Articulo 06 - LA PROVIDENCIA DIVINA

Artículo 6  -  LA PROVIDENCIA DIVINA  

La providencia de Dios lo rige todo.  

 

Creemos que por la providencia del Dios omnisciente, eterno y todopoderoso todo cuanto hay en los cielos y en la tierra es mantenido y guiado. Porque David testimonia y dice: «El Señor está  por encima de todos los pueblos, y su gloria sobre los  cielos.  ¿Quién puede igualarse a Dios, nuestro Dios, en los cielos y en la tierra? Es El quien tiene su trono en las alturas y El es quien ve en lo profundo...» (Salmo Ps. 113:4-6) El mismo David dice: «...tú conoces todos mis caminos. Y no hay palabra en mi boca que no sepas, oh. Dios, antes» (Salmo Ps. 139:3 y 4). También Pablo dice y testimonia: «En El vivimos, nos movemos y somos» (Hech. Acts 17:28). Y dice también:  «De El y por El y para El son todas las cosas» (Rom. 11:36). Justamente por esto manifiesta Agustín, conforme a las Sagradas Escrituras, en el libro «La lucha del cristiano» (capítulo 8): «Ha dicho el Señor: ¿No se venden dos gorriones por pocos céntimos? Y, sin embargo, ni un solo gorrión caerá al suelo sin la voluntad de Dios» (Mat. 10:29). Con estas palabras Agustín quería decir que la omnipotencia  divina  impera  incluso  sobre aquello que a los hombres les parece insignificante.

 

  La verdad misma dice que Dios alimenta a los pájaros que vuelan bajo el cielo y reviste a los lirios del campo. Y la  misma verdad  testimonia  que  están contados todos los cabellos de nuestra cabeza (Mat. 6:26 y 28. Mat. 10:30), etcétera.

 

Los epicúreos.

 

Por eso desechamos la opinión de los epicúreos, que niegan la providencia divina, e igualmente la opinión de quienes blasfemando afirman que Dios únicamente se mueve en celestiales regiones sin poder ver lo que nos atañe y, por consiguiente, sin cuidarse de nosotros. Ya el regio profeta David ha condenado a gente que tal piensa y ha dicho: «¿Hasta cuándo. Señor, pueden clamar triunfo estos ateos? Piensan que el Señor no ve lo que acontece, el Dios de Israel no lo ve. Pero, atención, necios entre el pueblo; necios que necesitáis de inteligencia. Quien os ha dado el oído, ¿no os oirá? Quien os ha dado el ojo, ¿no os verá (Salmo Ps. 94:3 y 7, 8, 9).

 

No hay que menospreciar los medios de la providencia.

 

Realmente, no despreciamos los medios de los que la providencia se vale; pero enseñamos  que hemos de acomodarnos a ellos siempre y cuando nos sean recomendados  por la Palabra de Dios. De aquí que desaprobemos las palabras ligeras de la gente que dice: Si todo depende de la providencia divina, nuestras aspiraciones y esfuerzos resultan vanos y basta con que  todo lo confiemos a la providencia divina, y no tenemos motivo de preocuparnos ni de hacer nada.

 

Recordando que Pablo reconoce ir a Roma por la providencia divina, pues la Palabra le dijo: «También en Roma darás testimonio» (Hech. Acts 23:11), y otrosí:  «Nadie de vosotros perecerá» (Hech. Acts 27:22) y, además: «...Que ni aun cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá» (Hech. Acts 27:31); recordando todo esto, recordemos igualmente cómo Pablo, en vista de que los marinos pretenden huir, dice al capitán: «Si éstos no siguen en la nave nadie quedará con vida» (Hech. Acts 27:31).

 

  Y es que Dios es quien todo lo determina, marca los comienzos y los medios para llegar al objetivo propuesto. Los paganos confían las cosas al destino ciego y a la indecisa casualidad.

 

  Por su parte, el apóstol Santiago no quiere que digamos: «Hoy o mañana iremos a esta o aquella ciudad», sino que añade: «...En vez de esto, deberíais decir:  "Si Dios quiere y vivimos, haremos esto o aquello"» (Sant. Jas. 4:13).

 

Y Agustín dice:  Todo lo que gente superficial supone que las cosas acontecen por casualidad confirma en realidad que todo sucede conforme a la palabra de Dios y nada acontece sin el mandato divino (Interpretación del Salmo 148).

 

Por ejemplo:  Parece pura casualidad que, buscando las burras de su padre, Saúl se encontrase con el profeta Samuel. Pero el Señor ya había anunciado antes al profeta: «Mañana a tal y hal hora te enviaré un hombre del país de Benjamín.. » (1 Sam. 9:16).

  

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