Articulo 05 - ADORACIÓN, VENERACIÓN E INVOCACIÓN DE DIOS POR EL ÚNICO MEDIADOR JESUCRISTO

Articulo 5

ADORACIÓN, VENERACIÓN E INVOCACIÓN DE DIOS POR EL ÚNICO MEDIADOR JESUCRISTO

   

Solamente a Dios se debe adorar y venerar.

 

Enseñamos que únicamente ha de ser adorado y venerado el Dios verdadero. Conforme al mandato del Señor no damos honra y gloria a ningún otro: «Adorarás al Señor, tu Dios, y sólo a él le servirás.» (Mat. 4:10) Todos los profetas reprendieron muy seriamente al pueblo de Israel cuando adoraba y veneraba a dioses extraños en vez de adorar y venerar a Dios, según él mismo nos ha enseñado a servirle en espíritu y verdad (Jn 4:23 y 24), o sea, no de manera supersticiosa, sino con sinceridad, conforme a su palabra, y para que él no tenga que decirnos más tarde: ¿Quién os ha exigido otra cosa? (Is. 66:1 y sgs; Jer. 7:22). También el apóstol Pablo dice: «Dios no es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él da a todos vida y respiración y todas las cosas.» (Hech. Acts 17:25). A ese Dios invocamos en todas las decisiones y variaciones de nuestra vida, y, ciertamente, lo hacemos por mediación de nuestro único Mediador e intercesor Jesucristo.

 

Se debe invocar a Dios por el único Mediador: Cristo.

 

Concretamente se nos ha ordenado: «Invócame en el día de la angustia, y yo te salvaré y tú me alabarás.» (Salmo Ps. 50:15) Pero nuestro Señor nos ha dado muy benévolamente la promesa: «Si algo suplicáis a mi Padre, os lo dará; porque invocáis mi nombre.» (Jn. 16:23). Y también: «Venid a mí todos los que estáis atribulados y cargados, y yo os haré descansar.» (Mat. 11:28) Y si está escrito: «¿Cómo van a invocar a Aquél en el cual no han creído?» (Rom. 10:14); entonces creemos únicamente en Dios y a él sólo invocamos, pero mediante Cristo. Dice el apóstol: «Hay sólo un Dios y hay un sólo mediador entre Dios y los hombres: el hombre Jesucristo.» (1 Tim. 2:5) Y, además: «Si alguien peca, tenemos un intercesor junto al Padre: Jesucristo, el Justo (1 Jn. 2:1)

 

No hay que adorar a los «Santos», ni venerarlos, ni invocarlos.

 

Por eso no adoramos a los santos celestiales o divinos, ni los veneramos a lo divino, ni los invocamos, ni los reconocemos como intercesores y mediadores entre nosotros y el Padre que está en los cielos.  A nosotros nos basta con Dios y el Mediador Cristo, y la honra, honor y gloria que rendimos a Dios y a su Hijo, como es debido, a nadie más los daremos; pues Dios ha dicho expresamente: «...no quiero dar a otro mi gloria...» (Is. 42:8) Y Pedro dice: «...no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres por el cual seremos salvados...» (Hech. 4:12) Quienes por la fe han hallado paz en ese nombre, solamente se atienen a Cristo.

 

Hasta qué punto debemos honrar a los «Santos».

 

  Conste que en modo alguno despreciamos a los llamados «Santos» ni los consideramos en poco. Reconocemos que son miembros vivos del cuerpo de Cristo, amigos de Dios, y que han vencido la carne y el mundo. Por eso los amamos como hermanos y también les honramos, pero no en el sentido de veneración divina, sino considerándolos dignos de honorífica estimación y merecedores de alabanza. Al mismo tiempo, seguimos su ejemplo. Y es que deseamos ansiosamente y con oración, como seguidores de su fe y sus virtudes, compartir un día con ellos la salvación, con ellos morar eternamente con Dios y con ellos gozarnos en Cristo. A este respecto aprobamos también las palabras de San Agustín escritas en su libro «La verdadera religión», cuando dice: «Nuestra fe no consiste en la veneración de los que murieron.»

 

  Si  vivieron piadosamente,  consideramos que ellos no tienen la pretensión de excelsa veneración, sino que desean que cada uno de nosotros sea venerado y se gozan de que, gracias a la iluminación divina, compartamos sus méritos. Y por eso son venerables; por eso, porque son dignos de imitación. Pero no hay que adorarlos en sentido religioso.

 

Reliquias de los «Santos».

 

Mucho menos creemos en la adoración o veneración de las reliquias de los «santos». Aquellos antiguos santos, o sea, cristianos, pensaban honrar bastante a sus muertos enterrándolos, una vez que su espíritu había ascendido a los cielos.

 

Solamente jurar en nombre de Dios.

 

Y como la mejor herencia de los finados consideraban sus virtudes, su doctrina y su fe. Y en su tiempo, al alabar a los difuntos, se esforzaron por ser como ellos. Aquellos antiguos cristianos juraron solamente en nombre del Dios Jehová, conforme a la Ley divina. Y del mismo modo que ésta prohibe jurar en nombre de otros dioses (Deut. 10:20; Ex. 23:13), nosotros no juramos lo que se exige con respecto a los «llamados» santos. De aquí que condenemos cualquier doctrina que honra a los santos celestiales demasiado.

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