Capitulo 11. El Fin del Principio

Capitulo 11  - EL FIN DEL PRINCIPIO

Días de Retribución - Chilton

Parte Cuatro

Los dos testigos contra Jerusalén (Rev. 11:1-14)

1 Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.
2 Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.
3 Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos sesenta días, vestidos de cilicio.
4 Estos dos testigos son los dos olivos, y los dos candeleros que están en pie delante del Dios de la tierra.
5 Si alguno quiere dañarlos, sale fuego de la boca de ellos, y devora a sus enemigos; y si alguno quiere hacerles daño, debe morir él de la misma manera.
6 Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva en los días de su profecía; y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.
7 Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos, y los vencerá y los matará.
8 Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado.
9 Y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán que sean sepultados.
10 Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.
11 Pero después de tres días y medio entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron sobre sus pies, y cayó gran temor sobre los que los vieron.
12 Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá. Y subieron al cielo en una nube; y sus enemigos los vieron.
13 En aquella hora hubo un gran terremoto, y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron, y dieron gloria al Dios del cielo.
14 El segundo ay pasó; he aquí, el tercer ay viene pronto.

 

v1-2 A Juan se le ordena medir el templo de Dios (literalmente, el santuario interior del templo, el lugar santo), y el altar, y los que adoran en él. Las imágenes están tomadas de Ezequiel 40-43, donde el angélico sacerdote mide el templo ideal, el pueblo de Dios del Nuevo Pacto, la Iglesia (comp. Mk. 14:58; Jn. 2:19; 1 Cor. 3:16; Eph. 2:19-22; 1 Tim. 3:15; Heb. 3:6; 1 Pet. 2:5; Rev. 3:12). R. J. McKelvey explica cómo la idea del templo es interpretada en la Carta a los Hebreos: "Según el escritor de Hebreos, el santuario en el cielo es el modelo (tipo), es decir, el original (comp. Ex. 25:8 s.), y el de la tierra, usado por los judíos, es 'figura y sombra' (Heb. 8:5). Por lo tanto, el santuario celestial es el verdadero santuario (Heb. 9:24). Pertenece al pueblo del nuevo pacto (Heb. 6:19-20). Además, el hecho de que Cristo nuestro Sumo Sacerdote esté en este santuario significa que nosotros, aunque todavía estamos en la tierra, ya participamos de su culto (Rev.10:19 ss., Rev. 12:22ss.). ¿Qué es este templo? El escritor nos da una pista cuando dice que el santuario celestial fue purificado (Rev. 9:23), es decir, preparado para ser usado (comp. Num. 7:1). La asamblea de los primogénitos (Heb. 12:23), es decir, la iglesia triunfante, es el templo celestial". 1

Que esto es lo que Juan quiere decir también debería estar claro por lo que ya hemos visto, pues mucha de la acción de este libro ha tenido lugar o se ha originado en el santuario interior. Además, los que adoran en el altar del incienso en el Lugar Santo son sacerdotes (Ex. 28:43; 29:44): Juan nos ha dicho que somos un reino de sacerdotes (Rev. 1:6; 5:10; comp. Mat. 27:51; Heb. 10:19-20), y nos ha mostrado al pueblo de Dios ofreciendo sus oraciones en el altar del incienso (Rev. 5:8; 6:9-10; 8:3-4).

Juan tiene que medir el atrio interior, la Iglesia, pero debe dejar fuera el patio que está fuera del templo, y se le ordena específicamente: No lo midas. El medir es una acción simbólica que se usa en la Escritura para "separar lo santo de lo profano" e indicar así la protección divina contra la destrucción (véase Ez. 22:26; 40-43; Zac. 2:1-5; comp. Jer. 10:16; 51:19; Rev. 21:15-16). "A través de las Escrituras, los sacerdotes son los que miden las dimensiones del templo de Dios, no siendo el hombre con la vara de medir de Ezequiel 40ss. sino el ejemplo más prominente. Tal medición, como el testificar, involucra ver, y es la pre-condición para juzgar, como lo hemos visto en las acciones de Dios en relación con el pacto en Génesis 1. El aspecto sacerdotal de medir y testificar puede verse en que se correlaciona con guardar, pues crea y establece límites, y da testimonio de si esos límites han sido observados o no. Podríamos decir que la función real tiene que ver con llenar, y la sacerdotal con separar, la primera con la cultura, y la última con los celos, la propiedad, y la protección". 2

Entre el sexto y el séptimo sellos, los 144.000 santos del verdadero Israel fueron protegidos del juicio venidero (Rev. 7:1-8). Esa acción encuentra paralelo aquí en la medición que Juan lleva a cabo del atrio interior entre la sexta y la séptima trompetas, que ahora protegen al templo verdadero del derramamiento de la ira de Dios. En consecuencia, el patio exterior (el "atrio de los gentiles") representa al Israel apóstata (comp. Is. 1:12), que debe ser cortado del número del fiel pueblo del pacto, la morada de Dios. A Juan, como sacerdote autorizado del Nuevo Pacto, se le ordena echar fuera (excomulgar) a los incrédulos. Este verbo (ekballo) se usa generalmente en los Evangelios con el significado de echar fuera los espíritus malos (comp. Mk. 1:34, 39; 3:15; 6:13); también se usa en relación con la acción de Jesús de expulsar a los cambistas del templo (Mat. 21:12; Mk. 11:15; Jn. 2:15). Jesús advirtió que el Israel incrédulo en general sería expulsado de la Iglesia, mientras los gentiles incrédulos entrarían en tropel en el reino y recibirían las bendiciones prometidas a la Simiente de Abraham:

Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán a entrar, y no podrán. Después que el padre de familia se haya levantado y cerrado la puerta, y estando fuera empecéis a llamar a la puerta, diciendo: Señor, Señor, ábrenos, él respondiendo os dirá: No sé de dónde sois. Entonces comenzaréis a decir: Delante de tí hemos comido y bebido, y en nuestras plazas enseñaste. Pero os dirá: Os digo que no sé de dónde sois; apartaos de mí todos vosotros, hacedores de maldad. Allí será el lloro y el crujir de dientes, cuando veáis a Abraham, a Isaac, a Jacob, y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros estéis excluidos. Porque vendrán del oriente y del occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa del reino de Dios. (Lk. 13:24-29; comp. Mat. 8:11-12).

El Israel incrédulo ha sido excluido de la medición de protección, pues ésta le ha sido dada a las naciones; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses (véase Lk. 21:24). Dios garantiza su protección para la Iglesia, pero Jerusalén ha sido entregada a la destrucción. La expresión cuarenta y dos meses (que equivalen a 1.260 días y tres años y medio) ha sido tomada de Dan. 7:25, donde simboliza un período limitado durante el cual triunfan los impíos; también habla de un período de ira y de juicio debido a la apostasía, un recordatorio de los tres años y medio de sequía entre la primera aparición de Elías y la derrota ded Baal en el monte Carmelo (1 Ki. 17-18; comp. Jas. 5:17). Mientras el número siete se usa para representar totalidad y sentido de lo completo, la expresión tres y medio parece ser un siete roto: tristeza, muerte, y destrucción (comp. Dan. 9:24; 12:7; Rev. 12:6, 14; 13:5). Los períodos de tiempo mencionados en la sección de las trompetas están dispuestos quiásmicamente, otra indicación de su naturaleza simbólica:

A. 11:2 - cuarenta y dos meses
B. 11:3 - mil doscientos sesenta días
C. 11:9 - tres días y medio
C. 11:11 - tres días y medio
B. 12:6 - mil doscientos sesenta días
A. 13:5 - cuarenta y dos meses

Esta clase de imágenes se usa a través de la Biblia. 3 En su evangelio, Mateo deliberadamente hace todo lo posible por llamar nuestra atención al número cuarenta y dos, disponiendo su lista de los antepasados de Jesús para que sumen este número: "De manera que todas las generaciones desde Abraham hasta David son catorce; desde David hasta la deportación a Babilonia, catorce; y desde la deportación a Babilonia hasta Cristo, catorce" (Mat. 1:17) 4 dando la suma cuarenta y dos, el número de la espera entre la promesa y el cumplimiento, desde la esclavitud hasta la redención. Pero ahora, en Apocalipsis, el tiempo se ha acortado: La Iglesia ya no necesita esperar cuarenta y dos generaciones, sino sólo cuarenta y dos meses. Por lo tanto, el mensaje de estos versículos es que la Iglesia será salva a través de la venidera tribulación, durante la cual Jerusalén ha de ser destruida por una invasión de gentiles. El fin de este período significará el pleno establecimiento del reino. Así, el pasaje es paralelo con el Sermón del Monte (Mat. 24, Mk. 13, Lk. 21), en el cual Jesús profetiza la destrucción de Jerusalén, que culmina con la invasión por Roma en el año 70 d. C. 5

3-4 Pero antes de que Jerusalén sea destruida, Juan oye un testimonio adicional de su culpa, un resumen de la historia de las apostasías de la ciudad, enfocando su atención sobre su perenne persecución de los profetas. Dios le dice a Juan que Él ha ordenado que dos testigos profeticen por mil doscientos sesenta días, el número de días que hay en cuarenta y dos meses idealizados (de treinta días cada uno). Este número, por lo tanto, está relacionado con, pero no es idéntico a, los cuarenta y dos meses, y continúa expresando la esencial cualidad de cuarenta y dos del período que precede al pleno establecimiento del reino. 6 Los testigos están vestidos de cilicio, el vestido tradicional de los profetas desde Elías hasta Juan el Bautista, y que simboliza su lamento por la apostasía nacional (2 Kiings 1:8; Is. 20:2; Jon. 3:6; Zack. 13:4; Mat. 3:4; Mk. 1:6). La ley bíblica requería dos testigos (Num. 35:30; Deut. 17:6; 19:15; Mat. 18:16; comp. Ex. 7:15-25; 8-11; Lk. 10:1); la idea es un tema penetrante a través de la profecía y el simbolismo bíblicos. Por lo tanto, una conclusión preliminar acerca de los dos testigos es que ellos representan la línea de los profetas, que culminó con Juan el Bautista, que testificó contra Jerusalén durante la historia de Israel.

Los dos testigos son identificados como los dos olivos y los dos candeleros que están delante del Señor de la tierra. En este punto, las imágenes se vuelven mucho más complejas. Juan regresa nuevamente a la profecía de Zacarías acerca del candelero (Zac. 4:1-5; comp. Rev. 1:4, 13, 20; 4:5). Las siete lámparas del candelabro están conectadas con los dos olivos (comp. Ps. 52:8; Jer. 11:16), de los cuales fluye una incesante corriente de aceite, que simboliza la obra por medio de la cual el Espíritu Santo llena y da poder a los dirigentes de su pueblo del pacto. El significado del símbolo se resume en Zac. 4:6: "No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos". El mismo pasaje en Zacarías también habla de dos testigos, dos hijos de aceite ("los dos ungidos"), que guían al pueblo de Dios: Josué el sacerdote y Zorobabel el rey (Zac. 3-4; comp. Esdras 3, 5-6; Hag. 1-2). Resumiendo, pues, Zacarías nos habla de un complejo árbol/candelero que representa a los oficiales del pacto: dos figuras-testigos que pertenecen a la casa y al sacerdocio reales. El libro de Apocalipsis conecta a todos ellos libremente, hablando de dos brillantes candeleros que son dos olivos llenos de aceite, que son también dos testigos, un rey y un sacerdote - todos representando el testimonio profético, inspirado por el Espíritu, del reino de sacerdotes (Ex. 19:6). (Como hemos visto, un aspecto principal del mensaje de Juan es que la Iglesia del Nuevo Pacto hereda plenamente las promesas como el verdadero reino de sacerdotes, el real sacerdocio en el cual "todos los miembros del pueblo de Dios son profetas"). Que estos testigos son miembros del Antiguo Pacto, más bien que del Nuevo, queda demostrado, entre otras indicaciones, por el hecho de que llevan puesta ropa de silicio - característica de las privaciones del Antiguo Pacto, más bien que de la plenitud del Nuevo.

5-6 Juan habla ahora de los dos testigos en términos de los dos grandes testigos del Antiguo Testamento, Moisés y Elías - la Ley y los Profetas. Si alguno quiere ddañarlos, sale fuego de la boca de ellos, y devora a sus enemigos. En Num 16:35, salió fuego del cielo a la palabra de Moisés y consumió a los falsos adoradores que se habían rebelado contra él; y de manera similar, salió fuego del cielo y consumió a los enemigos de Elías cuando él pronunció la palabra (2 Kings :9-12). Esto se convierte en un símbolo modelo para el poder de la palabra profética, como si en realidad saliera fuego de las bocas de los testigos de Dios. Como dijo Dios a Jeremías, "He aquí yo pongo mis palabras en tu boca por fuego, y a este pueblo por leña, y los consumirá" (Jer. 5:14).

Extendiendo las imágenes, Juan dice que los testigos tienen poder para cerrar el cielo, para que no llueva en los días de su profecía, es decir, durante los mil doscientos sesenta días (tres años y medio) - la misma duración de la sequía causada por Elías en 1 Reyes 17 (véase Lk 4:25; James 5:17). Como Moisés (Ex. 7-13), los testigos tiene poder sobre las aguas, para convertirlas en sangre, y para golpear la tierra con toda suerte de plagas, a menudo según su deseo.

Ambas figuras proféticas apuntaban más allá de sí mismas, hacia el Profeta Mayor, Cristo Jesús. El mismo último mensaje del Antiguo Testamento los menciona juntos en una profecía del advenimiento de Cristo: "Acordaos de la ley de Moisés mi siervo... He aquí, yo os envío el profeta Elías..." (Mal. 4:4-5). Malaquías continúa declarando que el ministerio de Elías sería recapitulado en la vida de Juan el Bautista (Mal. 4:5-6; comp. Mat. 11:14; 17:10-13; Lk. 1:15-17). Pero Juan, como Elías, era sólo un precursor, preparando el camino para el que vendría después de él, el Primogénito, que tendría una doble - mejor dicho, inmensurable - porción del Espíritu (comp. Deut. 21:17; 2 Ki. 2:9; Jn. 3:27-34). Y, como Moisés, Juan Bautista sería sucedido por Joshua, Jesús el Conquistador, que pondría al pueblo del pacto en posesión de su prometida herencia. Por lo tanto, los dos testigos resumen a todos los testigos del Antiguo Pacto, culminando en el testimonio de Juan.

v7 Ahora la escena cambia: Según todas las apariencias, los testigos son derrotados y destruidos. Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo hará guerra contra ellos, y los vencerá y los matará. Esta es la primera mención de la bestia en este libro, pero Juan ciertamente parece esperar que sus lectores entiendan su referencia. En realidad, el tema de la bestia es familiar en la historia bíblica. Al principio se nos dice cómo Adán y Eva rehusaron convertirse en "dioses" a través del sometimiento a Dios, y en vez de eso buscaron la divinidad autónoma y final. Sometiéndose a una bestia (la serpiente), se convirtieron ellos mismos en "bestias" en lugar de dioses, con la marca de rebelión de la bestia estampada en sus frentes (Gén. 3:19); aún en la redención, permanecieron vestidos con pieles de bestias (Gen. 3:21). 8 Un cuadro posterior de la caída se muestra en la caída de Nabucodonosor, que era, como Adán, "rey de reyes, a quien el Dios del cielo ha dado el reino, el poder, la fortaleza, y la gloria" (Dan. 2:37). Y sin embargo, a causa del orgullo, y por haber buscado la divinidad autónoma, fue juzgado: "Y fue echado de entre los hombres, y comía hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas como las de las aves" (Dan. 4:33). La rebelión del hombre contra Dios se refleja también en la rebelión de las bestias contra el hombre; así, los impíos perseguidores de Cristo en la crucifixión son llamados "perros" y "toros de Basán", y se les compara con "un león rapaz y rugiente" (Ps. 22:12-13, 16).

Otra imagen de la "bestialidad" de la rebelión estaba contenida en los requisitos sacrificiales/dietéticos del Antiguo Pacto contra los animales "inmundos", como observa James Jordan: "Todos los animales inmundos se parecen a la serpiente de tres maneras. Comen 'polvo' (carne muerta, carroña, estiércol, y basura). Se mueven en contacto con 'el polvo' (se arrastran sobre sus vientres, con los carnosos cojines de sus patas en contacto con el suelo, sin escamas para evitar que su piel entre en contacto con su líquido elemento). Se rebelan contra el dominio humano, matando a hombres o a otras bestias. Bajo el simbolismo del Antiguo Pacto, tales bestias satánicas representan a las naciones satánicas (Lev. 20:22-26), porque los animales son 'imágenes' de los hombres. 9 Comer animales satánicos, bajo el Antiguo Pacto, era 'comer' el estilo de vida satánico, 'comer' la muerte y la rebelión". 10

El enemigo de Dios y de la Iglesia es pues la bestia, en sus varias manifestaciones históricas. Los profetas a menudo hablaban de estados paganos como bestias terribles que hacían guerra contra el pueblo del Pacto (Ps. 87:4; 89:10; Is. 51:9; Dan. 7:3-8, 16-25). 11 Todo esto quedará reunido en la descripción que hace Juan de Roma y el Israel apóstata en Apocalipsis 13. Sin embargo, debemos recordar que estos poderes perseguidores no eran sino las manifestaciones inmediatas del antiguo enemigo de la Iglesia - el dragón, que es presentado formalmente en Rev. 12:3,11, pero que era bien conocido para cualquier persona versada en la Biblia en el auditorio de Juan. Ya los cristianos conocían la identidad final de la Bestia que sube del abismo. Es el leviatán, la serpiente antigua, que sale de su prisión en el mar una y otra vez para atormentar al pueblo de Dios. El abismo, las profundidades oscuras y furiosas, es donde Satanás y sus espíritus malos están aprisionados, excepto por algunos períodos en que son soltados para que atormenten a los hombres cuando cometen apostasía. 12 (Nótese que la legión de espíritus malos, en el incidente del endemoniado gadareno, rogó que no se le mandase al abismo; con divino engaño, Jesús les envió a un hato de cerdos, y éstos se precipitaron al mar: Lk. 8:31-33). La persecución del pueblo del pacto nunca es meramente un concurso "político", sin importar cómo los estados perversos intenten colorear sus impías acciones. Siempre se origina en las profundidades del infierno.

A través de la historia de la redención, la Bestia ha hecho guerra contra la Iglesia, particularmente contra sus testigos proféticos. El ejemplo final de esto en el período del Antiguo Testamento es la guerra de Herodes contra Juan el Precursor, a quien venció y mató (Mk. 6:14-29); y la culminación de esta guerra contra los profetas fue el asesinato de Cristo, el Profeta final, del cual eran imagen todos los otros profetas, y cuyo testimonio dieron. Cristo fue crucificado por la colaboración de las autoridades romanas y judías, y esta sociedad en la persecución continuó a través de la historia de la iglesia primitiva (véase Acts 17:5-8; 1 Thes. 2:14-17). 13

8-10 Los cadáveres de los testigos del Antiguo Testamento, "desde el justo Abel hasta Zacarías" (Mat. 23:35) yacen metafóricamente en la calle de la Gran Ciudad que espiritualmente (es decir, por revelación del Espíritu Santo) se llama Sodoma y Egipto. Esta ciudad es, por supuesto, Jerusalén; Juan explica que es allí donde también el Señor de ellos fue crucificado (acerca de Israel identificado como Sodoma, véase Deut. 29:22-28; 32:32; Is. 1:10, 21; 3:9; Jer. 23:14; Ez. 16:46). Generalmente, los comentaristas no logran encontrar referencias bíblicas que comparen a Israel (o a Jerusalén) con Egipto, pero este es el antiguo problema de no poder ver el bosque a causa de los árboles. Porque la prueba está contenida en el mensaje entero del Nuevo Testamento. Constantemente, Jesús es considerado como el nuevo Moisés (Acts 3:20-23; Heb. 3-4), el nuevo Israel (Mat. 2:15), el nuevo templo (Jn. 1:14; 2:19-21), y, de hecho, una recapitulación/trascendencia viviente de la historia entera del Éxodo (comp. 1 Cor. 10:1-4. 14 En el monte de la transfiguración (Lk. 9:31), Él habló con Moisés y Elías (otro enlace con este pasaje), llamando "éxodo" (la palabra griega es exodon) a su muerte y resurrección venideras en Jerusalén. Siguiendo los pasos a todo esto está el lenguaje mismo del Apocalipsis, que habla de las plagas de Egipto derramadas sobre Israel (Rev. 8:6-12; 16:2-12). La guerra de los testigos con el Israel apóstata y los estados paganos se describe en los mismos términos que el Éxodo original de Egipto (comp. también la nube y la columna de fuego en Rev. 10:1). Jerusalén, la una vez santa y ahora apóstata ciudad, se ha convertido en pagana y perversa, la opresora del verdadero pueblo del pacto, uniéndose a la bestia al atacarlos y matarlos. Es Jerusalén la que es culpable de la sangre de los testigos del Antiguo Pacto; ella es, por excelencia, la asesina de los profetas (Mat. 21:33-43; 23:34-38). De hecho, dijo Jesús, "no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén" (Lk. 13:33).

Con la muerte de los testigos, su voz de condena está silenciada; y ahora los pueblos y tribus y lenguas y naciones consideran a la Iglesia misma como muerta, mostrando abiertamente su desprecio por el pueblo de Dios, cuyos cadáveres yacen insepultos en la calle, bajo una aparente maldición, pues no se permite que sus cadáveres sean puestos en una tumba (comp. 1 Kings 13:20-22; Jer. 8:1-2; 14:16; 16:3-4). El deseo de ser injertados en la Tierra Prometida a la muerte era una preocupación principal de los fieles testigos del Antiguo Pacto, como garantía de su futura resurrección (Gen. 23; 47:29-31; 49:28-33; 50;1-14, 24-26; Ex. 13:19; Josué 24:32; 1 Sam. 31:7-13; Acts 7:15-16; Heb. 11:22). La opresión del reino de sacerdotes por los paganos a menudo se expresaba en estos términos:

Oh Dios, vinieron las naciones a tu heredad; han profanado tu santo templo; redujeron a Jerusalén a escombros. Dieron los cuerpos de tus siervos por comida a las aves de los cielos, la carne de tus santos a las bestias de la tierra. Derramaron su sangre como agua en los alrededores de Jerusalén, y no hubo quien los enterrase. (Ps. 79:1-3).

Sin embargo, la ironía es que ahora son los que moran en la tierra - los judíos mismos (comp. Rev. 3:10) - los que se unen a las naciones paganas para oprimir a los justos. Los apóstatas de Israel se regocijan y se divierten, y se envían regalos los unos a los otros, porque estos dos profetas atormentaban a los que moran en la tierra (comp. la fiesta de Herodes, durante la cual Juan fue encarcelado y después decapitado: Mat. 14:3-12). El precio de la paz del mundo era la aniquilación de los testigos proféticos; Israel y el mundo pagano se unieron en su perverso regocijo por la destrucción de los profetas, cuyo fiel doble testimonio había atormentado a los desobedientes con la convicción de pecado, llevándoles a suicidarse (comp. Gen. 4:3-8; 1 Jn 3:11-12; Acts 7:54-60). Los enemigos naturales se reconciliaron los unos con los otros a través de su participación conjunta en el asesinato de los profetas. Esto fue especialmente cierto en relación con el asesinato de Cristo: "Y se hicieron amigos Pilato y Herodes aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí" (Lk. 23:12). A la muerte de Cristo, toda clase de personas se regocijaron y se burlaron: los dirigentes, los sacerdotes, las facciones religiosas que competían entre sí, los soldados romanos, los siervos, los criminales; todos se unieron en la celebración de su muerte (comp. Mat. 27:27-31; 39-44; Mk. 15:29-32; Lk. 22:63-65; 23:8-12, 35-39); todos se pusieron del lado de la bestia contra el Cordero (Jn. 19:15).

v11-12 Después de tres días y medio, los testigos son resucitados: El aliento de vida de Dios entró en ellos en la Nueva Creación (comp. Gen. 2:7; Ez. 37:1-14; Jn. 20:22) y se levantaron sobre sus pies (comp. Acts 7:55), infundiendo terror y consternación a sus enemigos. Gran temor sobrevino a los que les contemplaban (comp. Acts 2:43; 5:5; 19:17; contrástese con Jn 7:13; 12:42; 19:38; 20:19), y con buena razón: Por medio de la resurrección de Cristo, la Iglesia y su testimonio se convirtieron en indetenibles. En unión con Cristo en su ascensión a la gloria (Eph. 2:6), subieron al cielo en la Nube, y sus enemigos les contemplaron. 15 Los testigos no sobrevivieron a las persecuciones; murieron. Pero, en la resurrección de Cristo, se levantaron en poder y en dominio que existía, no con ejército, ni con fuerza, sino por medio del Espíritu de Dios, el aliento mismo de vida de Dios. "No somos los señores de la historia y no controlamos sus consecuencias, pero tenemos la certeza de que hay un señor de la historia y de que él controla sus resultados. Necesitamos una interpretación teológica del desastre, una interpretación que reconozca que Dios actúa en sucesos como cautiverios, derrotas, y crucifixiones. La Biblia puede ser interpretada como una serie de triunfos de Dios disfrazados como desastres". 16

Juan traza aquí un importante paralelo que no debería ser pasado por alto, pues está cerca del corazón del significado del pasaje. La ascensión de los testigos se describe en el mismo lenguaje que el de la ascensión del mismo Juan:

Rev. 4:1 Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando conmigo, dijo: Sube acá...

Rev. 11:11-12 Después de tres días y medio ... oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá....

La historia de los dos testigos es, por lo tanto, la historia de la Iglesia que testifica, que ha recibido la orden divina de "subir acá" y ha ascendido con Cristo a la Nube en el cielo, al trono (Eph. 1:20-22; 2:6; Heb. 12:22-24): Ella ahora posee una autorización imperial para ejercer control sobre los confines de la tierra, disciplinar a las naciones a la obediencia de fe (Mat. 28:18-20; Rom. 1:5).

v13-14 Uno de los resultados de la ascensión de Cristo, como Él lo predijo, sería el restallido de la condena a muerte para el Israel apóstata, el estremecimiento del cielo y de la tierra. La Escritura conecta como un solo suceso teológico - el advenimiento - el nacimiento, la vida,, la muerte, la resurrección, y la ascensión de Jesús, el derramamiento de su Espíritu sobre la Iglesia en el año 30 d. C., y el derramamiento de su ira sobre Israel en el holocausto de los años 66-70 d. C.: Así, en ese día habrá un gran terremoto (comp. Rev. 6:12; Ez. 38:19-20; Hag. 2:6-7; Zac. 14:5; Mat. 27:51-53; Heb. 12:26-28). Porque el triunfo de Cristo significaba la derrota de sus enemigos, cayó la décima parte de la ciudad. En realidad, la ciudad entera de Jerusalén cayó en el año 70 d. C.; pero, como hemos visto, las trompetas-juicios todavía no alcanzaban el final definitivo de Jerusalén, sino que (aparentemente) sólo llegaban al primer sitio de Jerusalén, bajo Cestio. De conformidad con la naturaleza de la trompeta como alarma, el hecho de que Dios tomase un "diezmo" de Jerusalén durante el primer sitio era una advertencia para la ciudad.

Por razones claramente simbólicas, bíblicas, y teológicas, Juan nos dice que siete mil personas fueron muertas durante el terremoto. En definitiva, el terremoto en la tierra y en el cielo causado por el Nuevo Pacto mató a muchas más personas que siete mil. Pero el número representa la situación exactamente opuesta a la de los días de Elías. En 1 Reyes (1 Kings 19:18); Dios le dijo a Elías que en Israel quedarían 7.000 fieles al pacto. Aun entonces, era más probablemente un número simbólico, que indicaba plenitud (siete) multiplicado por muchos (mil). En otras palabras, Elías no debía desanimarse, porque no estaba solo. Los justos elegidos de Dios eran numerosos, y todos ellos estaban presentes y contabilizados. Sin embargo, por otro lado, estaban en minoría. Pero ahora, en el Nuevo Pacto, la situación se invierte. Los Elías de los últimos días, los fieles testigos de la Iglesia, no deben desanimarse cuando parezca que Dios está destruyendo a la totalidad de Israel, y que los fieles son pocos en número. Porque esta vez son los apóstatas, los adoradores de Baal, los que son "los siete mil en Israel". Las tornas se han vuelto. En el Antiguo Testamento, sólo "7000" son impíos. Son destruidos, y el resto - la gran mayoría - se convierten y se salvan: El resto se aterrorizaron y dieron gloria al Dios del cielo - lenguaje bíblico para indicar la conversión y la fe (comp. Josué 7:19; Is. 26:9; 42:12; Jer. 13:16; Mat. 5:16; Lk. 17:15-19; 18:43; 1 Pet. 2:12; Rev. 14:7; 15:4; 16:9; 19:7; 21:24). La tendencia en la era del Nuevo Pacto es juicio para salvación.

Juan cierra la sección de la sexta trompeta con estas palabras: El segundo ay pasó; he aquí el tercer ay viene pronto. Juan no nos dice explícitamente cuándo llega el tercer ay. Puesto que el primero y el segundo se refieren a las advertencias que Israel ha recibido en el ataque demoníaco a gran escala sobre la tierra (Rev. 9:1-12) y en la primera invasión de los romanos a las órdenes de Cestio (Rev. 9:13-21), es posible considerar el tercer ay como la caída de Jerusalén misma; seis ayes (en tres pares) se enumeran en rápida sucesión en 18:10, 16, 19. Sin embargo, está más de acuerdo con la estructura literaria de Juan ver al tercer ay como una consecuencia de la séptima trompeta (de la misma manera en que el primer y segundo ayes corresponden a la quinta y sexta trompetas: comp. Rev. 8:13; 9:12); el ay es declarado en Rev. 12:12, después de que Miguel derrota al dragón, y continúa hasta el fin del capítulo 14, mostrando la "gran ira" del dragón durante su dominio por "breve tiempo".

La séptima trompeta (11:15-19)

15 El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos.
16 Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios,
17 diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el que eres y aue eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder, y has reinado.
18 Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y de destruir a los que destruyen la tierra.
19 Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo.

v15 De confomidad con el modelo bíblico que une las ideas del sábado y la consumación, la trompeta del séptimo ángel anuncia que "el misterio de Dios" se ha cumplido y ha sido llevado a cabo (comp. Rev. 10:6-7). En este punto de la historia, el plan de Dios se hace evidente: Ha colocado a judíos y a gentiles en pie de igualdad en el Pacto. La destrucción del Israel apóstata y del templo reveló que Dios ha creado una nueva nación, un nuevo templo, como Jesús había profetizado a los dirigentes judíos: "Por tanto os digo que el reino de Dios os será quitado de vosotros, y será dado a gente que produzca los frutos de él" (Mat. 21:43). Más tarde, Jesús les dijo a sus discípulos cuál sería el efecto de la destrucción de Jerusalén: "Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo" (Mat. 24:30). Marcellus Kik explica: "El juicio sobre Jerusalén era la señal del hecho de que el Hijo del Hombre estaba reinando en el cielo. Este versículo se ha entendido mal, pues algunos han pensado que quiere decir 'una señal en el cielo'. Pero esto no es lo que dice el versículo: dice la señal del Hijo del Hombre en el cielo. La frase 'en el cielo' define la ubicación del Hijo del Hombre y no la de la señal. No aparecería una señal en los cielos, sino que la destrucción de Jerusalén habría de indicar el gobierno del Hijo del Hombre en el cielo". 17

Kik continúa: "El apóstol Pablo dice en el capítulo once de Romanos que la caída de los judíos fue una bendición para el resto del mundo. La catástrofe de Jerusalén realmente señaló el principio de un nuevo reino mundial, que marcaba la completa separación entre la Iglesia Cristiana y el judaísmo legalista. El sistema entero de adoración, tan estrechamente asociado con Jerusalén y con el templo, recibió, por decirlo así, un golpe de muerte de parte de Dios mismo. Ahora Dios había terminado con el Antiguo Pacto hecho en Sinaí: en pleno dominio estaba la señal del Nuevo Pacto". 18

Así, el Reino de Dios, el "Quinto Reino", profetizado en Daniel 2, se universaliza, como canta el coro celestial: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos. La disociación final entre el cristianismo y el judaísmo significa que el primero es ahora una religión mundial. Ahora el reino de Cristo inicia el proceso de abarcar y envolver a todos los reinos del mundo. La tierra será regenerada. Esto se hizo claro con la caída de Jerusalén, la señal de que Cristo había realmente ascendido a su trono celestial y gobernaba las naciones, derramando ira y tribulación sobre sus enemigos a solicitud de su Iglesia orante. Los ejércitos romanos que aniquilaron a Jerusalén, masacrando y esclavizando a sus habitantes, eran los ejércitos de Cristo (Dan. 9:26), que cumplían su palabra (Deut. 28:49-68).

En términos del calendario bíblico, la "séptima trompeta" era tocada el primero de Tishri, el día primero del mes séptimo en el año litúrgico, y el mes primero del año civil: Rosh Hashanah, el Día de las Trompetas. Ernest L. Martin ha señalado varios aspectos interesantes del Día de las Trompetas, que guardan relación directa con el significado de la séptima trompeta en Apocalipsis: "Antes del período del Éxodo en tiempos de Moisés, éste era el día en que aparentemente se iniciaba el año bíblico. Parece también que éste era el día en que a mucha gente se le avanzaba un año de su vida - sin importar en qué mes de cuál año habían nacido realmente. Nótese que el patriarca Noé cumplió 601 años 'en el mes primero [Tishri], el día primero del mes [que más tarde se llamó el Día de las Trompetas'] (Gen. 8:13). Ese era el mero día en que 'Noé quitó la cubierta del arca, y miró, y he aquí que la faz de la tierra estaba seca' (vers. Gen 8:13). Este no era solamente el cumpleaños oficial de Noé, sino que se convirtió en un nuevo nacimiento de la tierra también... Hasta el primer día de la creación mencionado en Genesis 1:1-5 podría calcularse a este mismo día... Puesto que el otoño aparentemente iniciaba todos los años bíblicos antes del Éxodo, y puesto que todas las frutas estaban en los árboles, listas para que las comieran Adán y Eva (Gen. 1:29; 2:9, 16-17), esto sugiere que... el primer día de la creación mencionado en Génesis fue también el primero de Tishri (por lo menos Moisés sin duda tenía el propósito de dar esta impresión). Esto significa que no sólo el cumpleaños de la nueva tierra en tiempos de Noé fue lo que más tarde se convirtió en el Día de las Trompetas, sino que también fue el día que introdujo la creación original de la tierra..."

"... La opinión de la mayoría de los ancianos judíos (que todavía domina los servicios de las sinagogas) era que el Día de las Trompetas era el día de recordación que conmemoraba el principio del mundo. Prevalecía la opinión autorizada de que el primero de Tishri era el primer día de Genesis 1:1-5. Vino a ser considerado el nacimiento del mundo (McClintock & Strong, Cyclopaedia, vol. X, p. 568). Era más que un aniversario de la creación física. 'El judaísmo considera el día de Año Nuevo, no sólo como el aniversario de la creación, sino - y de lo más importante - una renovación de ella. Es cuando el mundo renace' (Theodor H. Gaster, Festivals of the Jewish Year, p. 109)..."

"Cada uno de los meses judíos era introducido oficialmente mediante el sonido de trompetas (Num. 10:10). Puesto que el año de los festivales (en el que ocurrían todos los festivales) duraba siete meses, el último mes (Tishri) era el último mes en ser introducido por medio de trompetas. Ésta es una de las razones de que el día se llamase 'día de las trompetas'. La 'última trompeta' en la serie se tocaba siempre en este día - así que era el día de la trompeta final (Lev. 23:24; Num. 29:1)".

"Éste era el día exacto que muchos de los antiguos reyes y gobernantes de Judá contaban como el primero de su reinado... en realidad, era costumbre que la ceremonia final de la coronación de reyes fuera hacer sonar trompetas. Para Salomón: 'Y tocaréis trompeta, diciendo: ¡Viva el rey Salomón! (1 Kings 1:34). Para Jehú: 'Tocaron corneta, y dijeron: Jehú es rey' (2 Kings 9:13). En la entronización de Joás: 'Todo el pueblo del país se regocijaba, y tocaban las trompetas' (2 Kings 11:14)". 19

M. D. Goulder resume el significado de Rosh Hashana: "El Año Nuevo es el equivalente judío del Adviento cristiano: combina el gozo por el pensamiento de la venida final del reino de Dios, con la penitencia por el pensamiento del juicio que ese reino traerá. Está marcado por el sonido del Shofar (Lev. 23:24), para proclamar el día (keryxaie, Joel 2:15); y por tres bendiciones especiales, el Malkuyot, el Zikronot, y el Shofarot. Cada una de ellas comprende diez versículos de la Escritura: el primero sobre el reino de Dios, esperando su reino final (por ejemplo, Zac. 14:9); el segundo sobre el hecho de que Dios recuerde las obras de los hombres para juicio o recompensa, y el hecho de que Él recuerde su pacto; el tercero sobre el hacer sonar el Shofar, desde Sinaí hasta la última trompeta que reunirá la dispersión en Jerusalén". 20

Todo esto estaría naturalmente en las mentes de Juan y de su auditorio del siglo primero a la mención de la gran séptima trompeta. Ahora, él añade una nueva dimensión de simbolismo, mostrando el significado cristiano de Rosh Hashanah, al cual siempre había apuntado: El día de las trompetas es el comienzo del nuevo mundo, la nueva creación, el día de coronación del Rey de Reyes, cuando sea entronizado como Juez supremo sobre todo el mundo. De hecho, como veremos en el capítulo 12, el significado de Tishri 1 es considerado por Juan - teológicamente, si no "realmente" - como el cumpleaños de Cristo Jes&u uacute;s. Pues ahora, sin embargo, él lo presenta como el cumpleaños de la nueva creación, el fruto de la resurrección y la ascensión de Cristo y sus santos.

v16-18 A la declaración coral del señorío universal de Cristo y el triunfo mundial de su reino se unen los veinticuatro ancianos, que se sientan en sus tronos delante de Dios. (Nótese la referencia arquitectónica: La postura característica del gobernante/maestro en el Nuevo Testamento es la entronización; Jesús se puso de pie para leer las Escrituras, y se sentó para enseñar, Lk 4:16, 20). Estos ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron a Dios, diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso. El verbo equivalente a dar gracias es eucharisteo, usado a través de la historia cristiana para la comunión del cuerpo y la sangre del Señor: la Eucaristía. Este término adquiere su significado técnico muy temprano (comp. Didache 9-10), basado en su uso en los relatos de la cena del Señor en el Nuevo Testamento (Mat. 26:26-27; Mk. 14:22-23; Lk. 22:17, 19; 1 Cor. 11:24). Tendríamos que ser verdaderamente ciegos para no ver esto aquí. Porque Juan nos ha mostrado que el modelo para la acción redentora de Dios en la historia es el mismo que se representa cada día del Señor: La Iglesia, habiendo muerto y resucitado en Cristo (Rev 11:7-11), asciende al cielo en medio de juicios cósmicos a la orden divina (Rev 11:12-14). Rodeados por la hueste celestial que canta alabanzas (Rev. 11:15), los ancianos se postran delante de la majestad de Dios, proclamando: ¡Eucharistoumen! ¡Te damos gracias! (Rev 11:16-17).

Los ancianos continúan el servicio con una confesión de fe, alabando al Señor por la inauguración de su reino: Has tomado tu gran poder, y has reinado. Era Cristo en Señor el que estaba agitando las naciones del Imperio Romano para combatir contra Israel, porque Israel había perseguido y masacrado a sus santos. Así, se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y la Jerusalén apóstata y perseguidora sufre lo más recio de ambos; y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes. Esto sólo expresa con otras palabras la afirmación de Jesús a Jerusalén en su último discurso público: "Para que venga sobre vosotros toda la sangre justa que se ha derramado sobre la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la sangre de Zacarías, hijo de Berequías, a quien matásteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación". (Mat. 23:35-36). Los siervos de Dios, los profetas (términos equivalentes en Apocalipsis: véase Rev.1:1; 10:7; 16:6; 18:24; 19:2, 10; comp. Dan. 9:6, 10; Amos 3:7; Zac. 1:6) serían vindicados y recompensados en el juicio venidero - no el juicio final en el Día Postrero, sino más bien la vindicación y la venganza histórica de los santos martirizados, aquellos que habían sufrido a manos del impío Israel, como Jesús había predicho. 21 Justo antes de la caída de Israel, el apóstol Pablo había escrito de los judíos, que constantemente perseguían a los cristianos, que "vino sobre ellos la ira hasta el extremo" (1 Thes. 2:16). Ahora, el vistazo que Juan echa al futuro cercano muestra que, al caer la ira reprimida de Dios con todo su furor, la Iglesia se regocijó. Haciéndose eco del tema familiar de la expulsión de Edén, el cántico se cierra con la observación de que la destrucción de Israel sirvió para destruir a los que destruyen la tierra (comp. Lev. 18:24-30).

19 Aquí aparece resumido el significado teológico de la caída de Israel: Significaba que el templo de Dios en el cielo estaba abierto (Mat. 27:51; Eph. 2:19-22; Heb. 8:1-6; 9:8). El templo terrenal ha desaparecido, y ahora sólo queda el templo verdadero. El templo de Dios se revela en la iglesia; y ahora el arca de su pacto aparece en su templo, pues la presencia interior de Dios se manifiesta allí (Eph. 2:22). Técnicamente, un "santo" es alguien que tiene acceso al santuario, alguien con privilegios de santuario. En el Nuevo Pacto, todos somos santos; todos tenemos acceso al trono (Heb. 4:16; 10:19-25), habiendo ascendido en Cristo (definitivamente en su ascensión, progresivamente cada día del Señor en adoración). En el Antiguo Pacto, los Diez Mandamientos estaban "ocultos" en el santuario, y a nadie se le permitía entrar (aunque la revelación de Dios fue publicada provisionalmente por Moisés). Pero ahora, en el Nuevo Pacto, el misterio se ha publicado abiertamente, y el hombre tiene acceso en Cristo. Con el sonido de la séptima trompeta, la revelación es completa y definitiva; el misterio ya no es misterioso. Pablo encomendaba los santos de Roma "al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe" (Rom. 16:25-26).

Por esta razón, Juan se refiere a todos los fenómenos meteorológicos que habían estado asociados con la Nube de la revelación del Antiguo Pacto (comp. Ps. 18) en relación con la Iglesia: Hubo relámpagos y voces y truenos, un terremoto y una gran tormenta de granizo. En la Iglesia de Jesucristo, la puerta del cielo se ha abierto para nosotros. Nuestra santificación es por medio de la iglesia, a través de su ministerio y sus sacramentos, como escribió San Ireneo: "Recibimos nuestra fe de la iglesia y la conservamos a salvo; y es, por decirlo así, un precioso depósito guardado en un fino recipiente, por siempre renovando su vitalidad por medio del Espíritu de Dios, y haciendo que se renueve el recipiente en el que está guardado. Porque este don de Dios ha sido confiado a la Iglesia, como el aliento de vida al hombre creado, con el fin de que todos los miembros, recibiéndolo, vivan. Y en este punto se nos ha concedido nuestro medio de comunicación con Cristo, a saber, el Espíritu Santo, prenda de in,ortalidad, la fortaleza de nuestra fe, la escalera por la cual ascendemos a Dios. Porque el apóstol dice: 'A unos puso Dios en la Iglesia apóstoles, profetas, maestros' [1 Cor. 12:28] y todos los otros medios por los cuales obra el Espíritu, Pero no tienen parte en este Espíritu los que no participan de la actividad de la Iglesia... Porque donde está la Iglesia, allí está el Espíritu de Dios; y donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda clase de gracia. El Espíritu es verdad. Por lo tanto, los que no tienen parte en el Espíritu no son alimentados y no reciben vida del seno de su madre; ni disfrutan de la fuente chispeante que emana del cuerpo de Cristo". 22

Los primeros cristianos que primero leyeron el libro de Apocalipsis, especialmente los de antecedentes judíos, tenían que entender que la destrucción de Jerusalén no significaría el fin del pacto o del reino. La caída del antiguo Israel no era "el principio del fin". En vez de eso, era la señal de que el reino mundial de Cristo había comenzado realmente, de que su Señor gobernaba las naciones desde su trono celestial, y de que la conquista eventual de todas las naciones por los ejércitos de Cristo quedaba asegurada. Para estos creyentes humildes y sufrientes, la prometida era del gobierno del Mesías había llegado. Y lo que ellos estaban a punto de observar como testigos en la caída de Israel era el fin del principio.

 

Notas:

1. R. J. McKelvey, "Temple", en J. D. Douglas, ed., The New Bible Dictionary (William B. Eerdmans Publishing Co., [1962] 1965, p. 1249.

2. James B. Jordan, "Rebellion, Tyranny, and Dominion in the Book of Genesis", in Gary North. ed., Tactics of Christian Resistance, Christianity and Civilization No. 3 (Tyler, TX: Geneva Ministries, 1983), p. 42.

3. Por ejemplo, a Daniel se le dijo: "Desde el tiempo en que sea quitado el continuo sacrificio hasta la abominación desoladora, habrá mil doscientos noventa días. Bienaventurado el que espere, y llegue a mil trescientos treinta y cinco días" (Dan. 12:11-12). Estos números están basados en el período de 430 años de opresión en Egipto (Ex. 12:40) y los 45 años desde la esclavitud hasta la conquista de la tierra (Josué 14:6-10); los símbolos indican que el próximo período de opresión, en comparación con el de Egipto, será breve (días en comparación con años), pero tres veces más intenso (3 x 430= 1.290=. Los que perseveren en fe, sin embargo, alcanzarán el día número 1.335 de victoria y dominio.

4. Mateo probablemente decidió dividir la genealogía en tres grupos de catorce para resaltar el nombre de David, que tiene un valor numérico de 14 en hebreo. David es la figura central en la genealogía de Cristo, y Cristo es presentado a través de las Escrituras como el David mayor (comp. Acts 2:25-36). Para llegar a este arreglo simétrico, sin embargo, Mateo deja fuera tres generaciones entre Joram y Uzías en el v. 8 (Ocozías, Joás, y Amasías; comp. 2 Ki. 8:25; 11:21; 14:1), y cuenta a Jeconías dos veces en los vers. 11-12. Ahora, Mateo no era estúpido: Sabía sumar correctamente (¡había sido colector de impuestos!); además, sabía que las genealogías verdaderas estaban a disposición de sus lectores. Pero escribió su evangelio para proporcionar una cristología, no una cronología. Su lista está escrita para exponer la "cualidad de catorce" de Cristo mismo, revelando al Salvador como "el hijo de David, el hijo de Abraham" (1:1).

5. Es interesante notar que el sitio de Jerusalén por parte de los generales romanos Vespasiano y Tito en realidad duró tres años y medio literales, desde el año 67 al año 70. Pero el punto principal del término es su significado simbólico, que está basado en su uso por los profetas. Como en muchos otros casos, Dios obviamente causó los sucesos históricos de un modo que armoniza con el simbolismo bíblico del cual Él es el autor.

6. Para algunos aspectos interesantes del número 1.260 y su relación con el número de la Bestia (666), véase los comentarios sobre 13:18.

7. La doctrina cristiana de la deificación (comp. Ps. 82:6; Jn 10:34-36; Rom. 8:29-30; Eph. 4:13, 24; Heb. 2:10-13; 12:9-10; 2 Pet. 1:4; 1 Jn. 3:2) se conoce generalmente en las iglesias occidentales por los términos santificación y glorificación, que se refieren a la manera plena en que el hombre ha heredado la imagen de Dios. Esta doctrina (que no tiene absolutamente nada en común con las teorías realistas paganas de la continuidad del ser, las ideas humanistas sobre la "chispa de la divinidad", ni las fábulas politeístas de los mormones en relación con la evolución humana hacia la deidad) es universal a través de los escritos de los Padres de la Iglesia; véase, por ejemplo, de Georgios I. Mantzaridis, The Deification of Man: St. Gregory Palamas and the Orthodox Tradition, Liadain Sehrrard, trad. (Crestwood, NY: St. Vladimir´s Seminary Press, 1984). San Atanasio escribió: "El Verbo no es de cosas creadas, sino más bien es Él mismo el creador. Así pues, por lo tanto, Él tomó la forma de un cuerpo humano creado para que, habiéndolo renovado como su Creador, pudiera deificarlo en Sí mismo, y así traernos a todos al reino de los cielos por medio de nuestra semejanza con Él. Porque el hombre no habría sido deificado si hubiese estado unido a una criatura, o a menos que el Hijo fuese Dios mismo; ni habría sido traído el hombre a la presencia del Padre, a menos que Él hubiese sido su natural y verdadero Verbo que se había vestido de un cuerpo. Y como nosotros no habríamos sido librados del pecado y de la maldición si la carne cuya forma tomó el Verbo hubiese sido humana por naturaleza (porque no habríamos tenido nada en común con lo que es extraño a nosotros); así también la humanidad no habría sido deificada si el Verbo que se hizo carne no se hubiese por naturaleza derivado del Padre y esto no hubiese sido correcto y verdadero en cuanto a Él. Porque, por lo tanto, la unión era de esta clase, para que Él pudiese unir, lo que es hombre por naturaleza, con Él, que por naturaleza pertenecía a la Deidad, para que su salvación y deificación pudieran ser seguras" (Orations Against Arianism, ii.70). Él lo puso más suscintamente en una famosa declaración de su obra clásica On the Incarnation of the Word of God (54): "El Verbo fue hecho carne para que nosotros pudiésemos ser dioses".

8. Representando la imagen restaurada de Dios, los sacerdotes se vestían de vegetales (lino) más bien que de animales (lana); se les prohibía usar pieles de bestias, porque producían sudor (Eze. 44:17-18; comp. Gén. 3:19). Sobre "divinidad judicial" y la vestimenta de pieles de Adán y Eva, véase, de James B. Jordan, "Rebellion, Tyranny, and Dominion in the Book of Genesis", en el cd. de Gary North, Christianity and Civilization 3 (1983): Tactics of Christian Resistance, pp. 43-47.

9. Comp. Prov. 6:6; 26:11; 30:15, 19, 24-31; Dan. 5:21; Ex. 13:2, 13.

10. James B. Jordan, The Law of the Covenant: An Exposition of Exodus 21-23 (Tyler, TX: Institute for Christian Economics, 1984), p. 122.

11. Estrechamente relacionada con la doctrina bíblica de la Bestia está la "teología de los dinosaurios" de la Biblia; para ésta, véanse mis comentarios sobre 12:3.

12. Véase más arriba sobre 9:1-6.

13. El intento de la Bestia de borrar el testimonio de los testigos de Dios eventualmente condujo a su ataque contra la tierra de Israel, la patria de la Iglesia; Tito supuso que podía destruir al cristianismo destruyendo el templo en el año 70 d. C. (véase sobre 17:14). El motivo religioso central tras la guerra de Roma contra los judíos era su odio, profundamente arraigado, contra la Iglesia Cristiana.

14. La evidencia es demasiado extensa para repetirla aquí, pero véase, de Meredith G. Kline, The Structure of Biblical Authority (Eerdmans, 2do. cd., 1975), pp. 183-95; véase también, de Robert D. Brinsmead, The Pattern of Redemptive History (Fallbrook, CA: Verdict Publications, 1979), pp. 23-33.

15. Esto guarda cierta similitud con la experiencia de Elías, siendo la mayor diferencia que fue su amigo - no sus enemigos - el que vio su ascensión (2 Reyes 2:9-14).

16. Herbert Schlossberg, Idols for Destruction: Christian Faith and Its Confrontation With American Society (Nashville: Thomas Nelson Publishers, 1983), p. 304.

17. Marcellus Kik, An Eschatology of Victory (Nutley, NJ: The Presbyterian and Reformed Publishing Co., 1971), p. 137. La traducción común en las versiones modernas de la Biblia ("entonces aparecerá en el cielo la señal del Hijo del Hombre") refleja simplemente los prejuicios no bíblicos de unos pocos traductores y editores. La traducción más literal en la King James Version es la que el texto griego dice. Comp. la discusión en Paradise Restored: A Biblical Theology of Dominion (Ft. Worth, TX: Dominion Press, 1985), pp. 97-105.

18. Ibid., p. 138.

19. Ernest L. Martin, The Birth of Christ Recalculated (Pasadena: Foundation for Biblical Research, segundo cd., 1980), pp. 155ss.

20. M. D. Goulder, The Evangelists' Calendar: A Lectionary Explanation of the Development of Scripture (London: SPCK, 1978), pp. 245s.

21. Cuando se usa en relación con el pueblo de Dios, la palabra juicio significa por lo general reivindicación y venganza en nombre de él (véase 1 Sam. 24:15; 2 Sam. 18:19, 31; Ps. 10:18; 26:1; 43:1; Is. 1:17; Heb. 10:30-39).

22. St. Irenaeus, Against Heresies, iii.xxiv.1; traducido por Henry Bettenson, ed., The Early Christian Fathers (Oxford: Oxford University Press, 1956, 1969), p. 83. 

 

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