Articulo 23 - ORACIONES, CÁNTICOS Y LOS SIETE TIEMPOS DE ORACIÓN (LAS HORAS CANÓNICAS)

Artículo 23 ORACIONES, CÁNTICOS Y LOS SIETE TIEMPOS DE ORACIÓN (LAS HORAS CANÓNICAS)

 El lenguaje del pueblo.

Es cosa permitida, naturalmente, que cada cual ore por su cuenta en cualquier lenguaje que comprenda; pero las oraciones públicas en el culto han de ser pronunciadas en el idioma corriente y comprensible para todos.

 La oración.

Toda oración de los creyentes será dirigida por fe y amor y mediante Cristo solamente a Dios. Invocar a los santos del cielo o solicitar su intercesión, es cosa que prohíben el sacerdocio del Señor Jesucristo y la verdadera fe.

No puede faltar la oración intercesora por las autoridades, «por los reyes y todos los que están revestidos de autoridad»; por los servidores o ministros de a Iglesia y por todas las necesidades de las iglesias. En caso de que sobrevéngan pruebas difíciles, sobre todo para la Iglesia, se debe orar incesantemente tanto en el hogar como públicamente.

 Libertad en las oraciones.

La oración ha de ser voluntaria, no obligada, ni por dinero. Tampoco es tolerable que la oración esté sujeta supersticiosamente a un lugar determinado, como si no se pudiera orar también fuera de la iglesia. Igualmente resulta innecesario que las oraciones públicas hayan de ser las mismas en todas las iglesias y realizadas al mismo tiempo, es decir, a la misma hora. Hagan las iglesias uso de esta libertad que tienen para orar.

Sócrates dice en su libro de la Historia de la Iglesia: «No es posible hallar en ningún lugar dos comunidades que coincidan exactamente en el modo de la oración.» Creo que los promotores de esa diferencia fueron en su tiempo los pastores de las diversas comunidades cristianas. Nos parece, sin embargo, muy recomendable y digno de imitación que reine unanimidad en las oraciones.

 Forma y modo de la oración pública.

También conviene con respecto a las oraciones públicas, como en cualquier otra cosa, guardar la debida mesura, evitando sean demasiado largas a fin de que no se hagan pesadas. Por eso en el culto debe emplearse la mayor parte del tiempo a la exposición del evangelio y guardarse de que los fieles sientan fatiga a causa de oraciones demasiado largas; porque resulta que cuando llega el momento de oír la predicación del evangelio, la gente, ya cansada, o desea abandonar la reunión o, por fatiga, anhela que el culto concluya cuanto antes. Además, les parece el sermón demasiado largo, aunque sea, realmente, breve. También conviene a los predicadores no extenderse demasiado, o sea, guardar la debida mesura.

 El cántico en el culto.

En cuanto a los himnos y cánticos, donde sea usual entonarlos, guárdese, igualmente, prudente medida.

 El Canto Gregoriano —así denominado—cúltico presenta muchos inconvenientes, y por eso, con razón, ha sido eliminado por nuestras iglesias y también por otras muchas. Nada hay que reprochar a aquellas iglesias que cuidan de la oración creyente y debidamente ordenada, pero que no tienen la costumbre de cantar. Y es que no todas las iglesias están preparadas para el cántico. Indiquemos, sin embargo, que según los testimonios de la Iglesia primitiva el cántico, de uso antiquísimo en las iglesias de Oriente fue, más tarde, también usado en las iglesias de Occidente.

 Las siete Horas de oración.

Las «Horas canónicas» —los siete diversos momentos de oración—, o sea, las horas determinadas que los papistas cantan o leen, jamás fueron conocidas en la antigua Iglesia. Y esto podemos demostrarlo por las mismas Horas y también con otras razones. Dichas «Horas» contienen muchas cosas de mal gusto (por no decirlo más crudamente), y por esta causa han prescindido de ellas, con razón, las iglesias y en su lugar han introducido lo que es provechoso y saludable a toda la Iglesia de Dios.


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