Articulo 16 - LA FE, LAS BUENAS OBRAS Y SU RECOMPENSA Y LOS «MÉRITOS» DEL HOMBRE

Artículo 16 LA FE, LAS BUENAS OBRAS Y SU RECOMPENSA Y LOS «MÉRITOS» DEL HOMBRE

 ¿Qué es la fe?

La fe cristiana no es meramente una opinión o imaginación humana, sino una firmísimo confianza, un asentimiento manifiesto y constante del corazón y una comprensión completamente segura de la verdad de Dios, verdad expuesta en las Sagradas Escrituras y en el Credo Apostólico:

 La fe es un Don de Dios.

Es aceptar a Dios mismo como el supremo bien y, especialmente, la promesa divina y a Cristo, el cual es el compendio de todas las promesas. Pero esta fe es enteramente el don de Dios, que El por gracia y conforme a su criterio concede a sus elegidos, y esto cuando El quiere, a quien El lo quiere dar y en la medida que le place; y lo hace por el Espíritu Santo, mediante la predicación del Evangelio y de la oración creyente.

 Crecimiento de la fe.

Esta fe puede crecer, y si este crecimiento no fuera dado también por Dios, los apóstoles tampoco habrían dicho: «Señor, auméntanos la fe» (Lk. 17:5).

Todo cuanto hasta ahora hemos dicho acerca de la fe ya lo enseñaron los apóstoles antes que nosotros. Pablo dice: «Es, pues, la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven» (Heb. 11:1). También dice: «Todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén» (2 Cor. 1:20), y escribe a los Filipenses: «A vosotros ha sido concedido... el creer en Cristo» (Phil. 1:29). Asimismo: «...conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno» (Rom. 12:3). También dice: «Por que no es de todos la fe» (2 Thes. 3:2) y «pero no todos obedecen al evangelio» (Rom. 10:16). Mas también Lucas testimonia: «Y creyeron todos los que estaban determinados para vida eterna» (Acts 13:48). Por eso vuelve Pablo a calificar la fe como «la fe de los escogidos de Dios» (Titus 1:1). Y también: «La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios» (Rom. 10:17). En otros pasajes de sus epístolas indica con frecuencia que hay que rogar de Dios la fe.

 La fe eficaz y activa.

El mismo apóstol se refiere a la «fe que obra por la caridad» (Gal. 5:6). Esta fe trae la paz a nuestra conciencia y nos franquea el paso libre hacia Dios, de modo que nos allegamos hasta él mismo con confianza y de él recibimos lo que nos es beneficioso y lo que necesitamos. También nos mantiene la fe dentro de los límites del deber tanto para con Dios como para con el prójimo y fortalece nuestra paciencia en las tribulaciones, forma y crea el verdadero testimonio y produce, por decirlo brevemente, buenos frutos y buenas obras de todo género.

 Buenas obras.

Por eso enseñamos que las obras realmente buenas solamente surgen de la fe viva por el Espíritu Santo y que los creyentes las hacen conforme a la voluntad y al mandamiento de la palabra de Dios. Pues dice el apóstol Pedro: «Vosotros también, poniendo toda aplicación..., mostrad en vuestra fe virtud, y en la virtud conocimiento, y en el conocimiento templanza...» (2 Pet. 1:5 sgs.). Antes ya dijimos que la ley de Dios, que es la voluntad de Dios, nos da las normas acerca de las buenas obras. Y el apóstol Pablo dice: «La voluntad de Dios es vuestra santificación: que os apartéis de fornicación... y que ninguno oprima ni engañe en nada a su hermano» (1 Thes. 4:3 sgs.).

 Obras ideadas por los hombres

Y es que Dios no tiene en cuenta obras y actos cultitos realizados conforme al propio parecer, y a esto lo llama Pablo «realizados en conformidad y doctrinas de hombres» (Col. 2:23). De esto también habla el Señor en el Evangelio: «Mas en vano me honran, enseñando doctrinas y mandamientos de hombres» (Mat. 15:9).

Por estas razones desechamos tales obras; pero, por el contrario, aprobamos y recomendamos las obras que correspondan a la voluntad y al mandato de Dios.

 Objeto de las buenas obras.

Mas no deben ser hechas con la intención de ganar con ellas la vida eterna. «La dádiva de Dios es vida eterna», como dice el apóstol (Rom. 6:23). Tampoco debemos hacerlas para que la gente se fije en nosotros, cosa que el Señor condena (Mat. 6), ni por afán de ganancia, lo cual él igualmente condena (Mat. 23), sino para gloria de Dios, para manifestación atractiva de nuestra vocación y para demostrar a Dios nuestra gratitud y para beneficiar a nuestro prójimo. También dice el Señor en el Evangelio: «Que vuestra luz resplandezca delante de los hombres, a fin de que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos» (Mat. 5:16). Pero igualmente manifiesta el apóstol Pablo al escribir: «Os ruego que andéis como es digno de la vocación con que habéis sido llamados» (Ef. 4:1), y «todo lo que hagáis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por él» (Col. 3:17); «No mire cada uno a lo suyo propio, sino cada cual también a lo de los otros» (Phil. 2:4), y «aprendan asimismo los nuestros a aplicarse en buenas obras para los usos necesarios, para que no sean sin fruto» (Titus 3:14).

 No menospreciar las buenas obras.

Aunque, como el apóstol Pablo, enseñemos que el hombre es gratuitamente justificado por la fe en Cristo y no por estas o aquellas buenas obras, no pretendemos menospreciarlas o desecharlas; pues sabemos que el hombre ni ha sido creado ni ha nacido de nuevo por la fe para andar inactivo, sino, más bien, para hacer incesantemente lo bueno y beneficioso.

Ya dice el Señor en el Evangelio: «Todo buen árbol da buenos frutos, pero el mal árbol da malos frutos» (Mat. 7:17; 1:33). Dice también: «El que está en mí y yo en él, da abundante fruto» (Jn 15:5). Afirma el apóstol: «Porque somos hechura suya, criados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó para que anduviésemos en ellas» (Efs. 2:10), y «El se dio a sí mismo por nosotros para redimimos de toda iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Titus 2; 14).

 No nos salvamos por las buenas obras.

Nos apartamos, pues, de todos aquellos que desprecian las buenas obras y aseguran neciamente que no es preciso ocuparse de ellas y que no valen para nada. Como ya anteriormente dijimos, no es que pensemos que por las buenas obras viene la salvación o que sean imprescindibles para salvarse, como si sin ellas nadie se hubiese salvado hasta ahora. Porque queda bien claro que solamente por la gracia y por los beneficios de Cristo somos salvos. Pero las buenas obras tienen que salir necesariamente de la fe. Así, resulta que no en sentido expreso se hable de las buenas obras en conexión con la salvación; porque la salvación se debe expresamente a la gracia. Bien conocidas son las palabras del apóstol: «Y si por gracia, entonces no por las obras: de otra manera la gracia ya no es gracia. Y si por las obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra» (Rom. 11:6).

 Las buenas obras agradan a Dios.

Las obras que hagamos por fe agradan a Dios y él las aprueba; porque los hombres que hacen buenas obras a causa de su fe en Cristo agradan a Dios y también porque, además, son realizadas en virtud del Espíritu Santo por la gracia divina. El santo apóstol Pedro dice: «...de cualquier nación que le teme y obra justicia, se agrada» (Acts 10:35). Y manifiesta Pablo: «...No cesamos de orar por vosotros y de pedir que seáis llenos del conocimiento de su voluntad... para que andéis como es digno del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda buena obra...» (Col. 1:9-10).

 Enseñamos las virtudes verdaderas y no las falsas filosóficas.

Por eso enseñamos celosamente virtudes verdaderas y no falsas y filosóficas, sino obras realmente buenas y los deberes cristianos correspondientes, grabándolos constante y seriamente en la mente de todos. Mas, por otra parte, reprendemos la pereza y la hipocresía de todos aquellos que con la boca alaban y confiesan el evangelio, aunque lo deshonran llevando una vida vergonzosa; los reprendemos, haciéndoles ver las terribles amenazas de Dios contra tales cosas, y, a la vez, las grandes promesas y la generosa recompensa de Dios: De esta manera les amonestamos, consolamos y reprendemos.

Dios recompensa nuestras buenas obras.

También enseñamos que Dios recompensa en abundancia a quienes hacen el bien, conforme a la palabra del profeta: «Reprime tu voz del llanto, y tus ojos de las lágrimas; porque salario hay para tu obra» (Jer. 31:16; Is 4). También ha dicho el Señor en el Evangelio: «Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos» (Mat. 5:12) y «Cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente en nombre del discípulo, de cierto os digo, que no perderá su recompensa» (Mat. 10:42). Sin embargo, no atribuimos dicha recompensa, que el Señor concede, a los méritos del recompensado, sino a la bondad, la generosidad y veracidad de Dios, el cual promete y otorga la recompensa, ya que Dios nada debe a nadie. No obstante ha prometido recompensar a sus fieles servidores, y lo hace realmente para que le honren.

Claro está que incluso en las obras de los santos hay mucho que no es dignó de Dios y resulta muy imperfecto. Mas como Dios acepta a quienes hacen el bien y ama cordialmente a los que actúan en nombre de Cristo, paga siempre la recompensa prometida. En otro caso nuestra justicia es comparada a un «trapo de inmundicia» (Is. 64:6). Pero también dice el Señor en el Evangelio: «Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid: Siervos inútiles somos, porque lo que debíamos hacer, hicimos» (Lk. 17:10).

 No hay méritos del hombre.

Al enseñar nosotros que Dios recompensa nuestras buenas obras, decimos como Agustín: Dios no pone una corona a nuestros méritos, sino a sus propios dones. Por eso consideramos la recompensa también como gracia y todavía más como gracia que como galardón, ya que el bien que hacemos es debido a la ayuda de Dios más que a nosotros mismos, y porque Pablo dice: «¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías como si nada hubieses recibido?» (1 Cor. 4:7). Es esto la consecuencia que saca el bienaventurado mártir Cipriano: «En ningún aspecto tenemos de qué gloriarnos, pues nada es nuestro.» Nos oponemos, pues, a quienes defienden de tal manera los méritos humanos, que vacían la gracia de Dios.

Comments