Articulo 17 - LA SANTA, CRISTIANA Y UNIVERSAL IGLESIA DE DIOS Y LA ÚNICA CABEZA DE LA IGLESIA

Artículo 17 LA SANTA, CRISTIANA Y UNIVERSAL IGLESIA DE DIOS Y LA ÚNICA CABEZA DE LA IGLESIA

 La Iglesia siempre ha sido y siempre será.

Desde un principio Dios ha querido que los hombres se salvasen y llegasen al conocimiento de la verdad y por eso siempre ha habido una Iglesia y la seguirá habiendo ahora y hasta el fin de los tiempos, o sea: una Iglesia

 ¿Qué es la Iglesia?

Un grupo de creyentes llamados y congregados de en medio del mundo, una comunión de los santos, es decir, de quienes por la Palabra y el Espíritu Santo reconocen en Cristo, el Salvador, al Dios verdadero, le adoran debidamente, y en fe participan de todos los bienes que Cristo ofrece gratuitamente.

 Ciudadanos de una patria.

Todos estos hombres son ciudadanos de una patria, viven bajo el mismo Señor, bajo las mismas leyes y tienen la misma participación en todos los bienes. Así los ha denominado el apóstol: «Ciudadanos con los santos y de la familia de Dios» (Eph. 2:19). Y llama a los creyentes en este mundo «santos» porque son santificados por la sangre del Hijo de Dios (1Cor. 6:11). A ellos se refiere el artículo del Credo: «Creo una santa, universal Iglesia cristiana, la comunión de los santos».

 En todos los tiempos solamente

Y dado que siempre hay un solo Dios, sólo un Mediador entre Dios y los hombres, Jesús, el Mesías, un pastor de todo el rebaño, una cabeza de ese cuerpo y, finalmente, un Espíritu, una salvación, una fe y un Testamento o una Alianza, se colige ineludiblemente que también existe una sola Iglesia.

La llamamos universal. Iglesia cristiana universal porque todo lo abarca, se extiende por todas las partes del mundo y sobre todas las épocas y ni el espacio ni el tiempo la limitan.

 La Iglesia cristiana universal.

Se comprende que estemos contra los «donatistas» que pretendían delimitar la Iglesia dentro de un rincón de África. Tampoco aprobamos la doctrina del clero romano, que considera únicamente la Iglesia Romana como cristiana y universal.

 Partes y formas de la Iglesia.

Ciertamente se distinguen en la Iglesia diversas partes o modos de ser; pero no porque se halle en sí misma dividida o desgarrada, sino porque es distinta a causa de la diversidad de sus miembros.

 Iglesia militante e Iglesia triunfante.

Todos ellos constituyen, por una parte, la Iglesia militante y, por otra parte, la Iglesia triunfante. La primera lucha hasta hoy en la tierra contra la carne, el mundo y el príncipe de este mundo —que es el diablo—, el pecado y la muerte.

 Pero la segunda, liberada de toda lucha, triunfa en los cielos y, libre de todas las cosas mencionadas, se goza delante de Dios. Sin embargo, ambas guardan juntas una comunión o unión.

 Diversas formas de Iglesia.

La Iglesia que milita en la tierra siempre estuvo constituida por numerosas iglesias especiales, pero todas ellas pertenecen a la unidad de la Iglesia cristiana universal: Esta era de otra manera antes de la Ley, bajo los patriarcas; de otra manera bajo Moisés, por la Ley, y también de otra manera a partir de Cristo, por el Evangelio.

El antiguo y nuevo pueblo del Pacto.

Generalmente se diferencia entre dos pueblos distintos: El pueblo de los israelitas y el pueblo de los paganos, distinguiéndose también quienes habiendo sido judíos o paganos fueron unidos en la Iglesia. Y una tercera distinción se hace entre los dos Testamentos: el Antiguo y el Nuevo Testamento.

 Una Iglesia formada por ambos pueblos del Pacto.

Sin embargo, formaban y prosiguen formando todos estos pueblos una sola comunidad, tienen todos una salvación en un Mesías, en el cual como miembros de un cuerpo están unidos todos en la misma fe, gozando del mismo alimento y de la misma bebida espiritual.

 No dejamos de reconocer que en el transcurso de los tiempos ha habido diversas Confesiones referentes al Mesías prometido y al Mesías que ya ha venido al mundo; pero una vez abolida la ley ceremonial la luz resplandece con mayor claridad y nos han sido concedidos también más libertad y más dones.

 La Iglesia es la casa del Dios viviente.

Esa santa Iglesia de Dios es llamada a casa del Dios viviente, edificada con piedras vivas y espirituales y fundada sobre la roca inamovible, sobre el fundamento fuera del cual no puede ponerse otro. Por eso se denomina «columna y apoyo de la verdad» (1 Tim. 3:15).

 La Iglesia verdadera no yerra

No yerra mientras se apoye en la roca que es Cristo y en el fundamento de los apóstoles y profetas. Pero nada tiene de extraño que se equivoque tantas veces como abandone a aquél que es la única verdad.

 La Iglesia esposa y virgen de Cristo.

También se llama a la Iglesia virgen y esposa de Cristo, y, por cierto, la única y amada. Dice el apóstol: «Os he desposado a un marido, para presentaros como una virgen pura a Cristo» (2 Cor. 11:2).

 La Iglesia es el rebaño de Cristo.

Asimismo, se denomina a la Iglesia rebaño de ovejas con el único pastor, que es Cristo (Ez. 34 y Jn 10).

 La Iglesia es el cuerpo de Cristo.

Y si también se llama a la Iglesia cuerpo de Cristo es porque los creyentes son miembros vivientes de Cristo bajo la cabeza de Cristo.

 Sólo Cristo es cabeza de la Iglesia

La cabeza es la parte más importante del cuerpo: El cuerpo vive de ella y por el espíritu de la cabeza es gobernado en todas las cosas, y a la cabeza le debe el progresar y el crecimiento. El cuerpo únicamente tiene una cabeza y a ella está adaptado. Por eso no puede tener la Iglesia otra cabeza que Cristo. Pues si la Iglesia es el cuerpo espiritual ha de tener la cabeza espiritual que le corresponde. Y fuera del espíritu de Cristo no puede ser gobernada por otro espíritu. Dice Pablo: «Y él es la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia; él, que es el principio, el primogénito de los muertos, para que en todo tenga el primado» (Col. 1:18). También dice el apóstol: «Cristo es cabeza de la Iglesia y él es el que da la salud al cuerpo» (Eph. 5:23). Además; «(Dios) sometió todas las cosas debajo de sus pies, y dióle por cabeza sobre todas las cosas a la Iglesia, la cual es su cuerpo, la plenitud de Aquél, que llena todas las cosas con todo» (Eph. 1:22-23). Asimismo: «Crezcamos en todas las cosas en aquél que es la cabeza, o sea. Cristo: Del cual, todo el cuerpo compuesto y bien ligado entre sí por todas las junturas que entre sí se ayudan, cada miembro, conforme a su medida, toma aumento del cuerpo para su propia edificación en amor» (Eph. 4:15-16).

 Cristo es el único pastor supremo de la Iglesia.

Desaprobamos por esta razón la doctrina del clero romano, que de su papa romano hace un pastor universal y la cabeza dirigente, e incluso vicario de Cristo en la Iglesia universal militante, añadiendo que el papa dispone de la plenitud del poder y de la suprema soberanía en la Iglesia.

 Lo que nosotros enseñamos es que Cristo es el Señor y queda como único pastor supremo del mundo. Como Sumo Sacerdote cumple él ante Dios, el Padre, y en la Iglesia cualquier ministerio sacerdotal y pastoral hasta el final de los tiempos.

 ¿Un vicario de Cristo?

Por eso no precisa de ningún vicario, solamente necesario para representar a alguien que esté ausente. Pero Cristo está presente en la Iglesia y es la cabeza que le da vida. A sus apóstoles y a los seguidores de éstos les ha prohibido terminantemente introducir categorías y señorío en la Iglesia.

 En la Iglesia no hay «jerarquías» dirigentes.

¿Y quién no ve que aquellos que se oponen a la clara verdad tercamente y quieren introducir otra clase de gobierno en la Iglesia cuentan entre los que los apóstoles de Cristo profetizan en contra. Por ejemplo: Pedro en 2 Pet 2:1 sgs; Pablo en Acts 20:29 sgs.; 2 Cor. 11:3 sgs.; 2 Thes. 2:3 sgs., y también en otros pasajes?

Con nuestra renuncia al primado romano no causamos ni desorden ni confusión en la Iglesia, toda vez que enseñamos que el modo tradicional de dirigir la Iglesia según los apóstoles basta para que en ella reine el orden debido.

No ha habido desorden en la Iglesia.

Al principio, cuando aún no existía ninguna cabeza «romana» para —como se dice hoy— mantener el orden en la Iglesia, ésta no carecía de orden ni de disciplina. La cabeza «romana» desea en realidad ejercer su soberanía propia y conservar las situaciones no gratas que se han introducido en la Iglesia; pero está impidiendo y combatiendo la justa reforma de la Iglesia e intenta engañarla valiéndose de todos los medios posibles.

 Contiendas y disensiones en la Iglesia.

Se nos reprocha que en nuestras iglesias hay contiendas y disensiones desde que se separaron de la Iglesia romana. Y de ello deducen que no se trata de verdaderas iglesias. ¡Como si en la Iglesia romana no hubiese habido nunca sectas ni diferencias de opinión y contiendas, precisamente en cuestiones de fe, cuestiones no solamente manifestadas desde el pulpito, sino que también en medio del pueblo! Reconocemos, claro está, que el apóstol ha dicho: «Dios no es Dios de disensión, sino de paz» (1 Cor. 14:33) y, también: «Si entre vosotros hay celos y riñas, ¿no es eso señal de que sois carnales?» A la vez, es innegable que Dios ha actuado en la iglesia apostólica y que esta es la verdadera Iglesia..., aunque también en ella hubo contiendas y disensiones. Por ejemplo: El apóstol Pablo reprende al apóstol Pedro, o Pablo y Bernabé, en una ocasión, se muestran en desacuerdo (Gal. 2:11 sgs.). En la iglesia de Antioquía surgieron serias disputas entre personas que predicaban al mismo y único Cristo, según nos cuenta Lucas (Acts. 15). En la Iglesia siempre han existido luchas serias, y prominentes maestros de ella estaban, a veces, en desacuerdo no por cuestiones fútiles: Y sin embargo la Iglesia jamás dejó de ser lo que era. Y es que a Dios le place que para gloria de su nombre haya discusiones eclesiásticas, a fin de que, finalmente, la verdad resplandezca y, también, se manifiesten los verdaderos creyentes.

 Señales y características de la verdadera Iglesia.

Así como no reconocemos ninguna otra cabeza de la Iglesia que Cristo, tampoco reconocemos cualquier iglesia que se proclame a sí misma como «verdadera» Iglesia. Pero enseñamos que la verdadera Iglesia es aquella donde se encuentren las características de la Iglesia verdadera: Sobre todo la justificada y pura predicación de la Palabra de Dios como nos ha sido transmitida en los libros de los profetas y los apóstoles, los cuales, sin excepción, nos llevan a Cristo, que ha dicho en el Evangelio: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna... Mas al extraño no seguirán, sino que huirán de él; porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10:27-28). Si en la Iglesia hay dicha clase de personas, éstas tienen una fe, un Espíritu y adoran solamente a un Dios, al cual adoran en espíritu y en verdad; le aman, sólo a él, con todo su corazón y con todas sus fuerzas; le invocan, sólo a él, por Cristo, el único Mediador y abogado, y fuera de Cristo y de la fe en Cristo no buscan ninguna otra justicia y ninguna otra vida. Y porque reconocen solamente a Cristo por cabeza y fundamento de la Iglesia, estando sobre este fundamento se renuevan cada día mediante el arrepentimiento, llevan con paciencia la cruz que les ha sido impuesta, pero están unidas con todos los miembros de Cristo por sincero amor y demuestran que son discípulos de Jesús en tanto permanecen unidos por el vínculo de la paz y de la santa unidad.

 Al mismo tiempo, participan de los sacramentos instituidos por Cristo y que nos han legado los apóstoles y usan de los sacramentos como los han recibido del Señor. Todos conocen las palabras del apóstol: «Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado» (1 Cor 11:23).

 De aquí que, como extrañas a la verdadera Iglesia de Cristo, desechemos a aquellas iglesias, que no son como debieran ser, conforme a lo que acabamos de oír, y ya pueden enorgullecerse de la continuidad ininterrumpida de sus obispos, su unidad y su antigüedad. Con meridiana claridad nos enseñan los apóstoles a rehuir la idolatría y Babilonia sin guardar ninguna comunión con ellas so pena de ser castigados por Dios (1 Cor. 10:14; 1 Jn 5:21; Rev. 18:4; 2 Cor. 6:14 sgs.).

 Fuera de la Iglesia no hay salvación.

Tan alta tasamos la comunión con la verdadera Iglesia, que afirmamos que nadie puede vivir ante Dios si no cuida de mantener comunión con la verdadera Iglesia, sino que se aparta de ella. Así como fuera del Arca de Noé no había salvación cuando la humanidad pereció en el Diluvio, creemos que fuera de Cristo no hay salvación segura, ya que él se ofrece a los elegidos en la Iglesia para que gocen de él. Por eso enseñamos que quien quiera vivir no debe apartarse de la Iglesia verdadera.

 La Iglesia no está incondicional- mente sujeta a sus características.

Sin embargo, no limitamos la Iglesia tan estrechamente a las características mencionadas; no enseñamos que estén fuera de la Iglesia todos los que continuamente no participan de los sacramentos, pero no es por desprecio, sino que por razones de fuerza mayor e ineludibles no usan de los sacramentos y los echan de menos. Tampoco excluimos a aquellos, cuya fe a veces se enfría o incluso se apaga por completo o, más tarde, deja de existir. Tampoco excluimos a quienes acusan debilidades, defectos o errores. Sabemos que Dios ha tenido en el mundo algunos amigos no pertenecientes al pueblo de Israel. Sabemos lo que sucedió con el pueblo de Dios en la cautividad babilónica, donde durante setenta años tuvo que prescindir de su culto sacrificial. Sabemos lo acontecido al santo apóstol Pedro cuando negó al Señor e igualmente conocemos lo que a diario suele suceder a los creyentes en Dios elegidos y cómo yerran y se muestran débiles. Sabemos, además, cómo eran en tiempos apostólicos las iglesias de Galacia y Corinto, a las que el apóstol Pablo acusa de graves delitos y, no obstante, les llama santas iglesias de Cristo.

La Iglesia, a veces aparentemente eliminada.

Pero, a veces, hasta llegar a suceder que Dios, actuando como juez insobornable consiente en que la verdad de su palabra, la fe cristiana común a todos y la debida adoración que a El se le debe, se vean oscurecidas y destruidas; y entonces casi parece como si se acabase la Iglesia y nada vaya a quedar de ella. Así lo vemos recordando los tiempos de Elías y también otros tiempos: Pero en este mundo y tales tiempos oscuros Dios pro sigue teniendo sus verdaderos adoradores, que no son pocos, por cierto, sino siete mil y aún más (1 Kings 19:18; Rev. 7:3 sgs.). También exclama el apóstol: «Pero el fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: «Conoce el Señor a los que son suyos, etc.» (2 Tim. 2:19).

 Por eso bien puede ser llamada «invisible» la Iglesia; no porque quienes en ella están congregados sean invisibles, sino porque se oculta a nuestros ojos y solamente Dios la conoce, de modo que el juicio humano muchas veces resulta completamente desacertado.

 No todos los que están en la Iglesia pertenecen a la verdadera iglesia.

Por otro lado, no todos los que cuentan numéricamente en la Iglesia son miembros vivos y verdaderos de ella. Pues hay muchos hipócritas, que visiblemente oyen la palabra de Dios y públicamente reciben los sacramentos; en apariencia invocan sólo en nombre de Cristo a Dios y confiesan que Cristo es su única justicia, como si adorasen a Dios, cumpliesen sus deberes cristianos de caridad y tuviesen paciencia para recibir las desdichas. En realidad, carecen interiormente de la verdadera iluminación del Espíritu Santo, carecen de fe, de un corazón sincero y de constancia hasta el final. Pero tarde o temprano tales gentes resultan desenmascaradas. «Salieron de nosotros, mas no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, ciertamente habrían permanecido con nosotros», dice el apóstol Juan (I Jn 2:19). Se les considera pertenecientes a la Iglesia; pero mientras parecen ser piadosos no pertenecen realmente a la Iglesia, aunque estén en ella. Se asemejan a quienes traicionan al Estado, antes de ser descubiertos y, no obstante, se les cuenta entre los ciudadanos. Son como la cizaña y el tamo entre el trigo o, también, parecidos a bultos y tumores que se hallan en un cuerpo sano, aunque, en realidad, antes son manifestaciones y deformidades enfermizas que verdaderos miembros del cuerpo.

Por ser esto así, se compara, con razón, la Iglesia con una red que atrapa toda clase de peces y con un campo en que la cizaña y el trigo crecen conjuntamente (Mat. 13:47; 13:24 ss).

 No juzgar prematuramente..

Guardémonos, pues, de juzgar antes de tiempo, excluyendo o condenando o excomulgando a quienes el Señor no quiere sean excluidos o excomulgados, o sea, a quienes no podemos apartar sin hacer peligrar a la Iglesia. Por otra parte, hay que andar vigilantes, a fin de que los impíos, mientras los piadosos duermen, no progresen y así dañen a la Iglesia.

 Con todo empeño enseñamos también la necesidad de considerar en qué consisten, ante todo, la verdad y la unidad de la Iglesia, con el fin de no causar divisiones imprudentemente y favorecerlas en la Iglesia.

La unidad de la Iglesia no consiste en que usos y costumbres sean iguales.

La unidad de la Iglesia no radica en las ceremonias extremas y en los usos culturales, sino, sobre todo, en la verdad y unidad de la fe cristiana universal. Pero esta fe no nos ha sido legada por preceptos humanos, sino por las Sagradas Escrituras, cuyo compendio es el Credo Apostólico. Por eso leemos que entre los antiguos cristianos existían diferencias con respecto a los usos cúlticos, lo cual constituía una libre variedad, sin que nadie pensase que ello podría dar jamás lugar a la disolución de la Iglesia.

Decimos, por lo tanto, que la verdadera unidad de la Iglesia consiste en las doctrinas sobre la fe, en la verdadera y misma predicación del evangelio de Cristo, sí como también en los usos cultuales prescritos expresamente por el Señor mismo. Esto nos mueve a acentuar de una manera especial las palabras del apóstol, cuando dice: «Así que todos los que somos perfectos, esto mismo sintamos: y si otra cosa sentís, esto también os lo revelará Dios. Empero en aquello a que hemos llegado, sigamos la misma regla, sintamos una misma cosa» (Phil. 3:15-16).

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