Articulo 10 - LA PREDESTINACIÓN DIVINA Y LA ELECCIÓN DE LOS SANTOS

Artículo 10 - LA PREDESTINACIÓN DIVINA Y LA ELECCIÓN DE LOS SANTOS

La elección de la gracia.

 

  Dios, desde toda eternidad y sin hacer de la gracia, preferencias entre los hombres, libremente y por pura  gracia, ha predestinado o elegido a los santos, que El quiere salvar en Cristo, conforme a la palabra apostólica: «Dios nos ha escogido en Cristo antes de la fundación del mundo» (Eph. 1:4).  Y  también: «Dios  nos  salvó y llamó con vocación santa, no conforme a nuestras obras, sino según su intención y su gracia, la cual nos es dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de eternidad; pero ahora es manifestada por la aparición de nuestro Salvador Jesucristo» (2 Tim. 1:9 y 10).

 

En Cristo somos elegidos y predestinados.

 

De manera que Dios, usando de medios (pero no a causa de algún mérito nuestro) nos ha elegido en Cristo y por causa de Cristo, de donde resulta que los elegidos son aquellos que ya por la fe han sido plantados en Cristo. Los réprobos o no elegidos son quienes no están en Cristo, según el dicho apostólico: «Examinaos a vosotros mismos para ver si estáis en fe; probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos que Jesucristo está en vosotros? Si así no fuera, es que estaríais desechados» (2 Cor.13:5).

 

Hemos sido elegidos con un fin determinado.

 

Quiere decir esto, que Dios ha elegido a los santos en Cristo con vistas a una meta determinada, a lo cual se refiere el apóstol diciendo: «Nos escogió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos y sin mancha ante él  en  amor;  habiéndonos  predestinado para ser hijos adoptivos suyos por Jesucristo, conforme al libre designio de su voluntad para alabanza de la gloria de su gracia...» (Eph 1:4-6). Aunque Dios sabe quiénes son los suyos y alguna vez se mencione un reducido número de elegidos, hay que esperar lo mejor para todos y no se debe impremeditadamente contar a nadie entre los réprobos o desechados.

 

Esperemos en la salvación de todos.

 

A los Filipenses les escribe Pablo concretamente: «Doy gracias a Dios... por todos vosotros (¡se refiere a toda la iglesia de Filipos!), por vuestra comunión en el  evangelio  desde el primer día hasta ahora: Confiando en esto, o sea, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará... Y justo es que yo sienta esto con respecto a todos vosotros» (Phil. 1:3-7).

   

¿Han sido elegidos pocos?

 

Cuando, según Lk.13:23, preguntaron al Señor si únicamente se salvarían pocos, el Señor no contestó si serían pocos los salvados o los desechados, sino que, antes bien, amonestó a que cada cual se esforzase en entrar por la puerta estrecha. Es como si hubiera querido decir: No es cosa vuestra el inquirir por curiosidad estas cosas, sino esforzaos en entrar en los cielos siguiendo ahora la senda angosta.

 

Lo que hay que desechar con respecto a esta cuestión.

 

  No podemos, pues, aceptar las ideas impías de ciertas personas, que arguyen: «Pocos son los elegidos y como no es seguro el que yo cuente entre ellos tampoco voy a restringir los placeres de esta vida. Otros dicen: «Si Dios ya me ha predestinado y elegido, nada me impedirá gozar de la bienaventuranza ya determinada con seguridad, pese a la maldad que pudiera cometer. Y si cuento ya entre los desechados, de nada me valdrán ni la fe ni el arrepentimiento, dado que el designio de Dios es invariable. Por consiguiente, de nada aprovechan ni enseñanzas ni amonestaciones». Contra esta clase de gente se alza la palabra apostólica, que dice: «El siervo del Señor no debe ser litigioso, sino manso para con todos, apto para enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los rebeldes: porque quizá Dios les dé que se arrepientan para conocer la verdad, y se zafen de los lazos del diablo, que los tiene así cautivos y sujetos a su voluntad» ( Tim. 2:24.25.26).

 

No son en vano las  amonestaciones, pues la salvación proviene de la elección de la gracia.

 

Pero también Agustín en su libro «El bien de la fidelidad persistente» (capítulo 14 y diversos capítulos después) señala que es preciso predicar ambas cosas:  La libre elección de la gracia y la predestinación y la amonestación y enseñanza provechosa.

 

¿Somos elegidos?

 

Desaprobamos, pues, el comportamiento de aquellos hombres que fuera de la fe en Cristo buscan respuesta a la cuestión de si han sido elegidos por Dios desde la eternidad y de cuáles son los designios de Dios para con ellos desde siempre. Lo imprescindible es oír la predicación del Evangelio, creerla y no dudar de esto: Si crees y estás en Cristo es que eres un elegido. Porque el Padre nos ha revelado en Jesucristo su eterno designio de predestinación, como antes expliqué con la palabra apostólica en 2 Tim.1:9 sgs. Ante todo es necesario, pues, enseñar y reafirmar cuán grande amor del Padre nos ha sido revelado, amor por nosotros, en Cristo. Es necesario oír lo que el Señor mismo nos predica diariamente en el Evangelio, en tanto nos llama y dice: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados; que yo os haré descansar» (Mat. 11:28). «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él  crea  no  se pierda,  sino tenga vida eterna» (Jn 3:16). Y también: «No es la voluntad de vuestro Padre en los cielos que se pierda uno de estos pequeños» (Mat. 18:14). Por lo tanto, sea Cristo el espejo en el que podemos contemplar nuestra predestinación. Testimonio suficientemente claro y seguro tendremos de estar inscritos en el Libro de la Vida si guardamos comunión con Cristo y él, en fe verdadera, es nuestro y nosotros también somos suyos.

 

Tentaciones con motivo de la predestinación.

 

Dado que apenas si existe una tentación más peligrosa que la referente a la predestinación, nos consolará el que las promesas de Dios son para todos los creyentes, pues Él mismo dice: «Pedid y se os dará...: porque el que pide recibe» (Lk. 11:9 y 10).

 

  Finalmente, podemos rogar con toda la Iglesia: «Padre nuestro que estás en los cielos». Y, además, hemos sido incorporados por el bautismo al cuerpo de Cristo, y en la Iglesia frecuentemente somos alimentados con su carne y su sangre para vida eterna. Así fortalecidos, debemos, según la indicación de Pablo, luchar por nuestra salvación con temor y temblor (Phil. 2:12).

  

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