los productores extranjeros me sirvan." Esto es exactamente lo mismo. Si quiero que los productores extranjeros me suplan lo que consumo, tengo que permitir que los productores extranjeros compitan conmigo como productor.

 

­A algunos les resulta muy difícil aceptar este argumento sumamente claro. Quieren creer que ellos pueden forzar a todo el mundo a servirles en su papel ­de consumidores, pero también quieren prohibir que esta misma gente compita con ellos en sus capacidades de productores. No se puede tener lo uno sin lo otro.

 

­Además, si como productor ud. necesita poder ir a ofrecer sus bienes a los consumidores de otros países, entonces tiene que permitir la misma oportunidad a los productores extranjeros de hacer una mejor oferta a sus clientes.

 

­Lo que estoy diciendo es que la Biblia enseña que cada hombre tiene legalmente el derecho, de realizar su propia salvación con temor y temblor delante de Dios y los hombres — de trabajar duro, manejar bien sus asuntos, y disfrutar las ganancias. La única excepción sería el comercio entre las naciones en guerra.

 

Si el intercambio pacífico es legítimo con una nación extranjero, entonces el intercambio libre de tarifas (libre de impuestos) es también legítimo. No debiera haber discriminación contra ninguna nación pacífica, o ningún producto importado: la misma tasa de impuestos (tarifas) debiera aplicarse a cada importación. Cuanto mas bajo el impuesto, mejor para los consumidores.

 

­Debemos permitir que cada individuo ejerza sus talentos y habilidades para servir a Dios y al hombre en la mejor manera que él pueda, sin interferir legalmente en su habilidad de ofrecer un mejor precio a cualquiera en la economía. Otra vez, no estoy sosteniendo que el Estado debe permitir que la gente haga ofertas inmorales — tal como la heroína, la prostitución, la pornografía, o el aborto criminal — a otros individuos, pero sí estoy diciendo que si un artículo ­o servicio puede ser legítimamente ofrecido a un individuo, no debiera haber ninguna restricción legal que impiden a otro hacer una oferta competitiva. ­No cabe duda que en algunos campos, algunos individuos en ciertas naciones pueden hacer mejores ofertas a los consumidores de todo el mundo. Se me ocurren los artículos electrónicos, y las cámaras foto gráficas japonesas, como ejemplos clásicos. Recordemos que en 1952 o 1953, la manufactura japonesa era motivo de burla internacional, y las palabras "Made in Japan" no acarreaban ningún peso. Pero se les permitió a los japoneses que produjeran los mejores productos y servicios que podían. Ellos mejoraron, y el mundo entero se ha beneficiado de sus esfuerzos.

 

­Pero los japoneses no compiten en el campo de la agricultura. Al contrarío, son importadores de productos agrícolas. Son importadores especialmente de productos agrícolas norteamericanos. También son importadores de productos madereros norteamericanos y de otra material prima que necesitan. Si les prohibimos que nos vendan sus fotocopiadoras, su equipo electrónico, y sus automóviles a los ciudadanos americanos, no podrán comprar dólares. Si no pueden comprar dólares, ¿cómo podrán comprar soya, carne, madera, y los otros productos que ellos necesitan a fin de sostener su estilo de vida?

 

­"¡No Se Permite Tratos!"

 

­Si nosotros erigimos barreras a la importación de productos japoneses, con eso eregimos automáticamente barreras a la exportación de los produc­tos norteamericanos. Si los consumidores americanos no gastamos nuestros dólares en artículos japoneses, entonces los consumidores japoneses no podrían con seguir dólares para comprar artículos norteamericanos. Esto es obvio, pero pocos lo entienden. . . a ambos lados de la frontera.

 

­También es cierto lo contrario. Si ellos imponen cuotas u otras limitaciones a los que se permitirá a los norteamericanos exportar al Japón, el consumidor japonés no va a obtener el mismo beneficio que antes. Si su gobierno no le permite comprar productos norteamericanos, los comerciantes norteamericanos no van a obtener tantos "yenes" y nosotros los consumidores no podremos adquirir tantos productos de los fabricantes japoneses.

 

­Mire, una tarifa es un impuesto. Se requiere que el vendedor extranjero pague derechos de aduana al gobierno estadounidense. Como consumidores nosotros enfrentamos precios mas altos por los artículos importados, y precios mas altos para los artículos competitivos producidos en los E.E.U.U. (ya que los productores norteamericanos no enfrentan tanta competencia de precios). Todo aquel que pide tarifas mas altas, automáticamente pide impuestos mas altos.

 

Aún así los votantes estadounidenses raras veces se dan cuenta de ello. ­Vamos a la lógica extrema de las tarifas y otras barreras de comercio. Si decimos que no se debe permitir que los japoneses exporten todo lo que quieran a los E.E.U.U., porque de alguna forma esto perjudica a los E.E.U.U., ¿por qué no permitir que ­los ciudadanos de California no permitan que los ciudadanos de Nevada y Oregon exporten bienes a California? ¿Y los ciudadanos de Nueva York que no permitan que los ciudadanos de Pennsylvania exporten artículos a Nuevo York?

 

­Vayamos un paso mas allá. ¿Que tal si los ciudadanos de su ciudad no permiten que los ciudadanos de mi ciudad exporten artículos a la suya? (Como este libro, por ejemplo.) Vayamos hasta la ridiculez. ¿Qué tal si alguien de mi manzana no quiere tratar con ninguno de estos "extraños" que viven a tres cuadras? ¿En qué termina tal tontería?

 

­Vamos hasta el fin. ¿Por qué coopero yo aún en mi propia familia? ¿Por qué quiero que mi esposa tome proyectos que yo quiero evitar? ¿Por qué no lavo los platos, remiendo la ropa, fregó los pisos, trabajo en el jardín, y hago todas las demás cosas que ella hace ahora mejor que yo? ¿Por qué no escribe ella los circulares y los libros y hace los videos y casettes que yo produzco? Es sencillo: yo odio hacer aquellas cosas. No las hago bien. Yo quiero que ella las haga. Y porque ella no tiene por qué escribir libros a no ser que quiera, y tenga tiempo libre para hacerlo.

 

­La Biblia enseña un principio de la división de trabajo. (Véase Capítulo Nueve: Ganancia y Pérdida)

 

Se debe respetar la división del trabajo. Cada hombre tiene su propio llamado. Cada uno tiene sus propias habilidades que ofrecer a los demás. Cada uno tiene su propio sacrificio que traer ante Dios. Dios nos dice que hemos de presentarnos como un sacrificio vivo ­ante El (Romanos 12:1). Pero si el Estado nos prohíbe hacer esas ofertas y presentarnos ante nuestro prójimo como un sacrificio vivo a fin de servirle mejor, y si nos prohíbe hacer mejores tratos, la ley ha entonces entorpecido nuestra habilidad de servir a Dios mejor y de ser servidos por quienes tratan de servir a los hombres o a Dios lo mejor que pueden.

 

Como mínimo, ellos están intentando de servir sus propios intereses, y la mejor manera de hacerlo es hacerme una mejor oferta. ­Es cierto que algunas naciones subvencionan a compañías que producen ciertas exportaciones. Los E.E.U.U, lo hacen (Banco de Exportaciones e Importaciones, etc.). ¿Debiéramos presionar al gobierno Federal para que imponga tarifas contra los productos extranjeros subvencionados que los norteamericanos quieren comprar?

 

­Para contestar, déjeme hacer esta pregunta: Si un gobierno extranjero me quiere enviar un cheque por correo, ¿se debería permitir que mi gobierno intercepte el cheque y lo rompa? ¿No? Bueno, el principio es lo mismo. Si la intercepción de mis cheques del extranjero estorba mi libertad, otro tanto ocurre con una tarifa impuesta como represalias contra los artículos extranjeros subvencionados por el Estado.

 

Al fin de cuentas, enviarme cheques del extranjero pronto se verá como una estupidez de parte de la nación extranjera; no tardará en dejar de hacerlo. Es un derroche del dinero de los contribuyentes de impuestos extranjeros. Otro tanto ocurre con la asistencia financiera para las exportaciones. Es posible ­que sea una buena política a corto alcance, pero es una práctica económica pésima. Tarde o temprano, los votantes extranjeros se dan cuenta. Se acaba tal práctica.

 

­Conclusión

 

­Lo que el principio bíblico de la libertad económica requiere es que cada hombre tenga libertad para hacer ofertas honestas y competitivas a los posibles compradores de sus mercancías o servicios. Lo que la libertad significa es que yo, como consumidor, tengo permitido por la ley hacer cualquier oferta para comprar artículos y servicios a cualquier precio que yo crea poder conseguirlos. Lo que la libertad también debe significar es que yo, como productor tengo permitido por la ley hacer cualquier oferta para vender artículos y servicios a cualquier precio que yo crea poder conseguirlos. La libertad económica es el principio del servicio competitivo. Nunca se olvide de lo que en tendía el niño de cuatro años Robbie: cada comprador es un vendedor, aun el "empleado” (que vende servicios y compra dinero), y cada vendedor es un comprador, aun el "patrón" (quien vende dinero y

compra servicios).

 

­Lo que la libertad significa es que yo, como consumidor, no tengo permitido forzar que los vendedores me vendan sus mercancías y servicios a los precios que yo preferiría. Tampoco me es permitido hacer que el gobierno civil obligue a los vendedores venderme a los precios que yo preferiría. Lo que la libertad significa es que, como productor, no se me ­­permite obligar a los compradores a pagar los precios que yo preferiría. Tampoco me es permitido lograr que el gobierno civil obligue a los consumidores comprar a los precios que yo preferiría.

 

­La libertad económica, en resumen, significa esto: Mantener cada cual la mano en su bolsillo, y que ninguno de los dos use al gobierno como nuestro agente de robo.

 

­Necesitamos reconocer los principios básicos de la libertad económica bíblica:

 

­1. La gente es responsable por sus acciones.

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2. Los cristianos deben evitar la esclavitud.

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3. Cada persona conoce sus propias habilidades y necesidades mejor que nadie — ciertamente mejor que los burócratas.

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4. La civilización occidental fue construida en base a la responsabilidad propia.

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5. La base de la ganancia en un mercado libre competitivo es servicio al consumidor.

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6. Un mercado libre permite que cada vendedor haga cualquier oferta a los consumidores.

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7. Un mercado libre permite que cada comprador haga cualquier oferta a los productores.

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8. Cada comprador es un vendedor, y cada vendedor es también un comprador.

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9. Los vendedores compiten con los vendedores, mientras los compradores compiten con los compradores.

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10. El mercado libre es una subasta enorme.

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11. Si como consumidor quiero que los vendedores compitan para servirme, debo permitir que los vendedores compitan conmigo como productor.

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12. El comercio libre significa libertad para todos, sin importar la geografía de origen.

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13. Una tarifa es un impuesto.

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14. Una barrera de importación es al mismo tiempo una barrera de exportación.

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15. La división de trabajo a nivel mundial aumenta las oportunidades de todos, es decir la

riqueza de todos.

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