Articulo 19 - LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA DE CRISTO

Artículo 19 LOS SACRAMENTOS DE LA IGLESIA DE CRISTO

 Los sacramentos van unidos a la Palabra de Dios.

Ya desde un principio Dios unió en su Iglesia la predicación de la Palabra a los sacramentos o símbolos sacros del pacto. Esto es lo que testimonia claramente toda la Sagrada Escritura.

 ¿Qué son sacramentos?

Pero los sacramentos son símbolos mistéricos o usos sacros o actos consagrados, que Dios mismo ha instituido y que consisten en su Palabra, en símbolos y cosas simbólicas, por las cuales él quiere mantener y renovar en la Iglesia la memoria de los sublimes beneficios que él ha aportado al hombre. Mediante la predicación y los sacramentos ha sellado él, además, sus promesas y manifestado externamente lo que él otorga interiormente; con ello lo hace visible y de este modo fortalece y aumenta la fe en nuestro corazón en virtud del Espíritu Santo. Por los sacramentos nos separa, finalmente, de los demás pueblos y religiones y nos santifica y nos compromete solamente con él, a la vez que nos muestra lo que él de nosotros exige.

Sacramentos del antiguo y del nuevo Pacto.

Por un lado, hay sacramentos del antiguo pacto y, por otro lado, hay sacramentos del nuevo pueblo de Dios. Los sacramentos del antiguo pueblo del pacto eran la circuncisión y el cordero de Pascua sacrificado y que, por eso, es contado entre los sacrificios que eran presentados a Dios desde los comienzos del mundo.

 ¿Cuántos son los sacramentos neotestamentarios?

Los sacramentos del nuevo pueblo del pacto son el Bautismo y la Cena del Señor.

Hay quienes reconocen siete sacramentos en el pueblo del pacto. De entre ellos nosotros reconocemos la Penitencia, la Ordenación de los servidores (pero, desde luego, no la papal, sino la apostólica) y el Matrimonio como beneficiosa ordenanza de Dios, pero no como sacramentos. La Confirmación y la Extremaunción son inventos humanos, de los cuales puede prescindir la Iglesia sin ningún perjuicio. Por eso no las hay en nuestras iglesias. Pues están acompañadas de elementos que en modo alguno podemos admitir. Por ejemplo: Aborrecemos el pequeño negocio que los romanistas hacen en la administración de los sacramentos.

 El instituidor de los sacramentos.

Porque no ha sido un hombre cualquiera quien los ha instituido, sino que ha sido solamente Dios. Los hombres no pueden instituir sacramentos, ya que éstos pertenecen al culto. Pero los hombres no tienen derecho a disponer de la forma e institución del Culto, sino que han de aceptar lo instituido por Dios y atenerse a ello. Además, van unidas a los sacramentos promesas, que exigen tener fe; y la fe se apoya únicamente en la palabra de Dios. Podemos considerar la palabra de Dios. como una especie de documento o carta, pero los sacramentos hemos de considerarlos como sellos que únicamente Dios pone .

 Cristo actúa hasta hoy en los sacramentos

Como instituidor de los sacramentos, Dios actúa constantemente en la Iglesia en la que los sacramentos son administrados debidamente, de modo que los creyentes los reciben de los servidores reconociendo que Dios obra en la institución sacramental. De la mano misma de Dios reciben, pues, los creyentes los sacramentos sin que pueda perjudicarles la imperfección personal del servidor (por grande que ella sea).

 Es necesario diferenciar entre el instituidor de los sacramentos y quienes los administran.

Y es que los creyentes saben que la perfección de los sacramentos solamente depende de su institución por el Señor. Por eso, precisamente, en la administración de los sacramentos distinguen entre el Señor mismo y el servidor del Señor, en tanto reconocen y confiesan, que la propia sustancia de los sacramentos es el don del Señor, mientras que los servidores no hacen sino ofrecer los símbolos o signos.

Contenido o cosa principal de los sacramentos.

Lo principal que en todos los sacramentos es por Dios ofrecido y esperado por los piadosos de todos los tiempos (algunos lo llaman «la sustancia» y otros «la especie» de los sacramentos) es el Salvador Jesucristo, el único sacrificio, el único cordero de Dios, degollado antes de la fundación del mundo, la única roca de la que todos nuestros antepasados bebieron, el único por el cual todos los elegidos están circuncidados con la circuncisión no realizada por manos de hombre, sino por el Espíritu Santo, por el cual son lavados y limpiados de sus pecados y alimentados para vida eterna con el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo.

 Semejanza y diferencia entre los sacramentos del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento.

Teniendo en cuenta lo principal de los sacramentos y su verdadera sustancia o carácter, los sacramentos de ambos pueblos del pacto son iguales. Pues el único Mediador y Salvador, Cristo, es en ambos casos lo principal y la propia sustancia de los sacramentos. Y es que hay un Dios, que en ambos casos los ha instituido. En uno y otro caso los sacramentos han sido donados como señal y prendas de la gracia y las promesas divinas, que hacen recordar y renuevan los inapreciables beneficios de Dios, a fin de que mediante los mismos los creyentes fuesen apartados de todas las demás religiones del mundo. Los creyentes han de recibirlos espiritualmente, y quienes los reciben deben permanecer unidos a la Iglesia y recordar sus obligaciones de creyentes. En esto y semejantes cosas no se diferencian los sacramentos de ambos pueblos del pacto, mientras que, ciertamente, se diferencian en los símbolos o signos.

De todas maneras hemos de señalar a este respecto una profunda diferencia: Nuestros sacramentos son de más firme permanencia y duran mucho más tiempo y no cambiarán jamás hasta el final del mundo, ya que testimonian que la sustancia y la promesa de los sacramentos han sido cumplidas exhaustivamente en Cristo, mientras que los sacramentos del antiguo pacto solamente significaban que serían cumplidos. También por esta razón son nuestros sacramentos más sencillos, exigen menos esfuerzo y complicado proceso y no están sobrecargados de ceremonias. Además, se extienden sobre un pueblo mucho mayor, que está esparcido por todo el mundo; y como son más excelentes y mediante el Espíritu Santo influyen en la fe, acrecentándola, la consecuencia es una mayor plenitud del espíritu.

 Abolidos los antiguos sacramentos, a ellos siguen nuestros sacramentos.

Dado que no ha sido donado el verdadero Mesías, Cristo, y la plenitud de la gracia se ha derramado sobre el pueblo del nuevo pacto, los sacramentos del antiguo pueblo de Dios han perdido validez, han sido abolidos y en su lugar han sido introducidos los signos del nuevo pacto: El Bautismo en lugar de la circunscisión y el sacrificio de la Santa Cena en lugar del cordero de Pascua.

 En qué consisten los sacramentos.

Mas así como en otros tiempos los sacramentos se componían de la palabra, el símbolo y la cosa designada, ahora se agotan en las mismas «partes», por así decirlo.

 La consagración de los sacramentos.

Pues por la palabra de Dios se hace sacramento lo que antes no era sacramento. Por la palabra son los sacramentos consagrados y santificados por Aquél que los ha instituido. Santificar y consagrar significa dedicar a Dios algo para uso santo, o sea, destinarlo a un uso santo, luego de haberlo apartado del uso corriente y mundano. Los signos o símbolos de los sacramentos han sido tomados del uso corriente, es decir, son cosas externas y visibles. Pues en el bautismo el agua es el símbolo y el lavatorio que realiza el servidor..

Pero la cosa designada es el «nuevo nacimiento» o lavatorio de los pecados. En la Santa Cena del Señor, los símbolos son el pan y el vino, o sea, el uso del alimento y la bebida inspirado en la vida cotidiana. Pero la cosa designada es el cuerpo mismo del Señor, cuerpo entregado, y su sangre por nosotros derramada, o sea, la comunión con el cuerpo y la sangre del Señor.

El agua, el pan y el vino son, conforme a su naturaleza y aparte de la institución divina y su uso sacral, siempre lo que a su nombre corresponde y a lo que nosotros sentimos en general. Pero cuando se añade a ellos la palabra del Señor, invocando el nombre de Dios y repitiendo la primera institución y primera consagración, dichos símbolos o signos son sacrales y demostración de que Cristo los ha santificado. Porque en la Iglesia de Dios, actúa eficazmente la primera institución y consagración de los sacramentos, de modo que quienes los celebran tal como el Señor los instituyó desde el principio también gozan de aquella primera consagración.

Por eso, al celebrar los sacramentos, se pronuncian las propias palabras del Señor. Dado que de la palabra de Dios aprendemos que los mencionados símbolos han sido instituidos por el Señor con otro fin que el corriente, enseñamos que tales símbolos ahora, usados sacramente, no pierden el nombre;

 Los símbolos reciben de la cosa misma.

pero ya no se trata de agua o pan o vino, aunque así digamos, sino que se trata del «nuevo nacimiento» o «baño de la renovación» e igualmente del cuerpo y la sangre del Señor, o de símbolos o sacramentos del cuerpo y la sangre del Señor.

Pero no es que los símbolos o signos se transformen en las cosas designadas sacramentalmente o que dejaran de ser lo que por naturaleza son; pues en este caso no serían sacramentos: Y si ocuparan el lugar de la cosa designada tampoco serían símbolos o signos.

Símbolo y cosa entrelazados y unidos en el acto sacral.

Por el contrario, los símbolos aceptan el nombre de las cosas porque son símbolos y signos mistéricos de las cosas sacrales y porque los símbolos y las cosas designadas se entrelazan en la acción sacral, se unen y entrelazan por su significado mistérico y a voluntad o designio de Aquel que ha instituido los sacramentos. Y es que agua, pan y vino no son signos o símbolos corrientes, sino símbolos sacramentales. El que instituyó el bautismo de agua no lo hizo con la mera intención y con la idea de que los creyentes fuesen rociados solamente con agua; y quien ordenó emplear en la Santa Cena comer pan y beber vino, no quería que los creyentes recibiesen simplemente pan y vino, sin más misterio, o, digamos, como se come pan en casa, si no quería que de manera espiritual participasen de las cosas designadas y, verdaderamente, por fe fuesen lavados de sus pecados y tomasen parte en Cristo.

 Sectas.

Desaprobamos, por consiguiente, la opinión de quienes atribuyen la sacralidad de los sacramentos a cualidades especiales o a las palabras y la virtud de las mismas pronunciadas por un sacerdote consagrado o a su intención de consagrar o a otras circunstancias casuales que no hemos recibido como tradición ni del Señor Jesucristo ni de los apóstoles. Tampoco estamos de acuerdo con aquellos que en su doctrina se refieren a los sacramentos como a cosas corrientes y no como símbolos sacros y eficaces.

 Los sacramentos no son eficaces automáticamente

En desacuerdo estamos igualmente con quienes a causa de lo invisible desprecian lo visible en los sacramentos y tienen por superfluos los símbolos, pensando que ya gozan de la cosa, como, al parecer, enseñaban los mesalianos. No aprobamos tampoco la doctrina, conforme a la cual la gracia y las cosas designadas están tan unidas a los símbolos y en ellos incluidas que todo aquel (sea quien fuese) que participa externamente de los sacramentos también participa interiormente de la gracia y de las cosas designadas.

Así como no tasamos la perfección de los sacramentos por la dignidad o indignidad de quienes los administran, tampoco la tasamos conforme a la actitud de quienes los reciben. Y es que reconocemos que dicha perfección de los sacramentos depende de la fidelidad o la veracidad y de la sola bondad e Dios.

Del mismo modo en que la palabra de Dios verdadera palabra de Dios queda y en virtud de ello, al predicar, no se trata simplemente de palabras hueras, sino que las cosas por Dios designadas o pronunciadas son ofrecidas (aunque los impíos e incrédulos que oyen y entienden las palabras no gozan de las cosas designadas, dado que no las aceptan con fe); del mismo modo, decimos, los sacramentos permanecen invariables en virtud de la palabra, el símbolo y las cosas designadas; permanecen verdaderos sacramentos, perfectos sacramentos, que no solamente significan cosas sacras, sino que por el ofrecimiento de Dios son realmente las cosas designadas, aunque, repetimos, los incrédulos no las reciban. Y esto no es culpa de Dios, que quiere ofrecer y dar, sino culpa de quienes por su incredulidad son personas sin derecho a recibirlos. Sin embargo, su incredulidad no anula la fidelidad de Dios (Rom. 3:3 sgs.)

 Para qué han sido instituidos los sacramentos.

Como ya en un principio, al explicar la sustancia y carácter de los sacramentos, señalamos de paso por qué han sido instituidos, resulta innecesario fatigar al lector repitiendo lo dicho. En consecuencia nos referiremos únicamente a los sacramentos del nuevo pueblo del pacto tratándolos por separado.

 

 

Comments