27. IGLESIA Y ESTADO

 

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IGLESIA Y ESTADO

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"Cuando el legislador toma una posiclon a favoro en contra en cualquier problema, en realidad es imposible no tener algunas presuposiciones religiosas."

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Hemos observado que una postura distintivamente cristiana con respecto a la Ley a la política demandar la promoción del evangelio integral propugnado por la fe reformada - un evangelio que tiene repercusiones políticas porque Cristo ha establecido el reino de Dios (con su influencia en todas las áreas de la vida) y ya reina como Rey de reyes sobre toda la humanidad. Los verdaderos creyentes oran que el reino de Dios venga mas y mas a la realidad a través de la historia, y que la voluntad de Dios sea hecho en la tierra como en el cielo. El estudio de la Escritura ha mostrado que la voluntad de Dios para la justicia y la política gubernamental se ha revelado en los principios permanentes de la Ley de Dios. Por lo tanto, los cristianos deben trabajar para persuadir a otros de su obligación para con los mandamientos de Dios, incluso al magistrado civil de su deber de asegura el cumplimiento de las sanciones penales de la Ley de Dios contra la actividad criminal en la sociedad. Sin la Ley de Dios, puede que el cristiano se interesa en la política, pero no tendrá nada que contribuir en cuanto a dirección concreta que no pudiera ser contribuido igualmente por la sabiduría social autónoma. La Ley de Dios es la clave, entonces, para la actitud cristiana hacia la moralidad socio—política.

 

Una queja que se escucha con frecuencia en nuestra sociedad secularizada (y aun entre cristianos que han sucumbido a las presiones de la secularización) es que no podemos reconocer la Ley de Dios como el estándar para la moralidad política a causa de la "separación de la Iglesia y el Estado." Para ver que tan débil es esta queja la debemos explorar desde muchos ángulos.

 

 
La Separación en el Antiguo Testamento

 

Existen, en primer lugar, quienes rechazan la Ley de Dios como estándar para la ética política de hoy por creer que la organización social del Antiguo Testamento no acepta, como lo hacemos nosotros la separación de la Iglesia y el Estado. El pensamiento parece ser este: ya que la Ley mosáica se dirigió a una situación en donde la Iglesia y el Estado estaban combinados, aquellos mandamientos no serían apropiados para una situación diferente como la nuestra donde la Iglesia y el Estado están separarlos.

 

Es común pensar así, pero no obstante es inválido. Podemos comenzar por fijarnos en la realidad de que el Antiguo Testamento seguramente reconoció muchas clases de separación entre aspectos cultito―políticos y civil-políticos de la vida. Los reyes no eran sacerdotes en el Israel del Antiguo Testamento, y los sacerdotes no eran líderes civiles (como en las culturas paganas entorno a Israel). De veras, cuando un rey como Uzías presumió tomar para si las tareas religiosas de un sacerdote, fue azotado por Dios con la lepra por haberse atrevido a quebrantar la reconocida separación de "Iglesia" y "Estado" (2a de Crónicas 26:16·21).

 

Había una diferencia clara entre el oficio y las prerrogativas de Moisés y Aarón, entre los de Nehemías y Esdras. El orden social del Antiguo Testamento no "combinaba," entonces, la adoración religiosa y la administración civil.

 

Leemos que Josafat puso al sumo sacerdote sobre el pueblo "en todos los negocios del rey" (2a de Crónicas l9:11). Una separación funcional entre rey y sacerdote ― los dos responsables ante Dios ― era conocida y seguida. De este modo, reyes y sacernistra la ley civil por la espada, sirven bajo la autoridad de Dios, el Creador, Sustentador, Rey, y Juez de toda la humanidad en todos Ios aspectos de sus vidas.
 
Sentidos Diferentes de Esta "Separación"

 

Al hablar la gente de hoy de su compromiso con la separación de Iglesia y Estado debemos comprender que esto se puede aceptar o interpretar de muchas maneras. "Yo creo en la separación de Iglesia y Estado" puede ser la respuesta a una o mas preguntas lógicamente distintas. Por ejemplo, es posible que preguntemos si la Iglesia debiera dominar al estado (por ejemplo, el papá mandando a los reyes) o el Estado debiera dominar a la Iglesia (por ejemplo, las Cortes Generales mandando la política eclesiástica), y es bien posible que la respuesta sea que deberíamos mantener la separación de Iglesia y Estado - es decir, que ni la Iglesia debe dominar al Estado ni viceversa. Debíamos tener una Iglesia libre en un Estado libre.

 

Una segunda pregunta puede ser si el Estado debiera establecer una denominación entre las otras como la Iglesia estatal (o imponer tributos a la población para el apoyo económico de los ministros de una iglesia o denominación particular), y otra  vez es posible que la respuesta sea que deberíamos mantener la separación de Iglesia y Estado—es decir, que solamente las ofrendas voluntarias deberían apoyar a todas las iglesias, y que una denominación no debiera ser favorecida mas que las otras por el Estado. Esto es, de hecho lo que la Primera Enmienda de la Constitución de EE. UU. proclamó históricamente al prohibir el "establecimiento" de la religión. No prohibió la expresión de perspectivas religiosamente basadas por políticos o sus partidarios; ni prohibía la obediencia a la Biblia por parte de los oficiales públicos. Solamente prohibía el establecimiento de una denominación como una Iglesia estatal.

 

Finalmente, mas recientemente, se ha preguntado si un sistema religioso o revelación distintiva debieran ser el modelo para los legisladores al determinar ellos la política pública. En épocas anteriores la gente hubiera sido suficientemente sabia para adivinar la intención de tal pregunta, porque es en realidad imposible no tener algunas presuposiciones religiosas cuando el legislador apoya un lado e el otro de un conflicto. ¡La única pregunta debiera ser cuales creencias religiosas deben guiarlo, no si las creencias religiosas deberían guiarlo! Sin embargo, hoy en día los que favorecen el ideal de la seudo-neutralidad religiosa en cuanto a la política tienden a expresar su posición como un compromiso con la "separación de Iglesia y Estado." Por esto entienden la separación de la moralidad (o de la moralidad religiosamente basada) del Estado; ellos favorecen mas bien leyes seculares o autónomas en la sociedad. Los que creen que los magistrados están obligados a cumplir la Ley de Dios son acusados (equivocadamente) de violar la separación de Iglesia y Estado - que debiera significar la separación de dos instituciones y funciones.
 

 

Conclusión

 

Debemos tener cuidado en comprender como se usan los términos. El cristiano que fomenta la obediencia a la Ley de Dios dentro de su sociedad no esta violando ningún entendimiento bíblico de la separación de Iglesia y Estado. De hecho, es de desear que los creyente serenan tal separación 
lo que significa que ninguna  de estas instituciones debiera dominar a la otra en su capacidad oficial, y que ninguna denominación debería ser establecida como la Iglesia del Estado. Sin embargo, "la separación de Iglesia y Estado" cuando el humanismo secular la usa como un lema para la neutralidad religiosa en la política gubernamental es un engaño y violación de la Ley de Dios. En cuanto a ese punto, nuestra lealtad no es a un eslogan ambiguo sino al Rey de reyes. "Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso" (Romanos 3:4). Debemos ser fieles a los requisitos de la Escritura, incluso a la obligación del magistrado civil con la Ley de Dios, en lugar de los dictámenes populares de nuestra época. En pocas palabras, "es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hechos 5:29).
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