Capitulo 07. El Verdadero Israel

Capitulo 7  - EL VERDADERO ISRAEL

Días de Retribución - Chilton

Parte Tres

Las dos visiones de este capítulo (Rev. 7:1-8 y  Rev. 7:9-17) son todavía parte del sexto sello, y proporcionan una solución al problema de la caída de Israel. Y, sin embargo, también forman un intervalo o entreacto, un período de tardanza entre el sexto y el séptimo sellos, que sirve para realzar el sentido de espera de la cual se quejan los santos en Rev. 6:10, puesto que esta sección es en parte la divina respuesta a su oración (comp. la tardanza entre la sexta y la séptima trompetas, Rev. 10:1-11:14). Antes de la caída de Jerusalén, el cristianismo estaba mayormente identificado con Israel, y los futuros de los dos estaban interconectados. Los cristianos no eran separatistas; se consideraban a sí mismos los verdaderos herederos de Abraham y de Moisés, y a su religión como el cumplimiento de todas las promesas hechas a los padres. Que la iglesia existiera separada por completo de la nacionalidad israelita y de la Tierra Santa era virtualmente inimaginable. Por eso, si la ira de Dios hubiera de ser desatada sobre Israel con toda la furia no diluida presentada en el sexto sello, trayendo la re-creación del cielo y de la tierra y la aniquilación de la humanidad, ¿qué sería de la iglesia? ¿Qué ocurriría con los fieles que se encontrasen en medio de una civilización que se derrumbaba? ¿Sería destruido el remanente creyente en la conflagración venidera junto con los enemigos de la fe?

La respuesta dada en estas visiones es que "no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Thes. 5:9). La iglesia será preservada. En realidad, en términos del juicio venidero sobre Israel, el Señor había dado instrucciones explícitas sobre cómo escapar de la Tribulación (véase Mat. 24:15-25; Mk.13:14-23; Lk. 21:20-24). Los cristianos que vivían en Jerusalén obedecieron la amonestación profética, y fueron preservados, como Marcellus Kik señaló en su estudio de Mat 24: "Una de las cosas más notables acerca del sitio de Jerusalén fue el milagroso escape de los cristianos. Se ha calculado que más de un millón de judíos perdieron la vida en aquel terrible sitio, pero ninguno de ellos era cristiano. Esto lo indicó nuestro Señor en el versículo Mat 24:13: 'Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo'. Que el 'fin' de que Él hablaba no era la terminación de la vida de los cristianos, sino el fin de Jerusalén, es evidente según el contexto. Inmediatamente después de este versículo, Jesús continúa relatando el momento exacto del fin. Los cristianos que vivieran hasta el fin serían salvados de la terrible tribulación. Cristo indica también el momento en que los cristianos debían huir de la ciudad para que pudieran salvarse de su destrucción. Esto queda verificado en un pasaje paralelo (Lk. 21:18): 'Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá'. En otras palabras, durante la desolación de Jerusalén, los cristianos quedarían indemnes, aunque en el período anterior a esto algunos perdieron la vida a causa de la persecución". 1

 

Los 144.000 sellados (Rev. 7:1-8)

1 Y después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre los cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre el mar, ni sobre ningún árbol.
2 Vi también a otro ángel que subía de donde sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y clamó a gran voz a los cuatro ángeles, a quienes se les había dado el poder de hacer daño a la tierra y al mar,
3 diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los siervos de nuestro Dios.
4 Y oí el número de los sellados: ciento cujarenta y cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.
5 De la tribu de Judá, doce mil sellados. De la tribu de Rubén, doce mil sellados. De la tribu de Gad, doce mil sellados.
6 De la tribu de Aser, doce mil sellados. De la tribu de Neftalí, doce mil sellados. De la tribu de Manasés, doce mil sellados.
7 De la tribu de Simeón, doce mil sellados. De la tribu de Leví, doce mil sellados. De la tribu de Isacar, doce mil sellados.
8 De la tribu de Zabulón, doce mil sellados. De la tribu de José, doce mil sellados. De la tribu de Benjamín, doce mil sellados.

 

v1-3 Juan ve cuatro ángeles de pie en los cuatro ángulos de la tierra, mensajeros divinos a los cuales se les concedió poder para dañar la tierra y el mar; y sin embargo, aquí están deteniendo los cuatro vientos de la tierra, para que no soplase ningún viento sobre la tierra ni sobre el mar ni sobre ningún árbol. Aunque la tierra y el mar están en caso genitivo, árbol está en acusativo, indicando que Juan desea llamar la atención a él. A través de la Biblia, los árboles son imágenes de hombres (Judges 9:8-15). En particular, son símbolos de los justos (Éx. 15:17; Ps. 1:3; 92:12-14; Is. 61:3; Jer. 17:5-8). 2

En la Escritura, el viento se usa en relación con la venida de Dios y la acción de sus ángeles, bien en bendición, o en maldición (Comp. Gen. 8:1; 41:27; Ex. 10:13, 19; 14:21; 15:10; Num. 11:31; Ps. 18:10; 104:3-4; 107:25; 135:7; 147:18; 148:8; Jn. 3:8; Acts 2:2). En este caso, el ángel habla del sirocco, el cálido viento del desierto que achicharra la vegetación, como figura del ardiente juicio de Dios sobre los impíos (comp. Rev.16:9, y contrástese con Rev. 7:16):

Aunque él fructifique entre los hermanos, vendrá el solano, viento de Jehová; se levantará desde el desierto, y se secará su manantial, y se agotará su fuente; él saqueará el tesoro de todas sus preciosas alhajas. Samaria será asolada, porque se rebeló contra su Dios; caerán a espada; sus niños serán estrellados, y sus mujeres encinta serán abiertas. (Hosea 13:15-16).

Como hemos visto, 3 la asociación de ángeles con la "naturaleza" no es una "mera" imagen. Por medio de sus ángeles, Dios controla los patrones climatológicos, y usa el estado del tiempo como instrumento de bendición y de juicio. Desde el mismo primer versículo, la Biblia está escrita en términos de lo que Gary North llama personalismo cósmico: "Dios no creó un universo auto-sostenible, que ahora ha sido dejado para que funcione en términos de las leyes autónomas de la naturaleza. El universo no es un mecanismo gigante, como un reloj, al que Dios le dio cuerda al principio del tiempo. El nuestro no es un mundo mecánico, ni una entidad biológica autónoma, que crece según algún código genético del cosmos. El nuestro es un mundo activamente sostenido por Dios segundo a segundo (Job 38-41). Toda la creación es inescapablemente personal y teocéntrica. 'Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas ...' (Rom.1:20).

"Si el universo es inescapablemente personal, entonces no puede haber ningún fenómeno ni suceso en la creación que sea independiente de Dios. De ningún fenómeno se puede decir que existe separado del plan incluyente de Dios para las edades. No hay ninguna 'objetividad bruta' que no haya sido interpretada. Nada en el universo es autónomo... Nada en la creación genera sus propias condiciones de existencia, incluyendo la estructura legal bajo la cual algo funciona o se hace funcionar. Cada hecho en el universo, de principio a fin, es exhaustivamente interpretado por Dios en términos de su ser, su plan, y su poder". 4

Los cuatro ángeles están deteniendo el juicio en obediencia a la orden de otro ángel, al cual Juan ve ascendiendo desde el nacimiento del sol, de donde tradicionalmente han venido las acciones de Dios en la historia (comp. Is. 41:1-4, 25; 46:11; Ez. 43:1-3). Este ángel viene como representante de Cristo, la Salida del sol desde lo alto, que nos ha visitado (Lk. 1:78), el Sol de justicia que se ha levantado llevando sanidad en sus alas (Mal. 4:2; comp. Eph. 5:14; 2 Pet. 1:19). Posee el espíritu sin medida (Jn. 3:34), el sello del Dios viviente, con el cual identifica al pueblo de su propia posesión, y por cuyas órdenes los juicios sobre la tierra no son plenamente derramados hasta que nosotros - Cristo y sus mensajeros - hayan sellado a los siervos de nuestro Dios en sus frentes: El Sello del Espíritu (Eph. 1:13; 4:30) es aplicado a los justos antes de que los sellos de la ira sean aplicados a los impíos; Pentecostés precede al Holocausto.

En el mundo bíblico, el sello significaba una transferencia de autoridad y poder, una garantía de protección, y una marca de propiedad (comp. 2 Cor. 1:21-22; 2 Tim. 2:19). El antecedente original para las imágenes de Juan es Ez. 9:1-7, que muestra a Dios encargando a los verdugos que destruyan a cada uno en la ciudad de Jerusalén; los primeros en ser muertos son los ancianos en el templo. Sin embargo, primero encarga a otro ángel que "pase por en medio de la ciudad, por en medio de Jerusalén, y ponerles una señal en la frente a los hombres que gimen y que claman a causa de todas las abominaciones que se hacen en medio de ella" (Ez. 9:4). Los piadosos son marcados para protegerlos, para que los apóstatas de Jerusalén pueden ser destruídos.

La marca en la frente es, por eso, un símbolo del hombre restaurado a la comunidad con Dios. Un ejemplo impresionante de esto era el Sumo Sacerdote, cuya frente estaba marcada con letras de oro que proclamaban que era SANTO A JEHOVÁ (Éx. 28:36). Además, en Deut. 6:8, todo el pueblo de Dios está sellado en la frente y en la mano con la ley de Dios, del mismo modo que están caracterizados en vida por la obediencia fiel en pensamiento y acción a cada palabra de Dios.

La "marca" protectora en Ezequiel 9 es literalmente tav, la última letra del alfabeto hebreo. La forma hebrea antigua de tav era +, una cruz - un hecho que no pasó inadvertido a la iglesia primitiva, que lo veía como "una referencia cuasiprofética al signo de la cruz como lo usaban los cristianos, y es posible que el uso de ese signo en el bautismo se haya originado en este pasaje". 5 Tertuliano creía que Dios había dado a Ezequiel "la forma misma de la cruz, que Él predijo sería la señal en nuestras frentes en la Jerusalén verdaderamente católica". 6 El santo bautismo, el sello del Espíritu (2 Cor. 1:21-22; Gal. 3:27; Eph. 1:13-14; 4:30; comp. Rom. 4:11), identifica a estos creyentes como los esclavos guardadores del pacto de nuestro Dios, que serán preservados de la ira de Dios al ser destruídos los impíos. "El propósito del sellamiento era preservar el verdadero Israel de Dios como simiente santa. El propósito no era salvarles de la tribulación, sino preservarles en medio de la gran tribulación que estaba a punto de venir, y glorificarles por ello. Aunque el antiguo Israel sea desechado, un nuevo y santo Israel ha de ser escogido y sellado con el Espíritu y con el Dios viviente". 7

v4-8 El número de los que fueron sellados se le lee a Juan: Ciento cuarenta y cuatro mil de todas las tribus de los hijos de Israel, doce mil de cada una de las doce tribus. El número de 144.000 es obviamente simbólico: doce (el número de Israel) al cuadrado, multiplicado luego por 1000 (diez y sus múltiplos, que simbolizan muchos; comp. Deut. 1:11; 7:9; Ps. 50:10; 68:17; 84:10; 90:4). Juan nos presenta el Israel ideal, el Israel como debió ser, en toda su perfección, simetría, y plenitud; el santo Ejército de Dios, formado para el combate de acuerdo con sus millares (comp. 1 Chr. 4-7). El "millar" era la división militar básica en el campamento de Israel (Num. 10:2-4, 35-36; 31:1-5; 48-54; 2 Sam 18:1; 1 Chr. 12:20; 13:1; 15:25; 26:26; 27:1; 28:1; 29:6; 2 Chr. 1:2; 17:14-19; Ps. 68:17). Este es el significado de la famosa profecía de Miqueas sobre la Natividad: Aunque Belén es demasiado pequeña para ser contada "entre los millares de Judá", demasiado insignificante para ser considerada seriamente en la estrategia militar de la nación, "de tí me saldrá el que será Señor en Israel", el Rey que establecerá la justicia y la paz de Dios hasta los confines de la tierra (Mic. 5:1-15). Es en términos de estas imágenes bíblicas que Juan escucha gritar los nombres de las tribus: Juan está escuchando el pase de lista de las huestes del Señor. En este caso, cada una de las tribus puede poner en el campo de batalla doce divisiones completas, un ejército numéricamente perfecto de 144.000 soldados del Señor.

La visión de Juan de un ejército israelita es, por esta razón, en las palabras de Milton Terry, "un cuadro apocalíptico de aquella 'simiente santa' de la que habla Isaías en Is. 6:13 - el remanente superviviente que estaba destinado a permanecer como el tocón de un roble caído después de que las ciudades hubieran sido devastadas y la tierra hubiese quedado desolada - aquel 'remanente de Jacob', que había de ser preservado de 'la consumación ya determinada en medio de la tierra' (Is. 10:21-23). Es el mismo 'remanente escogido por gracia' del cual habla Pablo en Rom. 9:27-28; 11:5. Dios no destruirá a Jerusalén, ni dejará desolados los que una vez fueron lugares santos, sin que primero escoja y selle un número selecto como el principio de un nuevo Israel. La primera iglesia cristiana fue formada de siervos de Dios escogidos de 'las doce tribus de la dispersión' (James 1:1), y el fin de la era judía no habría de llegar sino hasta que, por el ministerio de los apóstoles cristianos judíos y los profetas, el evangelio del reino hubiese sido predicado en el mundo entero por testimonio a todas las naciones (Mat. 24:14)". 8

Juan consuela a sus lectores: El juicio seguramente será derramado sobre los apóstatas del Antiguo Pacto, pero la iglesia misma no está en peligro. En realidad, el pueblo del verdadero pacto está a salvo, íntegro, y completo. Aunque Dios está a punto de destruir a Jerusalén, aniquilando hasta el último vestigio del orden mundial y el sistema de culto del Antiguo Pacto, Israel perdura. Las promesas del pacto hechas a Abraham, Isaac, y Jacob no son puestas en peligro en lo más mínimo. De hecho, el derramamiento de la ira de Dios en la destrucción de Jerusalén sólo servirá para revelar al verdadero Israel en una gloria mayor que nunca antes. Jerusalén es saqueada y quemada, sus habitantes muertos y dispersados; pero Israel - todo su pueblo, en todas las tribus - es sellado y salvado. "Por esto, el juiccio no es sólo el otro lado de la moneda de la salvación, sino también un acto de gracia y misericordia hacia el pueblo de Dios. Por devastadora que fuera a ser la caída de Jerusalén para el remanente fiel, sin esa caída no habría quedado ningún remanente". 9


El orden de las doce tribus en Apocalipsis

He puesto esta sección por separado porque sin duda será la parte del libro más aburrida de leer. El lector que se canse fácilmente debería echarle un breve vistazo y seguir adelante. Aunque he tratado de simplificar la discusión hasta donde sea posible, me temo que todavía aparece extremadamente compleja. Todo esto sería mucho más fácil si conociéramos nuestras Biblias tan bien como la conocían los niños en las sinagogas del siglo primero: Si supiéramos de memoria los nombres de los hijos de Jacob y los de sus madres, y los más o menos veinte órdenes en los cuales son listados en el Antiguo Testamento (y las razones para cada variante), entenderíamos casi inmediatamente lo que Juan ha hecho con esta lista, y por qué.

Algunas observaciones de Austin Farrer son especialmente pertinentes aquí: "El propósito de los símbolos es que se entiendan inmediatamente, el propósito de explicarlos es el de restaurar y construir el hecho de entenderlos. Esta es una tarea un poco delicada. Con su mente consciente, el autor no había pensado cada significado, cada interconexión de sus imágenes. Los símbolos habían funcionado en su pensamiento, no se habían pensado ellos mismos. Si tratamos de revelarlos, parecerá que sobreintelectualizamos el proceso de su mente, para representar un nacimiento imaginativo como una construcción especulativa. Una representación como ésta no sólo malrepresenta, sino que también destruye, la creencia, porque nadie puede creer en el proceso cuando se representa de esta manera. Somos conscientes de que ninguna mente puede pensar con tal grado de complejidad sin destruir la vida del producto del pensamiento. Y sin embargo, si no intelectualizamos así, no podemos interpretar en absoluto; es una necesaria distorsión del método, y el lector tiene que soportarla pacientemente. Dígase de una vez por todas que los convencionalismos no han de ser tomados literalmente. No pretendemos distinguir entre lo que se pensó discursivamente y lo que fue concebido intuitivamente en una mente que penetró sus imágenes con inteligencia y enraizó sus actos intelectivos en la imaginación...."

"El lector que persevere a través de los análisis que siguen puede naturalmente preguntar: '¿Cuánto de todo esto comprendieron las congregaciones de las Siete Iglesias, cuando se les leyó la pastoral apocalíptica de su arzobispo?' Sin duda, la respuesta es que, del análisis esquemático al cual recurrimos, no entendieron nada, porque estaban esuchando el Apocalipsis de Juan, no las elucubraciones del escritor actual. Eran hombres de su propia generación, escuchaban constantemente el Antiguo Testamento en sus propias asambleas, y estaban adiestrados por el predicador (que podía ser Juan mismo) para interpretarlo por medio de ciertos convencionalismos. Y así, sin análisis intelectual, recibirían los símbolos simplemente por lo que eran. Entenderían lo que entenderían, y eso sería hasta donde tenían tiempo de digerir". 10

Por mucho tiempo, los eruditos se han sentido perplejos por el orden de las tribus en la lista de Juan. Obviamente, Judá es mencionado primero porque es la tribu de Jesucristo; aparte de eso, muchos han supuesto que la lista o fue hecha al azar (dada la extrema atención que los escritores bíblicos - especialmente Juan - ponían a los detalles, esto es altamente improbable), o está encerrada permanentemente en el misterio (esto es sólo pura arrogancia; debemos recordar siempre que, si no podemos responder una pregunta, probablemente aparecerá alguien que la resuelva en los siguientes cien años o algo así). Sin embargo, como de costumbre, la explicación de Austin Farrer es la que tiene más que ofrecer. Haciendo notar que los nombres de las doce tribus están escritos en las puertas de la Nueva Jerusalén ( Rev. 21:12), él propone que el orden de las tribus corresponde al orden en que se mencionan las puertas: este, norte, sur, oeste. Como podemos ver en el primer diagrama (que, como los mapas del mundo antiguo, está orientado hacia el este), 11 Juan comienza por la esquina oriental con Judá (porque el ángel sellador viene del este, Rev 7:2), pasa a través de Rubén y Gad y Aser en la esquina norte, luego baja por el lado nor-occidental con Neftalí y Manasés; comenzando otra vez (veremos por qué en un momento), menciona a Simeón y a Leví en el lado sud-oriental hasta Isacar en el sur, luego da vuelta a la esquina y pasa a través de Zabulón y José, y termina con Benjamín en la esquina occidental.

Mapa

A primera vista, esta lista no parece tener mucho en común con la de Juan, pero, cuando las miramos juntas, la relación entre ellas se ve muy estrecha. La lista de Ezequiel está dispuesta muy simétricamente. Ezequiel ha dividido los hijos de Lea en dos grupos principales de tres ("mayores" y "menores"), que se equilibran los unos a los otros en el norte y en el sur. Los dos hijos de Raquel en el este están dispuestos frente a los dos hijos de Zilpa en el oeste; y debajo de cada par está uno de los hijos de Bilha. Además, Ezequiel ha colocado a Judá (la tribu real) en la hilera superior de tres, haciendo que intercambie lugares con Simeón.

Farrer explica la revisión que Juan hace de Ezequiel: "Convierte a Raquel en un genuino trío, reemplazando el nombre de Manasés por el de Dan. En realidad, la tribu de José se había convertido en dos tribus, Efraín y Manasés. Puesto que Efraín era el principal heredero de José, José cubre a Efraín; Manasés ha sido añadido. Un subproducto de esta mejora es la desaparición de la lista de Dan, uno de los doce. Quizás esto no haya desagradado a Juan; sea Dan sea el Judas de los patriarcas. En realidad, Dan tenía una dudosa reputación (Gen. 49:17; Lev. 24:10-11; 1 Kings 12:28-30; Jer. 4:15 y 8:16). Al final (Rev. 21:12-14), Juan pone los nombres de los apóstoles alrededor de la ciudad, emparejándolos con las tribus. No podemos suponer que el nombre de Iscariote permanecería allí, más que el de Dan".

"Luego, por lo que concierne a la promoción artificial de Judá: En vez de intercambiar a Judá con Simeón, Juan simplemente eleva a Judá dos lugares. El resultado es que Leví, no Simeón, es sacado fuera de los primeros tres. Se supone que esta alteración es deliberada, porque, en la nueva dispensación, Leví es degradado. El sacerdocio se une al señorío en la tribu de Judá, como explica tan abundantemente el escritor de Hebreos; Leví no tiene ninguna posición especial (véase especialmente Heb. 7:11-14)". 12

 

 

La grande muchedumbre ( Rev. 7:9-17)

9 Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos;
10 y clamaban a gran voz diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.
11 Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono, y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,
12 diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.
13 Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome: Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?
14 Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo: Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.
15 Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos.
16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno;
17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.

v9 Ya hemos observado el mecanismo literario que Juan usa para presentar sus imágenes desde varios ángulos: el oído, luego la vista. Por ejemplo, en Rev. 1:10-13, Juan oye una voz, luego se vuelve para ver al Señor; en Rev. 5:5-6, él oye hablar del León de Judá, luego ve al Cordero; en Rev. 6:1-8, él oye uno de los seres vivientes decir "Ven", y luego ve el objeto de la orden del ser viviente. El mismo patrón ocurre aquí en este capítulo: Juan nos dice: Oí el número de los sellados (Rev. 7:4); luego, después de estas cosas - después de oír el número de los redimidos - miré, y he aquí una gran multitud (Rev. 7:9). Este patrón, y el hecho de que las bendiciones adscritas a ambos grupos son bendiciones que pertenecen a la iglesia, indica que estos dos grupos son, hasta cierto punto, dos aspectos diferentes de la única Iglesia universal.

Así que, desde un punto de vista, el pueblo de Dios está definitivamente numerado; no falta ninguno de los elegidos, y la iglesia es perfectamente simétrica y completa. Desde otro punto de vista, la iglesia es innumerable, una gran multitud que nadie podía contar. Vista desde una perspectiva, la iglesia es el nuevo, el verdadero Israel de Dios: los hijos de Jacob reunidos en todas sus tribus, plenas y completas. Desde otra pespectiva igualmente verdadera, la iglesia es el mundo entero: una gran multitud de redimidos de toda nación y tribu y pueblo y lengua.

En otras palabras, los 144.000 son el remanente de Israel; y, sin embargo, el cumplimiento de las promesas hechas a Israel tiene lugar por medio de la salvación del mundo, trayendo a los gentiles para que compartan las bendiciones de Abraham (Gal. 3:8). El número de los miembros del rermanente se completa con la multitud de los salvados de todas las naciones, tal como la Nueva Jerusalén - cuyas dimensiones se miden en términos de doce y en cuyas puertas están grabados los nombres de las doce tribus - se llena con la gloria y el honor de las naciones del mundo (Rev. 21:12-27). Farrer dice: "Por medio del contraste entre las tribus numeradas y la gran multitud, Juan expresa dos temas antitéticos, ambos igualmente tradicionales. Dios conoce el número de sus elegidos; los que heredan la bendición de Abraham son tan innumerables como las estrellas (Gen. 15:5). Pero Juan no puede querer decir ni que el número de los santos gentiles es desconocido para Dios, ni que el número de los israelitas justos puede ser contado por los hombres. Lo que él nos dice es que su oído percibe un número que resulta de un censo angélico; y que a sus ojos se presenta una multitud que él no puede contar, como en la visión de Abraham cuando se le dijo que mirara las estrellas. La visión de la multitud vestida de ropas blancas, purificadas por el martirio, debe reflejar en todo caso a Dan. 11:35. El tema continúa en Dan. 12:1-3, donde las mismas personas son descritas como 'escritas en el libro' y 'como las estrellas'; es fácil llegar a la conclusión de que 'numerado, pero no imposible de contar'". 13

Por lo tanto, en la visión de Juan, el remanente sellado de Israel es la simiente santa, las "primicias" (Rev. 14:4) de la nueva iglesia, destinadas a expandirse en una innumerable multitud reunida en adoración delante del trono en el cielo. El núcleo de Israel se convierte en la iglesia, redimida de toda nación en cumplimiento de la promesa abrahámica (Gen. 15:5; 22:17-18); y así la iglesia se convierte en el mundo entero. La salvación de Israel solo nunca había sido la intención de Dios; Él envió a su Hijo "para que el mundo fuera salvo por medio de él" (Jn. 3:16-17). Como el Padre le dijo al Hijo al planear el pacto de redención:

Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra. (Is. 49:6)

El número real de los salvados, lejos de limitarse a unas meras decenas de millares, es en realidad una multitud que nadie podía contar, tan vasta que no puede ser comprendida. Porque el hecho es que Cristo vino a salvar al mundo. Tradicionalmente - aunque los calvinistas han estado t&eacuute; únicamente en lo cierto al declarar que los beneficios plenos de la expiación estaban destinados sólo para los elegidos - tanto calvinistas como arminianos han tenido la tendencia a no captar el punto de Jn. 3:16. Ese punto ha sido hermosamente resumido por Benjamin Warfield: "Entonces, no debéis imaginar que Dios se sienta indefenso mientras el mundo, que él creó para sí mismo, se lanza, indefenso, a su destrucción, y que Él sólo puede arrebatar, aquí y allá, algún tizón del incendio universal. El mundo no le gobierna a Él en ninguno de sus actos: Él lo gobierna y lo conduce con mano firme hacia el fin que, desde el principio, o desde que se colocara la primera viga, Él había determinado para él.... A través de todos los años, se nota un propósito, un creciente propósito: más y más, los reinos de la tierra han venido a ser el Reino de nuestro Dios y de su Cristo. Puede que el proceso sea lento; a nuestros ojos impacientes, el progreso puede parecer que se demora. Pero es Dios el que está construyendo, y bajo sus manos, la estructura se levanta firme aunque lentamente, y a su debido tiempo, la cúspide será puesta en su lugar, y ante nuestros ojos atónitos, quedará revelado nada menos que un mundo salvado". 14

Desafortunadamente, muchos no han apreciado plenamente las implicaciones de este pasaje. Por más de un siglo, el cristianismo ha estado plagado por un derrotismo completamente injustificado: Hemos creído en la depravación del hombre más que en la soberanía de Dios. Tenemos más fe en el poder de una criatura no regenerada para resistir la Palabra de Dios que en el poder del Creador Todopoderoso para convertir el corazón de un hombre según Su voluntad. Esta actitud impotente no siempre ha caracterizado al pueblo de Dios. Charles Spurgeon animaba a una reunión de misioneros con estas palabras: "Yo mismo creo que el rey Jesús reinará, y que los ídolos serán completamente abolidos; pero yo espero que el mismo poder que volteó el mundo al revés una vez continúe haciéndolo. El Espíritu Santo jamás soportaría que la imputación de que no era capaz de convertir al mundo reposara sobre su santo nombre". 15

A causa de la resurrección y la ascensión de Cristo, esta es la era del triunfo del evangelio. Las claras indicaciones de las Escrituras son las de que, con el correr del tiempo, la tendencia de las naciones será hacia la conversión. Los salvados serán con mucho más numerosos que los perdidos. A través del libro de Apocalipsis, como en el resto de la Biblia, encontramos a Satanás continuamente derrotado delante del gran ejército de los elegidos. Aunque Satanás parezca ser dominante, sabe que "le queda poco tiempo" (Rev. 12:12). El período del aparente triunfo de Satanás se cuenta por días y meses (Rev. 12:6; 13:5), y aun entonces la suya no es más que una alocada y fútil carrera por un poder efímero; en marcado contraste, el período del dominio de los santos se mide en años - un millar de ellos - y desde el principio (Rev. 1:6) hasta el fin (Rev. 20:4-6) ellos son designados como reyes. ¡Jesús es el Vencedor! Ha venido a salvar al mundo, a redimir a las naciones, y no será defraudado: "Verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad de Jehová será en su mano prosperada" (Is. 53:10).

Juan ve el mundo redimido de los santos victoriosos de pie delante del trono y delante del Cordero en adoración. Están vestidos de ropas blancas, que simbolizan justicia, con palmas en las manos, con el bien conocido símbolo de la restauración del pueblo de Dios al paraíso. Esto también nos recuerda la Fiesta de los Tabernáculos, iniciada durante el Éxodo: No es ningún accidente que la palabra tabernáculo ocurra en este pasaje (véase nuestro comentario sobre v. 15 más abajo). 16 R. J. Rushdoony muestra cuán extensas son las imágenes en el simbolismo de Apocalipsis: "Jesús es al mismo tiempo el verdadero Moisés (el Cantar de los Cantares es citado en Rev. 15:2 ss.), y Josué el mayor. Él es el liberador del pueblo de Dios. Simeón declaró en el templo que sus ojos habían visto la salvación de Dios, habiendo visto al Salvador niño (Lk. 2:30; comp. Is. 52:10), pues él era uno de los que 'esperaban la redención de Jerusalén' (Lk. 2:38), es decir, su liberación del cautiverio del Egipto espiritual. La muerte de los niños en el Egipto de Faraón encuentra un paralelo en la orden homicida de Herodes (Ex. 1:16; 2:15; 4:19; Mat. 2:16). El Cristo niño es llamado el verdadero Israel que fue llamado desde Egipto (Mat. 2:14s.; comp. Ex. 4:22; Hosea 11:1). Los 40 años de la tentación de Israel en el desierto, y su fracaso, se equiparan con los 40 días de la tentación de Cristo en el desierto, que terminaron en victoria; Jesús resistió citando a Moisés. Jesús envió a 12 discípulos, para que fueran el nuevo Israel de Dios, los nuevos dirigentes de una nueva nación o un nuevo pueblo. Jesús también envió a los 70 (Lk. 10:1ss.), como Moisés reunió a 70, a quienes Dios dio el Espíritu (Num. 11:16ss.). Se nos proporcionan paralelos de la conquista de Canaán, y la destrucción de sus ciudades por medio del fuego del juicio (Mat. 10:15; 11:20ss.; Lk. 10:12ss.; Deut. 9:1ss.; Mat. 24). La antigua Jerusalén ahora tiene el papel de Canaán y ha de ser destruída (Mat. 24). El mundo entero es la nueva Canaán, que ha de ser juzgada y conquistada: 'Id a todo el mundo ...' Tanto Éxodo como Apocalipsis terminan con el Tabernáculo, el primero con el tipo y el segundo con la realidad". 17

Hay otros paralelos aquí también. La Fiesta de la Dedicación (Hanukkah) conmemoraba la purificación del templo por Judas Macabeo en el año 164/165 a. C., después de que fue profanado por Antíoco Epífanes IV, cuando los judíos se regocijaron "con acción de gracias, y palmas, y arpas, y címbalos, y con violas, e himnos, y cánticos: porque fue destruído un gran enemigo de Israel" (1 Mac. 13:51). Jesús asistió a esta fiesta (Jn. 10:22), y el domingo de ramos imitó a Judas Macabeo purificando el templo de su profanación por los cambistas (Mat. 21:12-13; Mk. 11:15-17; Lk. 19:45-46; comp. Jn. 2:13-16).

v10 Uniéndose a la liturgia celestial, la innumerable multitud exclama: La salvación (es decir, ¡Hosanna!, comp Jn. 12:13) pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero - atribuyéndole a Dios y al Cordero lo que Roma reclamaba para los Césares. Marco Antonio decía de Julio César que su "único trabajo era salvar a todo el que necesitara ser salvo", 18 y ahora Nerón, a quien Séneca, (hablando como "Apolo"), había alabado como el divino Salvador del mundo, estaba en el trono:

Es muy semejante a mí, en forma y en aspecto, en su poesía y en la manera en que canta y toca. Y como el rosicler de la mañana aleja la negra noche, como ni la bruma ni el rocío permanecen delante de los rayos del sol, y todo se ilumina cuando mi carruaje pasa, así sucede cuando Nerón asciende al trono. Sus dorados bucles, su claro semblante, brillan como el sol cuando penetra a través de las nubes. La contienda, la injusticia, y la envidia se derrumban delante de él. Él restaura al mundo la edad de oro. 19

En directa contradicción con las blasfemias del culto al estado de Roma e Israel, la Iglesia dcclara que la salvación es el ámbito de Dios y de su Hijo solamente. En todas las épocas, éste ha sido básicamente el punto en disputa. ¿Quién es el Dueño y Determinador de la realidad? ¿La palabra de quién es ley? ¿Es el estado el que proporciona la salvación? Para nosotros, como para la iglesia primitiva, no puede haber terreno intermedio seguro entre la fe y la apostasía.

v11-12 También los ángeles son vistos aquí en este servicio de adoración celestial, rodeando la congregación alrededor del trono y ofreciendo una séptuple bendición a Dios en alabanza - una bendición que es precedida por y termina con un juramento: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén. Como en muchas otras descripciones bíblicas de la adoración, la posición de los adoradores se nota aquí: Cayeron sobre sus rostros delante del trono. En las Escrituras, la adoración oficial y pública nunca muestra a los participantes sentados en oración; la oración en público siempre tiene lugar en posiciones reverentes estando de pie o con la cabeza inclinada. El platonista moderno y nominalista, que se cree más espiritualmente inclinado que los personajes bíblicos (¡y hasta que los ángeles!) respondería a esto diciendo que la posición del cuerpo es irrelevante, con la condición de que la actitud correcta llene el corazón. Pero esto pasa por alto el hecho de que la Biblia conecta la actitud del corazón con la actitud del cuerpo. En la adoración pública, por lo menos, nuestras iglesias deberían seguir el modelo bíblico de la reverencia física en la oración.

Cuando los protestantes racionalistas abandonaron el uso del reclinatorio delante de las bancas durante el culto, contribuyeron a los brotes de pietismo individualista que tanta ruina han traído a la iglesia. El hombre necesita la liturgia y el simbolismo. Dios nos creó de esa manera. Cuando la Iglesia niega al hombre este aspecto de su naturaleza divina, el hombre tratará de completarlo por medio de sustitutos inadecuados o pecaminosos. Un regreso a la liturgia basada en la Biblia no es un sánalotodo; pero demostrará ser un correctivo para la "espiritualidad" superficial, frenética, y fuera de lugar que ha sido el legado de siglos de pobreza litúrgica.

v13-14 Ahora uno de los ancianos desafía a Juan a que le diga la identidad de esta gran multitud de toda nación. Juan confiesa su incapacidad, y el anciano explica: Estos son los que han salido de la gran tribulación. Aunque este texto puede y debería usarse para consolar a los cristianos que pasan por cualquier período de sufrimiento y persecución, su principal referencia es a "la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra" (Rev. 3:10), la "Gran Tribulación", de la cual Jesús advirtió cuando habló a sus discípulos sobre el monte de los Olivos (Mat. 24:21; Mk. 13:19) - una tribulación que, dijo Él, tendría lugar durante la generación que existía en ese momento (Mat. 24:34; Mk. 13:30; Luc. 21:32); la mayor tribulación, cual no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá (Mat. 24:21; Mk. 13:19).

Para los cristianos del siglo primero que lo leían, el punto era que la tribulación que estaban a punto de sufrir no les destruiría. Al enfrentarse a la persecución, habrían de verse a sí mismos, primero, como "el Israel de Dios" (Gal. 6:16), sellados y protegidos; y segundo, como una multitud innumerable y victoriosa. Como Dios les veía, no eran grupos dispersos y aislados de pobres y perseguidos individuos acusados como criminales por un despiadado y demoníaco estado-poder; más bien, eran una vasta multitud de vencedores, que habían lavado sus ropas y las habían emblanquecido en la sangre del Cordero, y que estaban de pie delante del trono de Dios cubiertos por la justicia de Cristo Jesús. Juan probablemente está pensando en el ritual de ordenación e investidura que tenía lugar después del riguroso examen para el sacerdocio. Primero, el candidato a sacerdote era examinado en cuanto a su genealogía. "Si no satisfacía al tribunal en cuanto a su perfecta legitimidad, el candidato era vestido y cubierto con un velo negro, y eliminado de manera permanente. Si pasaba esta dura prueba, era luego investigado en cuanto a cualesquiera defectos físicos. Maimónides enumera ciento sesenta y dos, de los cuales ciento cuarenta le descalificaban permanentemente, y veintidós lo hacían temporalmente, para el ejercicio del oficio sacerdotal... Los que pasaban la doble prueba eran vestidos de ropas blancas, y sus nombres eran registrados permanentemente". 20 Las ropas blancas de estos sacerdotes corresponden, pues, a las vestiduras blancas del Sumo Sacerdote; y del mismo modo que se dice que estas vestiduras están "lavadas con sangre", así también las de ellos son lavadas y emblanquecidas en la sangre del Cordero.

En agudo contraste con lo que se les ha enseñado a algunos grupos cristianos en años recientes, la iglesia primitiva no esperaba ser preservada milagrosamente de todas las dificultades en esta vida. Sabían que serían llamados a sufrir persecución (2 Tim. 3:12) y tribulación (Jn. 16:33; Acts 14:22; Rom. 5:3; 8:35; Rev. 1:9). El apóstol Pedro ya había escrito para preparar a la iglesia para la gran tribulación: "Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría" (1 Pet. 4:12-13). En un sentido secundario, esto es ciertamente aplicable en todas partes a los cristianos que sufren tribulación. No debemos ver la salvación como una fórmula mágica para evitar dificultades. Como ejército de Cristo cubierto de vestiduras blancas, somos más que vencedores. Nuestro llamado es a soportar y a vencer.

En su influyente estudio sobre la expansión de la iglesia primitiva, Adolf Harnack escribió: "Lo notable es que, aunque los cristianos no fueron en modo alguno numerosos sino hasta mediados del siglo segundo, reconocieron que el cristianismo formaba el punto central de la humanidad como campo de la historia política, así como su factor determinante. Tal timidez es perfectamente comprensible en el caso del judaísmo, porque los judíos eran realmente una nación grande y tenían tras de sí una gran historia. Pero es realmente asombroso que un pueblo pequeñito confrontara de tal modo el poderío entero del imperio romano que viera en la persecución de los cristianos el papel principal de ese imperio, y que hiciera culminar la historia del mundo en ese conflicto. La única explicación de esto reside en el hecho de que la iglesia simplemente tomó el lugar de Israel, y por consiguiente, se sentía un pueblo; esto implicaba que la iglesia era también un factor político, y realmente el factor que jugaba un papel decisivo junto con el estado y por medio del cual el estado habría de ser finalmente vencido". 21

v15-17 El anciano continúa su explicación: Por esta razón, a causa de su redención y su unión con el Cordero por medio de su sangre, ellos están delante del trono de Dios en adoración. Imitando a los querubines ( Rev. 4:8), estos sacerdotes vestidos con ropas blancas le sirven día y noche en su templo (comp. 1 Crón. 9:33; 23:30; Ps. 134:1). Por esto reciben la más característica bendición del pacto, la sombra del Omnipotente: El que se sienta en el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Esto se refiere a la sombra proporcionada por la Nube de Gloria, que se cernía tanto sobre la tierra y la creación (Gen. 1:2) como sobre Israel en el desierto (Deut. 32:10-11). 22 Llena de "muchos millares de ángeles" (Ps. 68:17; comp. 2 Kings 6:17), la Nube proporcionaba un refugio alado; "refugio contra la tormenta, sombra contra el calor" (Is. 25:4; comp. Ps. 17:8; 36:7; 57:1; 61:4; 63:7; 91:1-13; 121:5-6). Todo esto fue resumido en una profecía de la venidera iglesia del Nuevo Pacto: "Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sion, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de devastación. Y creará Jehová sobre toda la morada del monte de Sion, y sobre los lugares de sus convocaciones, nube y oscuridad de día, y de noche resplandor de fuego que eche llamas; porque sobre toda gloria habrá un dosel" (Is. 4:4-5; comp. Is. 51:16).

Esta nube/dosel de la presencia de Dios es llamada también escondedero (2 Sam. 22:12; Ps. 18:11; Lam. 3:44; Ps. 91:4), la misma palabra usada para describir la posición de los querubines labrados que estaban encima del Arca del Pacto (Ex. 25:20). Este término es también la palabra traducida como cabañas o tabernáculos en Lev. 23:33-43, donde Dios ordena a su pueblo erigir cabañas con ramas de árboles frondosos para que vivieran en ellas durate la Fiesta de los Tabernáculos. Como la vieron los profetas de la restauración, esta fiesta era una profecía representada de la conversión de todas las naciones, el llenamiento del pueblo del pacto con el mundo entero. En el último día de la Fiesta de los Tabernáculos, Dios habló por medio de Hageo: "Y haré temblar a todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa [el templo]" (Hag. 2:7). También Zacarías profetizó acerca del significado de esta fiesta en términos de la conversión de las naciones y la santificación de cada una de las áreas de la vida (Zac. 14:16:21).

En los últimos días, durante la celebración de la misma fiesta, Jesucristo nuevamente enuncia su significado: el derramamiento del Espíritu sobre el creyente restaurado, de modo que la iglesia se convierte en un medio para restaurar el mundo entero. La promesa de la Fiesta de los Tabernáculos estaba a punto de cumplirse, después de la gloriosa ascensión del Hijo al trono: "En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de aguas viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado" (Jn. 7:37-39).

La visión de Juan del mundo redimido revela el inescapable resultado de la ascensión de Cristo, la consumación del Paraíso: Ya no tendrán hambre, ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio de ellos los pastoreará, y los guiará a fuentes de agua de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos. Más atrás notamos las palabras del Padre al Hijo en Is. 49, dándole la promesa de la salvación del mundo y de Israel. El pasaje continúa:

Te guardaré y te daré por pacto al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas heredades; para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Mostraos. En los caminos serán apacentados, y en todas las alturas tendrán sus pastos. No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas. Y convertiré en camino todos mis montes, y mis calzadas serán levantadas. He aquí éstos vendrán de lejos; y he aquí éstos del norte y del occidente, y éstos de la tierra de Sinim [China]. Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia. (Is. 49:8-13).

Las iglesias del siglo primero estaban al borde de la mayor tribulación de todos los tiempos. Muchos perderían sus vidas, sus familias, sus posesiones. Pero Juan escribe para decirles a las iglesias que la tribulación no es una muerte, sino un nacimiento (comp. Mat. 24:8), el preludio del establecimiento del reino mundial de Cristo. Les muestra la escena en el otro lado: la celebración de la inevitable victoria.

En el Circo Máximo de Nerón, el escenario de sus sangrientas y repugnantes matanzas de cristianos - por medio de las bestias salvajes, por crucifixión, por el fuego y por la espada - había un gran obelisco de piedra,, mudo testigo de la valiente conducta de aquellos santos valientes que soportaron la tribulación y contaron todas las cosas como pérdida por amor a Cristo. Hace mucho tiempo, el bestial Nerón y sus secuaces pasaron de la escena a su recompensa eterna, pero el obelisco todavía permanece, y ahora está en el centro de la gran plaza en frente de la Basílica de San Pedro. Grabadas a cincel en su base aparecen estas palabras, tomadas del himno de triunfo de los mártires vencedores:

 

CHRISTUS VINCIT
CHRISTUS REGNAT
CHRISTUS IMPERAT

 

- cuya interpretación es:

Cristo vence;

Cristo reina;

Cristo gobierna sobre todo.

 

 

Notas:

1. J. Marcellus Kik, An Eschatology of Victory (Nutley, NJ: The Presbyterian and Reformed Publishing Company, 1971), pp. 96s.

2. Véanse los estudios de James B. Jordan, Food and Faith y Trees and Thorns, próximos a ser publicados.

3. Véanse nuestros comentarios sobre 4:5-8, más arriba.

4. The Dominion Covenant: Genesis (Tyler, TX: Institute for Christian Economics, 1982), comp. pp. 1-2, 425-54; véase también Rousas John Rushdoony, The Mythology of Science (Nutley, NJ: The Craig Press, 1967).

5. E. H. Plumptre, The Pulpit Commentary: Ezekiel (London: Funk and Wagnalls Co., n.d), Vol. 1, pp. 162s.

6. Tertullian, Against Marcion, iii.22, en Alexander Roberts y James Donaldson, eds., The Ante-Nicene Fathers (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1973), Vol. III, pp. 340s. Sobre la legitimidad de la señal de la cruz como una acción simbólica, véase de James B. Jordan, The Sociology of the Church: Essays in Reconstruction (Tyler, TX: Geneva Ministries, 1986), pp. 207ss.

7. Milton Terry, Biblical Apocalyptics: A Study of the Most Notable Revelations of God and of Christ in the Canonical Scriptures (New York: Eaton and Mains, 1898), p. 336.

8. Ibid., pp. 341s.

9. Rousas John Rushdoony, Salvation and Godly Rule (Vallecito, CA: Ross House Books, 1983), p. 141.

10. Austin Farrer, A Rebirth of Images: The Making of St. John´s Apocalypse (Gloucester, MA: Peter Smith, [1949] 1970, pp. 20s.

11. Oriente significa este; por esto, si se está realmente "orientado", ya se está "esteado", puesto de manera que se tiene al frente la dirección correcta (que generalmente es el este, aunque no siempre).

12. Austin Farrer, The Revelation of St. John the Divine, p. 108.

13. Ibid., p. 110.

14. Benjamin Warfield, de un sermón sobre Juan 3:16 titulado "El Inmensurable Amor de Dios", en Biblical and Theological Studies (Philadelphia: Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1968), pp. 518s.

15. Citado en la obra de Lain Murray, The Puritan Hope: Revival and the Interpretation of Prophecy (London: The Banner of Truth Trust, 1971), p. 258.

16. Véase de David Chilton, Paradise Restored: A Biblical Theology of Dominion (Ft. Worth, TX: Dominion Press, 1985), pp. 44-46, 60.

17. Rousas John Rushdoony, The Kingdom Come; Studies in Daniel and Revelation (Tyler, TX: Thoburn Press, [1970] 1978), pp. 149s.

18. Ethelbert Stauffer, Christ and the Caesars (Philadelphia: The Westminster Press, 1955), p. 52.

19. Ibid., p. 139. A su debido tiempo, Nerón le pagó a Séneca por toda una vida de servil idolatría ordenándole que se suicidara.

20. Alfred Edersheim, The Temple: Its Ministry and Services as They Were at the Time of Jesus Christ (Grand Rapids: William B. Eerdmans Publishing Co., 1980), p. 95; comp. Rev. 3:5.

21. Adolf Harnack, The Mission and Expansion of Christianity in the First Three Centuries, James Moffatt, trad. (Gloucester, MA; Peter Smith, [1908] 1972), pp. 257s.

22. Véase de Meredith G. Kline, Images of the Spirit (Grand Rapids: Baker Book House, 1980), pp. 13ss; comp. Chilton, Paradise Restored, pp. 58ss

 

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