Capítulo 23 - LA NUEVA CREACIÓN

 
Capítulo 23

 
LA NUEVA CREACIÓN

 

(Apocalipsis 21-22)

 

El Salvador obra poderosamente todos los días, atrayendo a los hombres a la religión, persuadiéndoles a la virtud, enseñándoles sobre la inmortalidad, despertando su sed de cosas celestiales, revelando el conocimiento del Padre, inspirando fortaleza en presencia de la muerte, manifestándose a cada uno, y desplazando la irreligión de los ídolos; mientras que los dioses y los espíritus malos de los incrédulos no pueden hacer ninguna de estas cosas, sino morir en presencia de Cristo, anulada y vacía toda su ostentación. Por el contrario, por la señal de la cruz, toda magia es detenida, toda hechicería confundida, todos los ídolos abandonados y renunciados, y cesa todo placer sin sentido, a medida que el ojo de la fe mira desde la tierra hacia el cielo.

 

Atanasio, On the Incarnation [31]

 

 

Bien, finalmente hemos llegado a un punto en Apocalipsis acerca del cual todo el mundo está de acuerdo, ¿verdad? "Los nuevos cielos y la nueva tierra" - eso tiene que ser literal, y se refiere a la eternidad después del fin del mundo, ¿verdad? Error. O, para ser absolutamente preciso, debería decir: Sí y no. La verdad es que la Biblia nos dice muy poco sobre el cielo; de hecho, sólo lo justo para dejarnos saber que vamos para allá. Pero el interés principal de la Escritura es la vida presente. Por supuesto, las bendiciones de los capítulos finales de Apocalipsis sí se refieren al cielo. No es realmente una cuestión de "una cosa o la otra". Pero lo importante es que estas cosas son ciertas ahora. El cielo es una continuación y un perfeccionamiento de lo que es cierto de la iglesia en esta vida. No hemos de esperar simplemente estas bendiciones en una eternidad por venir, sino que debemos disfrutar de ellas y regocijarnos en ellas aquí y ahora. Juan le hablaba a la iglesia primitiva de las realidades presentes, de bendiciones que ya existían y que aumentarían a medida que el evangelio se extendiera y renovara la tierra.

 

 

"He aquí, yo hago nuevas todas las cosas"

 

Juan dice que, primero, vio "un cielo nueva y una nueva tierra, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron" (Apoc. 21:1). Para entender esto, necesitamos recordar una de las lecciones más básicas del tema del paraíso: la salvación es una re-creación. Por eso se usan en la Escritura el lenguaje y el simbolismo de la creación  cada vez que Dios habla salvar a su pueblo. El diluvio, el éxodo, y la primera venida de Cristo son vistos como Dios creando un nuevo mundo. Así, pues, cuando Dios habló por medio de Isaías, profetizando las bendiciones terrenales del reino venidero, dijo:

 

Porque he aquí yo crearé nuevos cielos y nueva tierra; y de lo primero no habrá memoria, ni más vendrá al pensamiento. Mas os gozaréis y os alegraréis para siempre en las cosas que yo he creado; porque he aquí que yo traigo a Jerusalén alegría, y a su pueblo gozo. Y me alegraré con Jerusalén, y me gozaré con mi pueblo; y nunca más se oirán en ella voz de lloro, ni voz de clamor. No habrá más allí niño que muera de pocos días, ni viejo que sus días no cumpla; porque el niño morirá de cien años, y el pecador de cien años será maldito. Edificarán casas, y morarán en ellas; plantarán viñas, y comerán de ellas. No edificarán para que otro habite, ni plantarán para que otro coma; porque según los días de los árboles serán los días de mi pueblo, y mis escogidos disfrutarán de la obra de sus manos. No trabajarán en vano, ni darán a luz para maldición; porque son linaje de los benditos de Jehová, y sus descendientes con ellos. Y antes que clamen, responderé yo; mientras aun hablan, yo habré oído. El lobo y el cordero serán apacentados juntos; y el león comerá paja como el buey; y el polvo será el alimento de la serpiente. No afligirán, ni harán mal en todo mi santo monte, dijo Jehová (Isa. 65:17-25).

 

Esto no puede estar hablando del cielo, ni de un tiempo después del fin del mundo; porque en estos "nuevo cielo y nueva tierra" todavía hay muerte (a muy avanzada edad - "los días de los árboles"), la gente construye, planta, trabaja, y tiene hijos. Podríamos pasarnos el resto de este capítulo examinando las implicaciones de este pasaje de Isaías, pero lo único que quiero subrayar aquí es que es claramente una declaración para esta era, antes del fin del mundo, y muestra lo que pueden esperar las futuras generaciones a medida que el evangelio penetra en el mundo, restaura la tierra a la condición de paraíso, y hace fructificar las metas del reino. Isaías está describiendo las bendiciones de Deuteronomio 28 en lo que es probablemente el mayor logro terrenal. Por eso, cuando Juan nos dice que vio "un cielo nuevo y una nueva tierra", debemos reconocer que el significado principal de esa frase es simbólico, y tiene que ver con las bendiciones de la salvación.

 

Después, Juan vio "la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido" (Apoc. 21:2). No, no es una estación espacial. Es algo que debería ser mucho más emocionante: es la iglesia. La esposa no sólo está en la ciudad: la esposa es la ciudad (ver Apoc. 21:9-10). Estamos en la nueva Jerusalén ahora. ¿Prueba? La Biblia nos dice categóricamente: "Os habéis acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial, a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos ... (Heb. 12:22-23; ver Gál. 4:26; Apoc. 3:12). La nueva Jerusalén es una realidad presente; se dice que viene del cielo porque el origen de la iglesia es celestial. Hemos "nacido de lo alto" (Juan 3:3) y ahora somos ciudadanos de la ciudad celestial (Efe. 2:19; Fil. 3:20).

 

Este pensamiento es ampliado en la declaración posterior de Juan. Oyó una gran voz del cielo que venía de trono, diciendo: "He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios" (Apoc. 21:3). Como Pablo, Juan relaciona estos dos conceptos: somos ciudadanos del cielo, y somos morada de Dios, su santo templo (Efe. 2:19-22). Una de las bendiciones edénicas que Dios prometió en Levítico fue: "Y pondré mi morada en medio de vosotros" (Lev. 26:11); esto se ha cumplido en la iglesia del Nuevo Testamento (2 Cor. 6:16). La voz que Juan escuchó continuó:

 

"Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hehco está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida" (Apoc. 21:4-6).

 

Finalmente, esto se cumplirá en el cielo hasta lo máximo. Pero tenemos que reconocer que ya es cierto. Dios ha enjugado nuestras lágrimas. La prueba de esto es la obvia diferencia entre los funerales cristianos y paganos: nos lamentamos, pero no como los que no tienen esperanza (1 Tes. 4.13). Dios ha quitado el aguijón a la muerte (1 Cor. 15:55-58). Y más impactante es la siguiente frase: "Las primeras cosas pasaron ... He aquí, yo hago nuevas todas las cosas". ¿Dónde hemos leído eso antes? Viene de 2 Cor. 5:17: "De modo que, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas". ¿Es verdad esto ahora? ¡Por supuesto! La única verdadera diferencia entre los temas de 2 Cor. 5 y Apoc. 21 es que Pablo está hablando del individuo redimido, mientras que Juan está hablando de la comunidad redimida. Pero tanto el individuo redimido como la comunidad redimida son restaurados al estado de paraíso en la salvación, y la restauración ya ha comenzado. El agua de vida nos alimenta libremente ahora, dando vida a los individuos y fluyendo para dar vida al mundo entero (Juan 4:14; 7:37-39). Dice Dios: "El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo" (Apoc. 21:7); el hijo de Dios se caracteriza por la victoria contra la oposición (1 Juan 5:4). El lenguaje usado aquí ("Yo seré su Dios") es la promesa básica de pacto de salvación (ver Gén. 17:7-8; 2 Cor. 6:16-18). El mayor logro tendrá lugar en el cielo por la eternidad. Pero, definitiva y progresivamente, es verdad ahora. Vivimos en el nuevo cielo y la nueva tierra; somos ciudadanos de la nueva Jerusalén. Las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas.

 

 

La ciudad sobre un monte

 

Juan es llevado en el Espíritu "a un monte grande y alto" (Apoc. 21:10) para que viera la belleza de este paraíso consumado, que resplandece con la gloria de Dios. Las doce puertas de la ciudad tienen los nombres de las doce tribus de Israel sobre ellas, y en los doce cimientos están los nombres de los doce apóstoles (Apoc. 21:12-14). ¿Es este simbolismo difícil de entender? Esto representa claramente el hecho de que la ciudad de Dios contiene la iglesia entera, el pueblo entero de Dios, que comprende a los creyentes tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo - lo cual, como escribió Pablo, está edificado sobre el fundamento de los apóstoles y profetas (Efe. 2:20).

 

Lo absurdo de errónea interpretación "literalista" se hace dolorosamente evidente cuando ellos intentan habérselas con las medidas de la ciudad (Apoc. 21:15-17). Juan dice que la ciudad es una pirámide (o un cubo), 12000 "estadios" por lado, con un muro de 144 "codos" de altura. Obviamente, los números son simbólicos, siendo los múltiplos de doce una referencia a la majestad, la vastedad, y la perfección de la iglesia. Pero el "literalista" se siente obligado a traducir esos números a medidas modernas, dando como resultado un muro de 1500 millas de largo y 216 pies de altura. Los claros símbolos de Juan son borrados, y al desafortunado lector de la Biblia le queda sólo una mescolanza de números que no significan nada. ¡Los "literalistas" se hallan en la ridícula posición de borrar los números literales de la palabra de Dios y reemplazarlos por símbolos que no significan nada!

 

Juan continúa describiendo la ciudad en términos de joyería: cada uno de los cimientos está adornado de piedras preciosas, cada una de las puertas es "una sola perla", el muro está hecho de jaspe, y la ciudad y las calles son de "oro puro, como vidrio transparente" (Apoc. 21:18-21). Por nuestro estudio de los minerales relacionados con el huerto de Edén, entendemos que este también es lenguaje simbólico, que habla de la restauración y el cumplimiento del paraíso en la salvación. Ochocientos años antes, Isaías había descrito la salvación venidera en términos de una ciudad adornada con joyas:

 

Pobrecita, fatigada con tempestad, sin consuelo; he aquí que yo cimentaré tus piedras sobre carbunclo, y sobre zafiros te fundaré. Tus ventanas pondré de piedras preciosas, tus puertas de piedras de carbunclo, y toda tu muralla de piedras preciosas (Isa. 54:11-12).

 

Es interesante que la palabra traducida como carbunclo equivale en hebreo a sombra de ojos. Esto suena absurdo, ¿verdad? El propósito de los muros es proporcionar protección; este muro es meramente decorativo. ¿Quién construiría un muro de joyas, usando cosméticos como "mortero"? Alguien fabulosamente rico, y supremamente confiado contra un ataque. Este, dice Isaías, es el futuro de la iglesia, la ciudad de Dios. Ella será rica y estará a salvo de sus enemigos, como lo explica el resto del pasaje:

 

Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos. Con justicia serás adornada; estarás lejos de opresión, porque no temerás, y de temor, porque no se acercará a ti. Si alguno conspirare contra ti, lo hará sin mí; el que contra ti conspirare, delante de ti caerá. He aquí que yo hice al herrero que sopla las ascuas en el fuego, y que saca la herramienta para su obra; y yo he creado al destruidor para destruir. Ninguna arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se levante contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos de Jehová, y su salvación de mí vendrá, dijo Jehová (Isa. 54:13-17).

 

Juan vio que, en esta nueva ciudad de Dios, no hay templo, "porque el Señor Dios Todopoderoso es el templo de ella, y el Cordero. La ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que brillen en ella; porque la gloria de Dios la ilumina, y el Cordero es su lumbrera" (Apoc. 21:22-23). Esto también se basa en Isaías (Isa. 60:1-3; 19-20), haciendo énfasis en que la iglesia es iluminada por la gloria de Dios, y en ella mora la nube, que resplandece con la Luz original. Esta es la ciudad sobre un monte (Mat. 5:14-16), la luz del mundo, que brilla delante de los hombres para que glorifiquen a Dios el Padre. Inspirándose en el mismo pasaje de Isaías (Isa. 60:4-18), Juan habla de la influencia de la ciudad sobre las naciones del mundo:

 

Y las naciones que hubieren sido salvas andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traerán su gloria y honor a ella. Sus puertas nunca serán cerradas de día, pues allí no habrá noche. Y llevarán la gloria y la honra de las naciones a ella. No entrará en ella ninguna cosa inmunda, o que hace abominación y mentira, sino solamente los que están inscritos en el libro de la vida del Cordero (Apoc. 21:24-27; ver Sal. 22:27; 66:4;86:9, Isa. 27:6; 42:4; 45:22-23; 49:5-13; Hag. 2:7-8).

 

Esto está escrito acerca de un tiempo en que las naciones todavía existen como tales; pero todas las naciones están convertidas, y confluyen a la ciudad llevando a ella sus tesoros. A medida que la luz del evangelio brilla en el mundo por medio de la iglesia, las naciones son hechas discípulas, y la riqueza de los pecadores es heredada por los justos. Esta es una promesa básica de la Escritura de principio a fin. Este es el patrón de la historia, la dirección en que el mundo se está moviendo. Este es nuestro futuro, la herencia de las generaciones venideras.

 

 

El río de vida

 

 Esperamos que la maldición sea revertida en cada una de las áreas de la vida, tanto en este mundo como el venidero, a medida que el evangelio fluya a todo el mundo. En un capítulo anterior, estudiamos cómo la imagen del río de Edén se usa en toda la Escritura para indicar las bendiciones del paraíso que regresan a la tierra por el poder del Espíritu a través de la iglesia (ver Eze. 47:1-12; Zac. 14:8). Apropiadamente, Juan termina su cuadro de la nueva creación con este otro, tomado de la visión de Ezequiel sobre la iglesia:

 

Después me mostró un río limpio de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero. En medio de la calle de la ciudad, y a uno y otro lado del río, estaba el árbol de la vida, que produce doce frutos, dando cada mes su fruto; y las hojas del árbol eran para la sanidad de las naciones. Y no habrá más maldición; y el trono de Dios y del Cordero estará en ella, y sus siervos le servirán, y verán su rostro, y su nombre estará en sus frentes. No habrá allí más noche; y no tienen necesidad de de luz de lámpara, ni de luz del sol, porque Dios el Señor los iluminará; y reinarán por los siglos de los siglos (Apoc. 22:1-5).

 

El río de vida está fluyendo ahora (Juan 4:14, 7:37-39), y continuará fluyendo en un torrente siempre creciente de bendiciones para la tierra, sanando a las naciones, poniendo fin a la ilegalidad y la guerra por medio de la aplicación de la ley bíblica (Miq. 4:1-3). Esta visión del futuro glorioso de la iglesia, terrenal y celestial, repara la tela que se rasgó en Génesis. En Apocalipsis vemos al hombre redimido, traído de vuelta al monte, sustentado por el río y el árbol de vida, recuperando su perdido dominio y gobernando como rey-sacerdote sobre la tierra. Este es nuestro privilegio y nuestra herencia ahora, definitiva y progresivamente, en esta era; y serán nuestros plenamente en la era por venir. El paraíso está siendo restaurado.



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