Capitulo 08. Liturgia e Historia

Capitulo 8  - LITURGIA E HISTORIA

Días de Retribución - Chilton

Parte Cuatro

 

Se abre el libro (Rev. 8:1-5)

1 Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo como por media hora.
2 Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y se les dieron siete trompetas.
3 Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar, con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono.
4 Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.
5 Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó del fuego del altar, y lo arrojó a la tierra; y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto.

 

v1-2 Finalmente, se rompe el séptimo sello, abriéndose para revelar las siete trompetas que anunciaban la condenación de Jerusalén, la una vez santa ciudad que se ha paganizado y que, como su predecesor Jericó, caerá como resultado del sonido de las siete trompetas (comp. Josué 6:4-5). Pero primero, en esta grandiosa liturgia celestial que comprende el libro de Apocalipsis, hay silencio en el cielo como por media hora. Milton Terry comenta: "Quizás la idea de este silencio haya sido sugerida por el cese de los cantores y las trompetas cuando el rey Ezequías y los que con él estaban se inclinaban en reverente adoración (2 Crón. 29:28-29), y la media hora haya hecho alguna referencia al ofrecimiento de incienso descrito en los versículos 3 y 4, pues ése habría sido más o menos el tiempo necesario para que un sacerdote entrara en el templo, ofreciera incienso, y regresara (comp. Lev. 16:13-14; Luc. 1:10, 21)". 1

La descripción de Alfred Edersheim de esta ceremonia en el templo nos ayuda a entender el escenario aquí: "Lentamente, el sacerdote que ofrecía incienso, así como sus ayudantes, ascendían los escalones hacia el Lugar Santo, precedidos por los dos sacerdotes que antes habían arreglado el altar y el candelabro, y que ahora quitaban los vasos que habían dejado atrás, y, adorando, se retiraban. Luego, uno de los ayudantes reverentemente extendía las brasas sobre el altar de oro; el otro preparaba el incienso; y entonces el principal sacerdote oficiante quedaba solo dentro del Lugar Santo, esperando la señal del que presidía para quemar el incienso. Probablemente era mientras permanecía así expectante que el ángel Gabriel se le apareció a Zacarías [Luc. 1:8-11]. Al dar el que presidía la orden, que indicaba que 'el momento del incienso había llegado', 'la multitud entera del pueblo que estaba fuera' se retiraba del atrio interior, y caía postrada delante del Señor, extendiendo sus manos 2 en silenciosa oración".

"Es éste solemnísimo momento, cuando, a través de los vastos edificios del templo, un profundo silencio reposaba sobre la multitud que adoraba, mientras dentro del santuario mismo el sacerdote ponía el incienso sobre el altar de oro, y la nube de incienso [Lev. 5:8] se elevaba delante del Señor, lo que sirve como imagen de las cosas celestiales en esta descripción." 3

Después de este silencio lleno de santo temor, se les dan siete trompetas a los siete ángeles que están de pie delante de Dios 4 (la liturgia del templo usaba siete trompetas: 1 Crón. 15:24; Neh. 12:41). Juan parece suponer que reconoceremos a estos siete ángeles; y ciertamente deberíamos, porque ya los hemos conocido. Las cartas de Apocalipsis 2-3 fueron escritas a "los siete ángeles" de las iglesias, y son ellos los que están representados aquí (admitiendo, por supuesto, que estas figuras no sean necesariamente "idénticas" a los ángeles de las iglesias). Es claro que la idea es que se relacionen entre sí, como podemos ver cuando damos un paso atrás y nos alejamos del texto (y de nuestras ideas preconcebidas) y permitimos que el cuadro entero se presente ante nuestros ojos. Cuando hacemos esto, vemos que el Apocalipsis está estructurado en sietes, y en modelos recurrentes de siete. Uno de estos modelos recurrentes es el de siete ángeles (capítulos Rev. 1-3, 8-11, 14, 15-16). Del mismo modo que el culto terrenal sigue el modelo del culto celestial (Heb. 8:5, 9:23-24), así también ocurre con el gobierno de la iglesia (Mat. 16:19; 18:18; Jn. 20:23); además, según las Escrituras, hay numerosas correspondencias entre las actividades humanas y las activdades angélicas (comp. Rev. 2:17). Los ángeles están presentes en los servicios de culto de la iglesia (1 Cor. 11:10; Eph. 3:10) - o, más exactamente, nos reunimos en el día del Señor alrededor del trono de Dios, en la corte celestial.

Por eso, se nos muestra en el libro de Apocalipsis que el gobierno de la iglesia terrenal corresponde al gobierno celestial, angélico, de la misma manera en que nuestro culto oficial corresponde al que los ángeles llevan a cabo alrededor del trono celestial. Además, los juicios que caen sobre la tierra son traídos por las acciones de los siete ángeles (nuevamente, no podemos divorciar los ángeles humanos de sus contrapartes celestiales). A los oficiales de la iglesia se les encarga y se les da poder para hacer que fructifiquen las bendiciones y las maldiciones de Dios en la tierra. Los oficiales de la iglesia son los administradores divinamente nombrados de la historia mundial. Las implicaciones de este hecho, como veremos, son de fundamental importancia, literalmente capaces de hacer temblar la tierra.

v3-5 Juan ve a otro ángel de pie al lado del altar de incienso, sosteniendo un incensario de oro. Una gran cantidad de incienso, que simboliza las oraciones de todos los santos (comp. comentarios sobre Rev. 5:8) se le da al ángel para que lo añada a las oraciones del pueblo de Dios, garantizando que las oraciones serán recibidas como una ofrenda de olor grato al Señor. Luego el humo del incienso, con las oraciones de los santos, asciende delante de Dios de la mano del ángel, como ofrece el ministro las peticiones de su congregación.

Lo que ocurre después es asombroso: El ángel llena el incensario con brasas del altar de incienso y arroja el fuego a la tierra en juicio; y esto es seguido por truenos y voces y relámpagos y un terremoto. Por supuesto, estos fenómenos deberían resultarnos familiares como los acompañamientos de la Nube de Gloria: "Aconteció que al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos, y espesa nube sobre el monte y sonido de bocina muy fuerte.... Todo el monte Sinaí humeaba, porque Jehová había descendido sobre él en fuego; y el humo subía como el humo de un horno, y todo el monte se estremecía en gran manera" (Éx. 19:16, 18).

La ironía de este pasaje es obvia cuando tenemos presente que es una profecía contra el Israel apóstata. En la adoración del Antiguo Testamento, el fuego sobre el altar del holocausto se originaba en el cielo, descendiendo sobre el altar cuando el Tabernáculo y el Templo estaban preparados (Lev. 9:24; 2 Crón. 7:1). Este fuego, encendido por Dios, era mantenido encendido por los sacerdotes, y llevado de un lugar a otro para que pudiera ser usado para encender otros fuegos sagrados (Lev. 16:12-13; comp. Num. 16:46-50; Gen. 22:6). Ahora, cuando al pueblo de Dios se le ordenaba destruir una ciudad apóstata, Moisés ordenaba además: "Y juntarás todo su botín en medio de la plaza, y consumirás con fuego la ciudad y todo su botín, todo ello, como holocausto a Jehová tu Dios" (Deut. 13:16; Jud. 20:40; comp. Gen. 19:28). La única manera aceptable de quemar una ciudad como holocausto total era con el fuego de Dios - fuego del altar. 5 Así, cuando una ciudad había de ser destruida, el sacerdote tomaba fuego del altar de Dios y lo usaba para encender todo el montón de botín que servía como leña, ofreciendo así la ciudad entera como sacrificio. Es esta práctica de poner a una ciudad "bajo interdicción", de modo que nada sobreviviera a la conflagración (Deut. 13:12-18), la que el libro de Apocalipsis usa para describir el juicio de Dios contra Jerusalén. 6

Dios hace llover sus juicios sobre la tierra en respuesta específica a la adoración litúrgica de su pueblo. Como parte del servicio de adoración formal y oficial en el cielo, el ángel del altar ofrece las oraciones del pueblo corporativo de Dios; y Dios responde a las peticiones, actuando en la historia a favor de los santos. La íntima conexión entre la liturgia y la historia es un hecho inescapable, un hecho que no podemos darnos el lujo de ignorar. No queremos sugerir que el mundo está en peligro de caer en un "no ser" cuando la adoración de la iglesia es defectuosa. En realidad, Dios usará las fuerzas históricas (hasta las paganas) para castigar a la iglesia cuando ella deja de estar a la altura de su alto llamado como reino de sacerdotes. El punto aquí es que la adoración oficial de la comunidad del pacto es cósmicamente significativa. Cuando la asamblea que adora invoca al Señor del pacto, el mundo experimenta sus juicios. La historia es administrada y dirigida desde el altar del incienso, que ha recibido las oraciones de la iglesia. 7

En mi angustia invoqué a Jehová y clamé a mi Dios. Él oyó mi voz desde su templo, y mi clamor llegó delante de él, a sus oídos. La tierra fue conmovida y tembló; se conmovieron los cimientos de los montes, y se estremecieron, porque se indignó él. Humo subió de su nariz, y de su boca fuego consumidor; carbones fueron por él encendidos. Inclinó los cielos, y descendió; y había densas tinieblas debajo de sus pies. Cabalgó sobre un querubín, y voló; voló sobre las alas del viento. Puso tinieblas por su escondedero, por cortina suya alrededor de sí; oscuridad ded aguas, nubes de los cielos. Por el resplandor de su presencia, sus nubes pasaron; granizo y carbones ardientes. Tronó en los cielos Jehová, y el Altísimo dio su voz; granizo y carbones de fuego. Envió sus saetas, y los dispersó; lanzó relámpagos, y los destruyó. Entonces aparecieron los abismos de las aguas, y quedaron al descubierto los cimientos del mundo, a tu reprensión, oh Jehová, por el soplo del aliento de tu nariz. (Ps. 18:6-15).

En este pasaje aparecen varias áreas de la importancia simbólica de las trompetas. Primero, las trompetas se usan en la liturgia del Antiguo Testamento para procesiones ceremoniales, particularmente como escolta para el arca del pacto; el ejemplo obvio, principal, de esto es la marcha alrededor de Jericó antes de que cayera (Josué 6; comp. 1 Crón. 15:24; Neh. 12:41). Como dice G. B. Caird: "Juan debe haber tenido en mente este relato cuando escribió; porque nos dice que el arca apareció con el sonido de la séptima trompeta (11:19), y también que una de las consecuencias del toque de la trompeta fue la caída de un décimo del muro de la gran ciudad (Rev. 11:13)". 8

Segundo, se hicieron sonar las trompetas para proclamar el gobierno del nuevo rey (1 Kings 1:34, 39; comp. Ps. 47:5: "La séptima trompeta de Juan es la señal para que el coro celestial cante su himno de la coronación, alabando a Dios porque Él ha asumido la soberanía y ha comenzado a reinar (Rev. 11:15)". 9

Tercero, el sonido de la trompeta era una alarma, que advertía a Israel del juicio que se acercaba, e instaba al arrepentimiento nacional (Is. 58:1; Jer. 4:5-8; 6:1, 17; Ez. 33:1-6; Joel 2:1, 15). "Juan también creía que el propósito del sionido de las trompetas y los desastres que anunciaban era llamar a los hombres al arrepentimiento, aunque ese propósito no se cumpliera. El resto de la humanidad que sobrevivía a estas plagas todavía no podía renunciar a los dioses de su propia hechura ( Rev. 9:20; comp. Amos 4:6-11)". 10

Cuarto, a Moisés se le instruyó para que usara dos trompetas de plata tanto "para convocar a la congregación" para el culto como "para hacer mover los campamentos" en combate contra el enemigo (Num. 10:1-9). Es significativo que estos dos propósitos, la guerra y el culto, se mencionan casi simultáneamente. Gordon Wenham observa que "lo mismo que la disposición del campamento con el tabernáculo en medio, y el ordenamiento de las tribus en formación de combate, las trompetas de plata declaran que Israel es el ejército del Rey de Reyes que se prepara para una guerra santa de conquista". 11 Por supuesto, la ironía en Apocalipsis es que ahora Dios está ordenando que las trompetas de la guerra santa suenen contra el mismo Israel.

Quinto, las trompetas también se hacían sonar durante las fiestas y en el primer día de cada mes (Num. 10:10), con énfasis especial en Tisri 1, el día de Año Nuevo civil (en el año eclesiástico, el primer día del mes séptimo); este Día de las Trompetas era el reconocimiento litúrgico especial del Día del Señor (Lev. 23:24-25; Num. 29:1-6). Por supuesto, el antecedente más básico de todo esto es la Nube de Gloria, que está acompañada por sonidos de trompeta angélicos anunciando la soberanía y el juicio del Señor (Ex. 19:16); la liturgia terrenal del pueblo de Dios era una recapitulación de la liturgia celestial, otra indicación de que el pueblo de Dios redimido había sido restaurado a su imagen. (Esta fue la razón del método que usó el ejército de Gedeón para poner en fuga a los madianitas, en Jds. 7:15-22: Rodeando al enemigo con luces, un griterío, y el sonido de trompetas, los israelitas eran un reflejo terrenal del ejército celestial de Dios en la Nube, que venía sobre los enemigos de Dios en venganza). El simbolismo bíblico habría resultado muy familiar a los lectores de Juan del siglo primero, y "en cualquier caso, Juan mismo les ha dicho con bastante claridad que las trompetas eran una escolta para el arca, una proclamación de la divina soberanía, y un llamado al arrepentimiento general; y, poniéndolas en las manos de Ángeles de la Presencia, él ha indicado la estrecha asociación de ellos con la adoración". 12

Como observa J. Massyngberde Ford, 13 hay cuatro notables "reversiones" en el texto:

1. Desde el trono y el altar, "el propiciatorio", viene la ira;
2. Incienso, el "olor grato a Jehová" (Lev. 1:13), se convierte en un agente de muerte (comp. 2 Cor. 2:14-16);
3. Las trompetas, que llamaban a Israel al culto, ahora se convierten en heraldos de su destrucción;
4. La misma liturgia celestial, designada para la santificación de Israel, se convierte en el medio para su derrota y su disolución.

La primera trompeta (Rev. 8:6-7)

6 Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas.
7 El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo y fuego mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la hierba verde.

v6-7 Los juicios desencadenados por el sonido de estas trompetas no sólo nos recuerdan la caída de Jericó, sino también las plagas que cayeron sobre Egipto antes del Éxodo. Juntos, se representan como destruyendo la tercera parte de la tierra. Obviamente, puesto que el juicio no es ni total ni final, no puede ser el fin del mundo físico. Sin embargo, la devastación es tremenda, y efectivamente resulta en el fin de la nación judía, el sujeto de estas terribles profecías. Israel se ha convertido en una nación de egipcios y cananeos; peor aún, una tierra de apóstatas del pacto. Todas las maldiciones de la Ley están a punto de ser derramadas sobre los que una vez fueron el pueblo de Dios (Mat. 23:35-36), Las primeras cuatro trompetas se refieren aparentemente a la serie de desastres que devastaron a Israel en los últimos días, y principalmente a los sucesos que condujeron al rompimiento de las hostilidades.

Del mismo modo que los juicios de los sellos son contados en grupos de cuatro, los juicios de las trompetas se cuentan en grupos de tres. Suena la primera trompeta, y una maldición triple (granizo, fuego, sangre) es lanzada, y afecta la tercera parte de la tierra; tres objetos en particular son seleccionados. Juan ve granizo y fuego, mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra. La sangre de los testigos asesinados se mezcla con fuego del altar, trayendo ira sobre los perseguidores. El resultado de esta maldición, que tiene alguna similitud con la séptima plaga en Egipto (Ex. 9:22-26), es que se quema la tercera parte de la tierra y un tercio de los árboles, así como toda la hierba verde (es decir, toda la hierba de la tercera parte de la tierra; comp. Rev. 9:4). Si los árboles y la hierba representan al remanente elegido (como lo parece en Rev. 7:3 y 9:4), esto indica que no están exentos del sufrimiento físico y la muerte al descnder la ira de Dios sobre los malvados. Sin embargo, (1) la Iglesia no puede ser destruída por completo en ningún juicio (Mat. 16:18), y (2) a diferencia de los impíos, el destino final de los cristianos no es la ira, sino la vida y la salvación (Rom. 2:7-9; 1 Thes. 5:9).

A los paganos que se mofaban diciendo que Dios no había rescatado a los cristianos de sus enemigos, San Agustín les replicó: "La familia entera de Dios, ciertamente, tiene, por lo tanto, un consuelo propio - un consuelo que no puede engañar, y que tiene en él una más segura esperanza que la que pueden ofrecer los tambaleantes y falibles asuntos de la vida. Ellos no rehusarán la disciplina de esta vida temporal, en la cual son instruídos para la vida eterna; ni lamentarán su experiencia de ella, a causa de las buenas cosas de la vida que ellos usan como peregrinos que no son detenidos por ellas, y sus males ni las prueban ni las desaprueban".

"En cuanto a los que insultan a causa de ellas en sus pruebas, y cuando les ocurren males, dicen: '¿Dónde está vuestro Dios?' [Ps. 42:10], podemos preguntarles dónde están los dioses de ellos cuando sufren las mismas calamidades, para evitar las cuales ellos adoran a sus dioses, o sostienen que estos dioses deberían ser adorados; porque a la familia de Cristo se le ha proporcionado su respuesta: Nuestro Dios está presente en todas partes, absolutamente en todas partes; ni está confinado a ningún lugar. Puede estar presente sin ser percibido, y estar ausente sin moverse; cuando nos expone a adversidades, es para probar nuestras perfecciones o corregir nuestras imperfecciones; y a cambio de que nosotros soportemos pacientemente los sufrimientos del tiempo, nos reserva una recompensa eterna. Pero, ¿quiénes sois vosotros, para que tengamos que dignarnos siquiera hablar con vosotros acerca de vuestros propios dioses, mucho menos sobre nuestro Dios, que es 'temible sobre todos los dioses. Porque todos los dioses de las naciones son ídolos; pero el Señor hizo los cielos' [Ps. 96:4-5]?". 14

Por otra parte, los impíos tienen ante sí sólo ira y angustia, tribulación, y aflicción (Rom. 2:8-9). Literalmente, la vegetación de Judea, y especialmente la de Jerusalén, sería destruída, según los métodos de guerra romanos de tierra arrasada: "Tanto el campo como la ciudad daban lástima, pues donde una vez había habido bosques y parques, ahora había un completo desierto desnudo de árboles; y ningún extranjero que hubiese visto la antigua Judea y los gloriosos suburbios de su capital, y que ahora contemplase aquella completa desolación, podría contener las lágrimas ni suprimir un gemido al ver un cambio tan terrible. La guerra había borrado todo rastro de belleza, y nadie que hubiese conocido la ciudad en el pasado y llegara de repente podría haber reconocido el lugar, pues, aunque ya había llegado allí, todavía estaría buscando la ciudad". 15 Y, sin embargo, esto era sólo el principio; faltaban muchas más penas - y mucho peores (comp. Rev.16:21).

 

 

La segunda trompeta (8:8-9)

8 El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera parte del mar se convirtió en sangre.
9 Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban en el mar, y la terera parte de las naves fue destruída.

v8-9 En el sonido de la trompeta del segundo ángel, vemos un paralelo de la primera plaga en Egipto, en la cual el Nilo se convirtió en sangre y murieron los peces (Ex. 7:17-21). La causa de esta calamidad fue que la gran montaña ardiendo en fuego fue lanzada al mar. El significado de esto se hace claro cuando recordamos que la nación de Israel era el "Santo Monte" de Dios, el "monte de su heredad" (Ex. 15:17). Como el pueblo redimido de Dios, habían sido traídos de vuelta a Edén, y el uso repetido de imágenes de montañas a través de su historia (incluyendo el hecho de que el monte de Sion era el símbolo aceptado de la nación) demuestra esto vívidamente. Pero ahora, como apóstatas, Israel se había convertido en "montaña destructora", contra la cual se había vuelto la ira de Dios. Ahora Dios está hablando de Jerusalén en el mismo lenguaje que una vez usó para hablar de Babilonia, un hecho que será céntrico a las imágenes de este libro:

He aquí, yo estoy contra tí, oh monte destruidor, dice Jehová, que destruiste toda la tierra; y extenderé mi mano contra tí, y te haré rodar de las peñas, y te reduciré a monte quemado.... Subió el mar sobre Babilonia; de la multitud de sus olas será cubierta. (Jer. 51:25, 42).

Conéctese esto con el hecho de que Jesús, en medio de una larga serie de discursos y parábolas sobre la destrucción de Jerusalén (Mat. 20-25), maldijo una higuera estéril, como símbolo de juicio sobre Israel. Luego les dijo a sus discípulos: "De cierto os digo que si tuviéreis fe, y no dudáreis, no sólo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijéreis: Quítate y échate en el mar, será hecho. Y todo lo que pidiéreis en oración, creyendo, lo recibiréis" (Mat. 21:212-22). ¿Estaba Jesús siendo impertinente? ¿Esperaba realmente que los discípulos anduvieran por allí orando para mover montañas literales? Por supuesto que no. Más importante, Jesús no estaba cambiando el tema. Todavía estaba enseñándoles una lección sobre la caída de Israel. ¿Cuál era la lección? Jesús estaba instruyendo a sus discípulos para que ofrecieran oraciones imprecatorias, suplicando que Dios dcstruyera a Israel, que secara la higuera, que lanzara al mar la montaña apóstata. 16

Y eso es exactamente lo que sucedió. La iglesia perseguida, bajo opresión de los judíos apóstatas, comenzó a orar pidiendo la venganza de Dios sobre Israel (Rev. 6:9-11), rogando que la montaña de Israel fuera "tomada y echada en el mar". Sus ofrendas fueron recibidas en el altar celestial de Dios, y en repuesta Dios dio instrucciones a sus ángeles para que lanzaran sus juicios contra la tierra (Rev. 8:3-5). Israel fue destruído. Deberíamos notar que Juan está escribiendo esto antes de la destrucción, para instrucción y estímulo de los santos, para que continuasen orando en fe. Como les había dicho al comienzo, "Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca" (Rev. 1:3).

 

La tercera trompeta (8:10-11)

10 El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó del cielo una gran estrella. ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los ríos, y sobre las fuentes de las aguas.
11 Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas.

 

v10 Como el símbolo precedente, la visión de la tercera trompeta combina las imágenes bíblicas de la caída tanto de Egipto como de Babilonia. El efecto de esta plaga - las aguas que se vuelven amargas - es similar a la primera plaga en Egipto, en la cual el agua se volvió amarga a causa de la multitud de peces muertos y en descomposición (Ex. 7:21). La amargura de las aguas es causada por una gran estrella que cae del cielo, ardiendo como una antorcha. Esto es paralelo a la profecía de Isaías tocante a la caída de Babilonia, de la cual se habla en términos de la caída original en el paraíso:

¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo. (Is. 14:12-15).

El nombre de esta estrella caída es Ajenjo, un término usado en la Ley y los Profetas para advertir a Israel de su destrucción como castigo por su apostasía (Deut. 29:18; Jer. 9:15; 23:15; Lam. 3:15, 19; Amós 5:7). Nuevamente, combinando estas alusiones del Antiguo Testamento, Juan llama la atención sobre este punto: Israel es apóstata, y se ha convertido en Egipto; Jerusalén se ha convertido en Babilonia; y los quebrantadores del pacto serán destruídos, tan seguramente como fueron destruídos Egipto y Babilonia.

 

La cuarta trompeta (8:12-13)

12 El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida la tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte de las estrellas, para que se oscureciese la tercera parte de ellos, y no hubiese luz en la tercera parte del día, y asimismo de la noche.
13 Y miré, y oí a un ángel volar por en medio del cielo, diciendo a gran voz: ¡Ay, ay, ay, de los que moran en la tierra, a causa de los otros toques de trompeta que están para sonar los tres ángeles!

 

v12 Como la novena plaga en Egipto de "densas tinieblas" (Ex. 10:21-23), la maldición traída por el cuarto ángel golpea a los portadores de luz, el sol, la luna, las estrellas, de modo que un tercio de ellas pudieron quedar oscurecidas. La imagen aquí fue usada por los profetas por largo tiempo para ilustrar la caída de naciones y gobernantes nacionales (comp. Is. 13:9-11, 19; 24:19-23; 34:4-5; Ez. 32:7-8, 11-12; Joel 2:10, 28-32; Acts 2:16-21). En cumplimiento de esto, observa Farrar, "un gobernante tras otro, y jefe tras jefe del Imperio Romano y de la nación judía fue asesinado y arruinado. Gayo, Claudio, Nerón, Galba, Otón, Vitelio, todos murieron asesinados o se suicidaron; Herodes el Grande, Herodes Antipas, Herodes Agripa, y la mayoría de los príncipes herodianos, junto con no pocos de los principales sumos sacerdotes de Jerusalén, perecieron en desgracia, o en el exilio, o en forma violenta. Todos éstos fueron soles apagados y estrellas oscurecidas".

13 El águila-querubín voladora (Rev. 4:7) controla la sección de las trompetas en Apocalipsis (comp. Hosea 8:1), y es apropiado que Juan vea un águila volar por en medio del cielo, advirtiendo de la ira venidera. El águila, como muchos otros símbolos del pacto, tiene una doble naturaleza. Por una parte, significa la salvación que Dios proporcionó para Israel:

Porque la porción de Jehová es su pueblo; Jacob la heredad que le tocó. Le halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad. Lo trajo alrededor, lo instruyó.lo guardó como a la niña de su ojo. Como el águila que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus alas, los toma, los lleva sobre sus plumas. (Deut. 32:9-11; comp. Ex. 19:4).

Pero el águila es también una temible ave de presa, asociada con sangre y muerte y carne en descomposición:

Sus polluelos chupan la sangre, y donde hubiere cadáveres, allí está ella. (Job. 39:30).

A menudo, las advertencias proféticas de la destrucción de Israel están expresadas en téminos de águilas que descienden sobre la carroña (Deut. 28:49; Jer. 4:13; Lam. 4:19; Hosea 8:1; Heb. 1:8; Mat. 24:28). En realidad, un aspecto básico de la maldición del pacto es el de ser devorados por las aves del cielo (Gen. 15:9-12; Deut. 28:26, 49; Prov. 30:17; Jer. 7:33-34; 16:3-4; 19:7; 34:18-20; Ez. 39:17-20; Rev.19:17-18). El águila-querubín reaparecerá en esta sección de Apocalipsis como una imagen de salvación (Rev. 12:14), y al final será reemplazada por (o vista nuevamente como) un ángel que vuela por en medio del cielo proclamando el evangelio a los que moran en la tierra (Rev. 14:6), pues su misión es en definitiva redentora en su alcance. Pero la salvación del mundo vendrá por medio de la caída de Israel (Rom. 11:11-15, 25). Así que el águila comienza su mensaje con ira, proclamando tres ayes que han de venir sobre los que moran en la tierra.

Como las plagas originales en Egipto, las maldiciones se vuelven más intensas y más precisas en su aplicación. Juan está construyendo para llegar a un crescendo, usando los tres ayes del águila (que corresponden a la quinta, sexta, y séptima trompetas; comp. Rev. 9:12; 11:14-15) para dramatizar los crecientes desastres que caen sobre la tierra de Israel. Después de muchas demoras y mucha paciencia de parte del celoso y santo Señor de los ejércitos, las terribles sanciones de la Ley se desatan finalmente contra los quebrantadores del pacto, para que Cristo Jesús pueda heredar los reinos del mundo y traerlos a su templo (Rev. 11:15-19; 21:22-27).




Notas:


1. Milton S. Terry, Biblical Apocalyptics: A Study of the Most Notable Revelations of God and of Christ in the Canonical Scriptures (New York: Eaton and Mains, 1898), pp. 343s. Véase también de Alfred Edersheim, The Temple: Its Ministry and Services as They Were at the Time of Jesus Christ (Grand Rapids: William B. Eerdmans, 1980), pp. 167s.

2. Edersheim observa aquí que "la práctica de enlazar las manos juntas en oración data del siglo quinto de nuestra era, y es de puro origen sajón".

3. Alfred Edersheim, The Temple, p. 167.

4. Tobit 12:15 habla de "los siete ángeles santos, que presentan las oraciones de los santos, y entran y salen delante de la gloria del Santo".

5. Ofrecer un sacrificio con "fuego extraño" (es decir, fuego fabricado, no del altar) era castigado con la muerte: Lev. 10:1-4.

6. Para un estudio más profundo de la totalidad de este tema, véase de James B. Jordan, Sabbath-Breaking and the Death Penalty: A Theological Investigation (Tyler, TX: Geneva Ministries, 1986), esp. caps. 3-5.

7. El uso simbólico del incienso es, por lo tanto, apropiado (pero, por supuesto, no obligatorio) en la liturgia del Nuevo Pacto.

8. G. B. Caird, The Revelation of St. John the Divine (New York: Harper & Row, Publishers, 1966), p. 108.

9. Ibid.

10. Ibid., p. 109.

11. Gordon J. Wenham, Numbers: An Introduction and Commentary (Downers Grove, IL: Inter-Varsity Press, 1981), p. 102.

12. Caird, p. 111.

13. J. Massyngberde Ford, Revelation: Introduction, Translation, and Commentary (Garden City, NY: Doubleday & Co., 1975), pp. 135s.

14. St. Augustine, The City of God, i.29 (Marcus Dods, trad., New York: The Modern Library, 1950, pp. 34f.).

15. Josephus, The Jewish War, vi.i.1.

16. Según William Telford, este monte era una expresión normal en el pueblo judío para referirse al Monte del Templo, "la montaña por excelencia"; véase The Barren Temple and the Withered Tree (Department of Biblical Studies, University of Sheffield, 1980), p. 119.

17. F. W. Farrar, The Early Days of Christianity (Chicago: Bedford, Clarke and Co., publishers, 1882), p. 519

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