3. TERCERA PARTE: De La Fe

TERCERA PARTE: DE LA FE

1. POSEEMOS A CRISTO POR LA FE

El Padre misericordioso nos ofrece su Hijo por la Palabra del Evangelio. Y por la fe nosotros le abrazamos y le reconocemos como don de Dios a nosotros.

 
Es verdad que la Palabra del Evangelio llama a todos los hombres a que participen de Cristo, pero muchos, cegados y endurecidos por la incredulidad, desprecian esta gracia tan extraordinaria. Únicamente los fieles gozan, pues, de Cristo; sólo los fieles le reciben como enviado a ellos. No rechazan a aquel que les ha sido dado; siguen a aquel que les ha llamado.

2. DE  LA ELECCION y DE LA PREDESTINACION

Por la distinción anterior, tenemos necesariamente que considerar el gran secreto del consejo de Dios; pues la semilla de la Palabra de Dios echa raíces y fructifica únicamente en aquellos que el Señor, por su eterna elección, ha predestinado a ser sus hijos y los herederos del Reino celestial.

 
Para todos los demás, que, por el mismo consejo de Dios, antes de la constitución del mundo, han sido reprobados, la clara y evidente predicación de la Verdad no puede ser sino un olor de muerte que conduce a la muerte.

 
Ahora bien, la razón de que el Señor sea misericordioso con unos y ejerza el rigor de su juicio contra los otros, sólo Él la conoce, ya que ha querido ocultarla a todos, y esto por muy justos motivos. Pués ni la dureza de nuestro espíritu podría soportar tan gran claridad, ni nuestra pequeñez podría comprender tan gran sabiduría.

 
De hecho, todos los que pretenden llegar hasta allí, y no quieran reprimir la temeridad de su espíritu, experimentarán la verdad de lo que dice Salomón: quien pretenda investigar la Majestad de Dios, será aplastado por su gloria .

 
Nos basta pensar en nuestro interior que esta dispensaci6n del Señor, aunque oculta a nosotros, es sin embargo santa y justa. Pues si Dios quisiera perder a todo el género humano, tendría derecho a hacerlo. Y en los que aparta de la perdición, sólo podemos admirar su soberana bondad.

 
Reconozcamos, pues, que los elegidos son los vasos de su misericordia -Y bien está que así sea!- y que los reprobados son los vasos de su có1era, la cual es, no obstante, justa . De los unos y de los otros tomemos ocasi6n y argumento para exaltar su gloria.

 
Por lo demás no pretendamos -como sucede a muchos-, para confirmar la certeza de nuestra salvación, penetrar en el cielo y averiguar lo que Dios, desde su eternidad, ha decidido hacer de nosotros, pues esta indagación no servirá sino para agitarnos angustiosamente y perturbamos miserablemente. Contentémonos, por el contrario, con el testimonio por medio del cual Él nos ha confirmado suficiente y ampliamente esta certeza. Pues ya que en Cristo son elegidos todos los que han sido preordinados a la vida, aun antes de haber sido establecidos los fundamentos del mundo, en Cristo también nos ha sido presentada la prenda de nuestra elección, si es que la recibimos y le abrazamos por la fe.

 
¿Y qué buscamos en la elección sino ser partícipes de la vida eterna? Y nosotros tenemos esta vida en Cristo, que era la Vida desde el comienzo y que nos es propuesto como Vida para que todos los que creen en Él no perezcan sino que tengan vida eterna.

 
Si, pues, poseyendo a Cristo por la fe, poseemos también la vida en Él, no tenemos por qué investigar por más tiempo el consejo eterno de Dios;' pues Cristo no es tan solo un espejo en el que nos es presentada la voluntad de Dios, sino una prenda por la que esa voluntad de Dios nos es sellada y confirmada.

 
 
3. ¿QUÉ ES LA VERDADERA FE?
 
No se debe pensar que la fe cristiana es un puro y simple conocimiento de Dios, o una comprensi6n de la Escritura, que revolotea en el cerebro sin tocar el corazón. Tal es, de ordinario, la opinión que tenemos de las cosas que nos son confirmadas por alguna razón humana.

 
Pero la fe cristiana es una firme y só1ida confianza del corazón, por la que descansamos con seguridad en la misericordia de Dios que nos ha sido prometida por el Evangelio.

 
Así la definición de la fe debe tomarse de la sustancia de la promesa. Y la fe se apoya tan perfectamente en este fundamento que, si lo quitamos, la fe se derrumbaría inmediatamente, o, mejor dicho, desaparecería.

 
Por eso, cuando el Señor, por la promesa evangélica nos presenta su misericordia, y nosotros con certeza y sin vacilación alguna nos confiamos en Aquel que hace la promesa, entonces poseemos su Palabra por la fe o esta definición no es sino la del Apóstol, que nos enseña que la fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven . El Apóstol entiende por estas palabras una posesión segura y cierta de las cosas que Dios ha prometido, y una evidencia de las cosas que no se ven, es decir, de la vida eterna que esperamos a causa de nuestra confianza en esta bondad divina que se nos ofrece por el Evangelio.

 
Ahora bien, puesto que todas las promesas de Dios han sido confirmadas y, por decido así, cumplidas y realizadas en Cristo, es evidente que Cristo es, sin lugar a dudas, el objeto perfecto de la fe, y que ésta contempla en Él todas las riquezas de la misericordia divina.

 
 
4. LA FE ES UN DON DE DIOS
 
Si consideramos honestamente en nuestro interior hasta qué punto es ciego nuestro pensamiento ante los secretos celestes de Dios, y hasta qué punto es nuestro corazón infiel en todo, no dudaremos que la fe sobrepasa infinitamente a todo el poder de nuestra naturaleza, y que es un don extraordinario y precioso de Dios. Como dice San Pablo: "¿Quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios." . Si la verdad de Dios vacila en nosotros, incluso tratándose de cosas que nuestro ojo ve, ¿cómo va a ser firme y estable cuando el Señor promete cosas que ni nuestro ojo ve ni nuestra inteligencia comprende?

 
Vemos, pues, que la fe es una iluminación del Espíritu Santo, que esclarece nuestras inteligencias y fortalece nuestros corazones. Ella nos convence con certeza y nos da la seguridad de que la verdad de Dios es de tal modo cierta que Dios cumplirá todo lo que en su santa Palabra prometió que Él haría.

 
He aquí por qué al Espíritu Santo se le designa como "las arras que confirman en nuestros corazones la certidumbre de la verdad divina, y como un sello que ha sellado nuestros corazones en la espera del día del Señor . El Espíritu Santo da testimonio a nuestro espíritu de que Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos .
 
 
5. SOMOS JUSTIFICADOS EN CRISTO POR LA FE
 
Siendo Cristo el objeto permanente de la fe, no podemos saber lo que recibimos por la fe sino mirándole a Él. Ahora bien, el Padre nos lo ha dado para que tengamos en Él la vida eterna. Jesús ha dicho: "Esta es la vida eterna: que te conozcan el solo Dios verdadero, y a Jesucristo, al cual has enviado" ; y también: "El que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá" .

 
Sin embargo, para que esto se cumpla, es necesario que seamos purificados en Él, ya que estamos manchados por el pecado, y nada impuro entrará en el Reino de Dios. Por lo cual necesitamos participar en Él, para que nosotros, que somos pecadores en nosotros mismos, seamos por su justicia hallados justos ante el trono de Dios. Y de este modo, despojados de nuestra propia justicia, somos revestidos de la justicia de Cristo y; siendo por nuestras obras injustos, somos justificados por la fidelidad de Cristo.

 
Pues se dice que somos justificados por la fe, no porque recibamos en nuestro interior alguna justicia, sino porque nos es atribuida la justicia de Cristo, como si fuese nuestra, mientras que no nos es imputada nuestra propia injusticia. De tal manera que es posible, resumiendo en una palabra, llamar a esta justicia la remisión de los pecados. Esto es lo que el Apóstol declara expresamente comparando con frecuencia la justicia de las obras con la justicia de la fe, y enseñando que una destruye a la otra .

 
Estudiando el símbolo de los Apóstoles-que indica por su orden todas las realidades sobre las que está fundada y se apoya nuestra fe veremos cómo Cristo nos ha merecido esta justicia y en qué consiste la misma.
 
 
6. SOMOS SANTIFICADOS POR LA FE PARA OBEDECER A LA LEY
 
De la misma forma que Cristo intercede por nosotros ante el Padre por su justicia, para que seamos declarados justos, siendo Él nuestro abogado, así también haciéndonos participar de su Espíritu nos santifica para hacemos puros e inocentes. Pues el Espíritu del Señor reposó sobre Él sin medida -el Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de fortaleza, de ciencia y de temor del Señor-, para que todos tomemos de su plenitud y recibamos gracia sobre gracia que se le ha dado .

 
Quienes, pues, se glorían de la fe cristiana, mientras están enteramente privados de la santificación de su Espíritu, se engañan a sí mismos; pues la Escritura enseña que Cristo ha sido hecho para nosotros no sólo justicia sino también santificación. Por consiguiente no podemos recibir por la fe su justicia sin abrazar también esta santificación. El Señor, por esta alianza que ha concertado con nosotros en Cristo, promete a la vez que hará la expiación de nuestros pecados y que escribirá su Ley en nuestros corazones .

 
La obediencia a la Ley no está en nuestro poder, sino que depende del poder del Espíritu que limpia nuestros corazones de su corrupción y los ablanda para que obedezcan a la justicia. En adelante el uso de la Leyes, para los cristianos, absolutamente imposible fuera de la fe. La enseñanza externa de la Ley no hacía antes sino acusamos de debilidad y de transgresión. Pero, desde que el Señor ha grabado en nuestros, corazones el amor a su justicia, la Leyes una lámpara para guiar nuestros pasos por el recto camino; ella es la sabiduría que nos forma, nos instruye y nos alienta a ser íntegros; es nuestra regla, y no sufre ser aniquilada por una falsa libertad.

 
 
7. DEL ARREPENTIMIENTO Y DEL NUEVO NACIMIENTO
 
Ahora nos es fácil comprender por qué el arrepentimiento está siempre unido a la fe cristiana, y por qué el Señor afirma que nadie puede entrar en el Reino de los cielos sin haber nacido otra vez .

 
El arrepentimiento es esta conversión por la que, abandonando la perversidad de este mundo, volvemos al camino del Señor. Y como Cristo no es ministro del pecado, nos purifica de las manchas del pecado, y nos reviste de la participación en su justicia; pero no para que profanemos en seguida una tan grande gracia con nuevas faltas, sino para que consagremos el por venir de nuestra vida a la gloria del Padre que nos ha adoptado por hijos suyos.

 
La realizaci6n de este arrepentimiento depende de nuestro nuevo nacimiento y comprende dos partes: la mortificaci6n de nuestra carne (es decir, de la corrupción que es engendrada con nosotros), y la vivificación espiritual por la cual la naturaleza humana es restaurada en su integridad.

 
El sentido de nuestra vida está en que, muertos al pecado y a nosotros mismos, vivamos para Cristo y para su justicia. Y como este renacimiento no se consuma mientras estemos prisioneros de este cuerpo de muerte, es necesario que la preocupación de nuestro arrepentimiento dure hasta nuestra muerte.

 
 
8. RELACION ENTRE LA JUSTICIA DE LAS OBRAS Y LA JUSTICIA DE LA FE
 
No se puede dudar de que las obras buenas que proceden de una conciencia purificada sean agradables a Dios: al reconocer en nosotros su propia justicia, no puede menos que aprobarla y estimarla.

 
Sin embargo, debemos procurar cuidadosamente no dejamos arrastrar por una vana confianza en las buenas obras de tal modo que olvidemos la justificación por la sola fe en Cristo. Pues la única justificación de las obras que existe delante de Dios es la que corresponde a su justicia. A quien quiere ser justificado. por las obras no le basta, por consiguiente, hacer algunas buenas obras, sino que necesita mostrar una perfecta obediencia a la Ley. Y aun los que mejor y más que otros han adelantado en la Ley del Señor, están todavía muy lejos de esta perfecta obediencia.

 
Más aún: incluso si la justicia de Dios quisiera contentarse can una sola buena obra, no encontraría el Señor en sus santos esa sola buena obra merecedora de que se le hiciese el elogio de la justicia. Pues, por más extraño que parezca, es absolutamente cierto que ni una sola obra procede de nosotros con absoluta perfección y sin estar ensombrecida con alguna mancha.

 
He aquí por qué, siendo todos pecadores y estando manchados con innumerables huellas del pecado, tenemos que ser justificados desde fuera. Siempre, pues, tenemos necesidad de Cristo para que su perfección cubra nuestra imperfección, para que su pureza lave nuestras manchas, para que su obediencia borre nuestra injusticia, para que, finalmente, su justicia nos sea gratuitamente imputada, sin consideración alguna a nuestras obras, cuyo valor no puede subsistir ante el juicio de Dios.

 
Pero cuando nuestras manchas -que de otro modo contaminan nuestras obras ante Dios- son cubiertas de este modo, el Señor no ve en nuestras obras más que una absoluta pureza y santidad. Por eso las honra con grandes títulos y alabanzas. Las llama justas y las tiene por tales. Les promete una inmensa recompensa.

 
En resumen, tenemos que concluir que la comunión con Cristo tiene tal valor que -precisamente por ella, no sólo somos justificados gratuitamente, sino que, además, nuestras obras son tenidas por justas y recompensadas con una remúneraci6n eterna.

 
 
9. EL SIMBOLO DE LA FE

Acabamos de exponer lo que obtenemos en Cristo por la fe. Escuchemos ahora lo que nuestra fe debe mirar y considerar en Cristo para consolidarse. Esto está desarrollado en el Símbolo (como se le llama), en el que vemos cómo Cristo fue hecho para nosotros, por el Padre, sabiduría, redención, vida, justicia y santificación.

 
Poco importa el autor o autores que compusieron este resumen de la fe, puesto que no contiene ninguna enseñanza humana, sino que proviene de los firmísimos testimonios de la Escritura. Pero con el fin de que nuestra confesión de fe en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo no perturbe a nadie, hablemos primero un poco de ella.

 
Cuando nombramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, no nos imaginamos tres dioses; sino que la Escritura y la experiencia de la piedad nos muestran en el Ser único de Dios, al Padre, a su Hijo y a su Espíritu. De modo .que nuestra inteligencia no puede comprender al Padre sin comprender igualmente al Hijo en el cual brilla su viva imagen,. y al Espíritu en el cual aparece su poder y su fuerza.

 
Detengámonos, pues, y fijemos todo el pensamiento de nuestro corazón en un solo Dios. Y sin embargo contemplemos siempre al Padre con el Hijo y su Espíritu.

 
 
CREO EN DIOS PADRE TODOPODEROSO, CREADOR DEL CIELO Y DE LA TIERRA.
 
Estas palabras no sólo nos enseñan a creer que Dios existe, sino también, y sobre todo, a reconocer que es nuestro Dios y a tener por cierto que formamos parte de aquellos a. quienes Él promete que será su Dios y que ha recibido como pueblo suyo. A Él se le atribuye todo poder: dirige todo con su providencia, lo gobierna con su voluntad y lo conduce con su fuerza y con el poder de su mano.

 
Decir "creador del cielo y de la tierra", significa que cuida, sostiene y vivifica perpetuamente todo lo que creó una vez.
 
 
Y EN JESUCRISTO, SU UNICO HIJO, NUESTRO Señor.
 
Lo que hemos enseñado más arriba, a saber, que Cristo es el objeto mismo de nuestra fe, aparece claramente en estas palabras que describen en Él todos los aspectos de nuestra salvación. Le llamamos Jesús, título con que le honra una revelación celestial, pues ha sido enviado para salvar a los suyos de sus pecados. Por esta razón la Escritura afirma que "no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos" .
 
El título de Cristo significa que ha recibido con plenitud la unci6n de todas las gracias del Espíritu Santo (simbolizadas en la Escritura por el óleo), sin las cuales caemos como ramas secas y estériles. Esta uncion le consagró:
 
Primero como Rey, en el nombre del Padre, para tener todo poder en el cielo y en la tierra, a fin dé que fuésemos nosotros reyes por Él, con dominio sobre el Diablo, el pecado, la muerte y el infierno.
 
En segundo lugar como Sacerdote, para damos la paz y reconciliación con el Padre por medio de su sacrificio, a fin de que fuésemos sacerdotes por Él, ofreciendo al Padre nuestras plegarias, nuestras acciones de gracias, nosotros mismos y todo lo que nos pertenece, ya que es nuestro intercesor y nuestro mediador.
 
Además se le llama Hijo de Dios, no como los fieles que lo son solamente por adopción y por gracia, sino como verdadero y legítimo Hijo que lo es, y por consiguiente el único, en contraposición a nosotros.
 
El es nuestro Señor, no sólo según su divinidad, que es desde toda la eternidad una sola con el Padre, sino también según esta carne creada en la que se nos ha revelado.
 
Como dice San Pablo: "Nosotros empero no tenemos más que un Dios, el Padre, del cual son todas las cosas, y nosotros en Él; y un Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y nosotros por Él" .

 
QUE FUE CONCEBIDO DEL ESPIRITU SANTO, NACIO DE LA VIRGEN MARIA

 


Se nos recuerda aquí como el Hijo de Dios se hizo para nosotros Jesús -es decir Salvador- y Cristo -es decir Ungido, como Rey para guardamos y como Sacerdote para reconciliamos con el Padre.
 
Tomó nuestra carne para, una vez hecho Hijo del hombre, conseguir hacemos, con Él, hijos de Dios. Se revistió de nuestra pobreza para colmamos de sus riquezas. Tomó nuestra debilidad para fortalecemos con su fuerza. Se revistió de nuestra condición mortal para damos su inmortalidad. Descendió a la tierra para elevamos al cielo.
 
Nació de la Virgen María para ser reconocido como el verdadero hijo de Abraham y de David, prometido por la Ley y los Profetas, y como verdadero hombre, semejante en todo a nosotros, pero sin pecado. Fue tentado según todas nuestras debilidades, aprendiendo de este modo a tener compasión de nosotros. Fue sin embargo concebido en el seno de la Virgen por el poder maravilloso e inefable del. Espíritu Santo; pero nace sin ser manchado por ninguna corrupción carnal, antes al contrario, santificado con una excelsa pureza.
 
 
PADECIÓ BAJO PONCIO-PlLATO, FUE CRUCIFICADO; MUERTO Y SEPULTADO, DESCENDIÓ A LOS INFIERNOS
 
 
Estas palabras nos enseñan cómo realizó nuestra redención para la cual había nacido como hombre mortal. Él borró la desobediencia del hombre, que provocaba la cólera de Dios, por medio de. su obediencia, haciéndose obediente al Padre hasta la muerte. Se ofreció en sacrificio al Padre por medio de su muerte, para que se aplacase la justicia del Padre de una vez para siempre, para que todos los fieles fuesen santificados eternamente, para que se cumpliese la eterna satisfacción. Derramó su sagrada Sangre como precio de nuestra redención para apagar la cólera de Dios, encendida contra nosotros, y para purificarnos de nuestras iniquidades.
 
Nada existe en esta redención sin misterio.
 
Padeció bajo Poncio-Pilato, cuya sentencia le condenó como criminal y malhechor, para ser nosotros liberados con esta condena y absueltos ante el tribunal del gran Juez.
 
Fue crucificado para soportar en la cruz -que estaba maldita según la Ley de Dios- la maldición que merecían nuestros pecados.
 
Murió para vencer con su muerte a la muerte que nos amenazaba, y para devorarla, sin lo cual ella misma nos hubiera devorado y tragado a todos.
 
Fue sepultado para ser, unidos a Él por la eficacia de su muerte, sepultados con nuestro pecado y librados del poder del Diablo y de la muerte. Y si se dice que descendió a los infiernos, eso significa que fue herido por Dios y que soportó y experimentó el horrible rigor del juicio de Dios, interponiéndose Él mismo entre la có1era de Dios y nosotros, y satisfaciendo por nosotros a la justicia de Dios. De este modo sufrió y soportó el castigo que merecía nuestra injusticia, siendo así que no había en Él ni sombra de pecado. No es que haya estado nunca el Padre irritado contra Él: ¿cómo podría haberse indignado contra su Hijo bien amado, en quien ponía toda su complacencia? Por otra parte, ¿cómo hubiera podido el Hijo aplacar al Padre con su intercesión, si le hubiera irritado? Antes al contrario, Él sobrellevó el peso de la cólera de Dios en el sentido de que, herido y abrumado por la mano de Dios, sintió en sí todos los signos de la cólera y de la venganza de Dios, hasta verse obligado a gritar en su angustia: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?"  .
 
 
AL TERCER DIA, RESUCITÓ DE ENTRE LOS MUERTOS, SUBIÓ AL CIELO, ESTA SENTADO A LA DIESTRA DE DIOS PADRE TODOPODEROSO. DE ALLI VENDRA A JUZGAR A LOS VIVOS Y A LOS MUERTOS.
 
 
Por su resurrección tenemos la firme seguridad de conseguir .la victoria sobre el. dominio de la muerte. En efecto, no pudo ser retenido en las cadenas de la muerte, sino que se libró de ellas con todo su poder, destruyendo así las armas de la muerte, para que nunca jamás pudiesen alcanzamos mortalmente.
 
Su resurrección es, pues, la verdad segura, la sustancia y fundamento, no sólo de nuestra resurrección futura, sitio también de esta resurrección presente que nos permite vivir una nueva vida.
 
Con su ascensión al cielo, nos ha abierto esta puerta del Reino de los cielos que estaba cerrada para todos en Adán. En efecto, El entró en el cielo con nuestra naturaleza humana como en nombre nuestro, de modo que ya poseemos en Él el cielo por la esperanza, y nos sentamos con El en lugares celestiales. Por nuestro bien entró El en el santuario de Dios, que no ha sido hecho por mano de hombre, para ser perpetuamente, según su oficio de eterno Sacerdote, nuestro abogado y nuestro mediador.
 
Está sentado a la diestra de Dios Padre. Esto quiere decir en primer lugar, que ha sido establecido y declarado Rey, Maestro y Señor de todas las cosas, para protegemos y amparamos con su poder, de suerte que su reino y su gloria sean nuestra fuerza, nuestro poder y nuestra gloria contra los infiernos.
 
En segundo lugar, quiere esto decir que ha recibido todas las gracias del Espíritu Santo para dispensarlas a sus fieles y enriquecerles con ellas. De este modo, aunque su cuerpo subió al cielo y por eso ya no está presente a nuestros ojos, sin embargo no cesa de ayudar a sus fieles con. su socorro y el poder manifiesto de su presencia, según la promesa: "He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" . Añade, finalmente, que el último día, visiblemente, como se le vio subir, aparecerá ante todos en la majestad incomprensible de su Reino para juzgar a los vivos y a los muertos (es decir, a los que aquel día les sorprenderá en vida, y a los que entonces estarán ya muertos), dando a cada uno según sus obras, según que cada uno, por sus obras, se haya mostrado fiel o infiel Para nosotros es un consuelo extraordinario saber que el juicio está puesto en manos de Aquel cuya venida tendrá por única finalidad salvamos.
 
 
CREO EN EL Espíritu SANTO

Enseñamos a creer en el Espíritu Santo, quiere decir que se nos manda esperar en Él todos los bienes que nos han sido prometidos en la Escritura.
 
Todo lo que existe de bueno, sea donde sea, lo hace Jesucristo por el poder de su Espíritu. Por él crea, sostiene, conserva y vivifica todas las cosas. Por él nos justifica, santifica, purifica, llama y atrae hacia sí, para que obtengamos la salvación.
 
Por eso el Espíritu Santo, cuando habita de este modo en nosotros, es quien nos ilumina con su luz para que aprendamos y sepamos perfectamente las infinitas riquezas que, por la divina bondad, poseemos en Cristo. El Espíritu Santo es quien inflama nuestros corazones con el fuego de un ardiente amor a Dios y al prójimo. Es Él quien, cada día y cada vez más, mortifica y destruye los vicios de nuestra codicia, de modo que si hay en nosotros algunas obras buenas, son frutos y efectos de su gracia. Sin Él no habría más que tinieblas en nuestra inteligencia y perversidad en nuestro corazón.

 
CREO EN LA SANTA IGLESIA UNIVERSAL, EN LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
 
Ya hemos visto la fuente de donde brota la Iglesia en la que se nos propone aquí creer para estar seguros de que todos los elegidos están unidos, por los lazos de la fe, en una Iglesia, en una comunidad, en un pueblo de Dios, cuyo guía, príncipe y jefe de este como cuerpo único es Jesús, nuestro Señor; pues los creyentes han sido elegidos en Cristo antes de la creaci6n del mundo para estar todos unidos en el Reino de Dios.
 
Esta sociedad es católica, es decir universal, pues no hay dos o tres. Todos los elegidos de Dios están juntos y unidos en Cristo, de tal modo que dependen de un solo Jefe, creen en un solo cuerpo y están unidos unos a otros por una disposición parecida a la de los miembros de un mismo cuerpo. Se han hecho con toda verdad uno, porque, teniendo una misma fe, una misma esperanza, un mismo amor, viven de un mismo Espíritu de Dios, y están llamados a una misma herencia: la vida eterna.
 
Esta sociedad es además santa, pues todos los que son elegidos por la eterna providencia de Dios para ser acogidos como miembros de la Iglesia, son santificados por el Señor y regenerados espiritualmente.
 
Las palabras comunión de los santos explican todavía más claramente lo que es la Iglesia: la comunión de los fieles consiste en que, cuando uno de ellos ha' recibido de Dios algún don, todos participan de él, si bien, por la dispensación de Dios, este don ha sido dado a uno de ellos en particular, del mismo modo que los miembros de un mismo cuerpo, dentro de su unidad, participan entre sí de todo lo que tienen, aunque cada uno tenga sus dones particulares y sean diversas sus funciones.
 
Pues, lo repito, todos los elegidos están juntos y reunidos en un solo cuerpo.
 
Creemos que la Iglesia es santa y 10 mismo su comunión, de tal suerte que garantizados por una firme fe en Cristo tenemos la certeza de ser miembros de ella.
 
 
CREO EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS
 
 
Nuestra salvación reposa y se sostiene sobre el fundamento de la remisión de los pecados. Esta remisión es en efecto la puerta para acercamos a Dios, y el medio que nos retiene y nos guarda en su Reino.
 
Toda la justicia de los fieles se resume en la remisión de los pecados. Pues esta justicia no se obtiene por mérito alguno, sino por la sola misericordia del Señor.
 
Oprimidos, afligidos y confundidos por la conciencia de sus pecados, los fieles se sienten humillados por el sentimiento del juicio de Dios, se sienten disgustados, gimen y trabajan como bajo una pesada carga y, por este odio al pecado y esta confusión, mortifican su carne y todo lo que sólo proviene de ellos mismos.
 
Para tener gratuitamente la remisión de los pecados, Cristo mismo la ha comprado pagándola al precio de su propia sangre. Sólo en esta sangre debemos buscar la purificación de nuestros pecados y su reparación.
 
Se nos enseña pues, a creer que la generosidad de Dios y el mérito de la intercesión de Jesucristo nos han otorgado a nosotros, que hemos sido llamados e injertados en el cuerpo de la Iglesia, la remisión de los pecados y la gracia. En ninguna otra parte ni por ningún otro medio nos ha sido dada la remisión de los pecados, pues fuera de esta Iglesia y de esta comunión de los santos no existe salvación.
 
 
CREO EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA ETERNA. AMÉN
 
En primer lugar se nos enseña aquí a esperar la resurrección futura. En virtud del mismo poder con que resucitó a su Hijo de entre los muertos, el Señor llamará a una nueva vida, fuera del polvo y de la corrupción, a la carne de los que murieron con anterioridad al día del gran Juicio. Quienes se encuentren entonces con vida pasarán a la nueva vida por una repentina transformación, más bien que por la forma ordinaria de la muerte.
 
Las palabras vida eterna se añaden para distinguir el estado de los buenos del de los malos. La resurrección, en efecto, será común para unos y otros, pero conducirá a estados diferentes. Nuestra resurrección será tal que, una vez resucitados de corrupción a incorrupción, de muerte a vida, y glorificados en nuestro cuerpo y en nuestra alma, el Señor nos recibirá en la eterna bienaventuranza, sin posibilidad alguna de mutación y de corrupción.
 
Tendremos una verdadera y completa perfección de vida, de luz y de justicia, ya que estaremos unidos inseparablemente al Señor, que contiene en sí precisamente, como fuente que no puede agotarse, toda la plenitud.
 
Esta bienaventuranza será el Reino de Dios; ese Reino lleno de luz, de alegría, de felicidad y de plenitud. Estas realidades están ahora muy lejos del conocimiento de los hombres, y las vemos tan sólo como en un espejo y de una manera confusa, hasta que llegue el día en que el Señor nos concederá ver su gloria cara a cara.
 
Por el contrario, los réprobos y los malos que no buscaron ni honraron a Dios con una auténtica y viva fe, no tendrán parte en Dios ni en su Reino. Serán arrojados a la muerte inmortal y a la corrupción incorruptible, con todos los demonios. Y, lejos de toda alegría, de toda plenitud y de todos los demás bienes del Reino celestial, condenados a tinieblas perpetuas y a eternos sufrimientos, se verán roídos por un gusano que nunca morirá y quemados por un fuego que nunca se apagará.
 
 
10. ¿QUÉ ES LA ESPERANZA?
 
Si la fe (tal como la hemos entendido) es una persuasión cierta de la verdad de Dios, la cual no puede mentimos ni engañamos, ni puede ser vana o falsa, quienes tienen esta certeza esperan con una misma seguridad la realización por Dios de sus promesas. Para ellos estas promesas no pueden menos que ser verídicas.
 
De este modo la esperanza no es sino la espera firme de las cosas que la fe cree que han sido prometidas por Dios con toda verdad.
 
La fe cree que Dios es verídico; la esperanza espera que Él manifieste su veracidad en el tiempo oportuno.
 
La fe cree que Dios es nuestro Padre; la esperanza cuenta con que se comportará siempre con nosotros como tal.
 
La fe cree que la vida eterna ya nos ha sido dada; la esperanza espera el día en que esa vida eterna será revelada.
 
La fe es el fundamento sobre el que descansa la esperanza; la esperanza alimenta y sostiene a la fe.
 
Y del mismo modo que nadie puede aguardar ni esperar nada de Dios sin antes creer en sus promesas, así también es necesario que la debilidad de nuestra fe, la cual no debe desfallecer, sea sostenida y conservada por una esperanza y una espera perseverantes.

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