2. SEGUNDA PARTE: LA LEY DEL SEÑOR

SEGUNDA PARTE: LA LEY DEL SEÑOR

 
1. LOS DIEZ MANDAMIENTOS
 
En la Ley de Dios se nos ha dado una perfectísima regla de toda justicia, que podemos llamar con toda razón "la voluntad eterna del Señor", pues ha resumido plenamente y con claridad en dos Tablas todo lo que exige de nosotros.
En la primera Tabla nos ha prescrito, en pocos mandamientos, cuál es el servicio que le es agradable a su Majestad. En la segunda, cuáles son las obligaciones de caridad que tenemos con el prójimo.
Escuchémosla, pues, y veremos en seguida qué doctrina debemos aprender y al mismo tiempo qué fruto debemos sacar.
 

 
PRIMERA TABLA

 
PRIMER MANDAMIENTO

 
"Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de siervos. No tendrás dioses ajenos delante de mí."

 
La primera parte de este mandamiento es como una introducción a toda la Ley. Pues al afirmar que Él es "Jehová, nuestro Dios", Dios se declara como quien tiene el derecho de mandar y a cuyo mandato se le debe obediencia, según lo dice por su Profeta: "Si, pues, soy yo padre, ¿qué es de mi honra? y si soy señor, ¿qué de mi temor?" 

 
De igual modo recuerda sus beneficios, poniendo en evidencia nuestra ingratitud si no obedecemos a su voz. Pues por esta misma bondad con la que antessacó" al pueblo judío" de la servidumbre de Egipto", libra también a todos sus servidores del eterno Egipto, es decir, del poder del pecado.

 
Su prohibición de tener "otros dioses" significa que no debemos atribuir a nadie nada de lo que pertenece a Dios. Añade "delante de mí", declarando de este modo que quiere ser reconocido como Dios, no sólo con una confesión externa, sino con toda verdad, de lo íntimo del corazón.

 
Pues bien, estas cosas pertenecen únicamente a Dios, y no pueden transferirse a ningún otro sin arrebatárselas a Él; estas cosas son: que le adoremos a Él solo, que nos apoyemos en Él con toda nuestra confianza y con toda nuestra esperanza, que reconozcamos que todo lo bueno y santo proviene de Él, y que le tributemos la alabanza por toda bondad y santidad.

 
SEGUNDO MANDAMIENTO

 
"No te harás imagen, ni ninguna semejanza de cosa que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ella, ni las honrarás".

 
Del mismo modo que por el mandamiento anterior declaró que era el único Dios, así ahora dice quién es y cómo debe ser honrado y servido.

 
Prohíbe, pues, que le atribuyamos "alguna semejanza"; y la razón de esto nos la da en el capítulo 4 del Deuteronomio   y en el capítulo 40 de Isaías  , a saber: que el Espíritu no tiene ningún parecido con el cuerpo.

 
Por lo demás prohíbe que demos culto a ninguna imagen. Aprendamos, pues, de este mandamiento que el servicio y el honor de Dios son espirituales: pues, como es Espíritu, quiere ser honrado y servido en espíritu y en verdad . Inmediatamente añade una terrible amenaza, con la que de clara cuán gravemente se le ofende quebrantando este mandamiento: "porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visitó la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me aborrecen, y hago misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos”.

 
Que es como si dijera que Él es el único en quien debemos descansar, que no soporta pongamos a nadie a su lado. E incluso que vengará su Majestad y su Gloria si algunos la transfieren a las imágenes o a cualquier otra cosa; y no de una vez para siempre, sino en los padres, hijos y descendientes, es decir, en todos, mientras imiten la impiedad de sus padres; del mismo modo que manifiesta su misericordia y dulzura a los que le aman y guardan su Ley. En todo lo cual nos declara la grandeza de su misericordia que la extiende hasta mil generaciones, mientras que sólo asigna cuatro generaciones a su venganza.
 

 
TERCER MANDAMIENTO

 
"No tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; porque no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano".
 
 
 Nos prohíbe aquí abusar de su santo y sagrado Nombre en los juramentos para confirmar cosas vanas o mentiras, pues los juramentos no deben servirnos para placer o deleite, sino para una justa necesidad cuando se trata de mantener la gloria del Señor o cuando es necesario afirmar algo que sirve para edificación.

 
Y prohíbe terminantemente que manchemos en lo más mínimo su santo y sagrado Nombre; por el contrario, tenemos que tomar este Nombre con reverencia y con toda dignidad, según lo exige su santidad, trátese de un juramento que nosotros pronunciemos, o de cualquier cosa que nos propongamos delante de Él.

 
Y puesto que el principal uso que debemos hacer de este Nombre es invocado, aprendemos qué clase de invocación es la que aquí nos manda.

 
Finalmente anuncia en este mandamiento un castigo, con el fin de que, quienes hayan profanado con injurias y otras blasfemias la santidad de su Nombre, no crean que podrán escapar de su venganza.
 

 
CUARTO MANDAMIENTO

 
"Acordarte has del día del reposo, para santificarlo. Seis días trabajarás, y harás toda tu obra; mas el séptimo día será reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni tu extranjero que está dentro de tus puertas. Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, la mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto Jehová bendijo el día, del reposo y lo santificó."

 
Vemos que ha promulgado este mandamiento por tres motivos:

 
Primero, porque el Señor ha querido, por medio del reposo del séptimo día, dar a entender al pueblo de Israel el reposo espiritual en el cual deben los fieles abandonar sus propias obras para que el Señor obre en ellos.

 
En segundo lugar, ha querido que existiese un día ordenado para reunirse, para escuchar su Ley y tomar parte en su culto.
 
 
En tercer lugar, ha querido que a los siervos y a quienes viven bajo el dominio de otro les fuese concedido un día de reposo para poder descansar de su trabajo. Pero esto es una consecuencia, más bien que una razón principal.

 
En cuanto al primer motivo, no hay duda alguna de que ha cesado con Cristo: pues Él es la Verdad con cuya presencia des aparecen todas las figuras, y es el Cuerpo con cuya venida se desvanecen todas las sombras. Por lo cual San Pablo afirma que el sábado era "la sombra de lo porvenir"  . Por lo demás, declara la misma verdad cuando, en el capítulo 6 de la carta a los Romanos, nos enseña que hemos sido sepultados con Cristo, a fin de que por su muerte muramos a la corrupción de nuestra carne ; Y esto no se efectúa en un solo día, sino a lo largo de toda nuestra vida hasta que, muertos enteramente a nosotros mismos, seamos colmados de la vida de Dios. Por lo tanto debe estar muy lejos del cristiano la observancia supersticiosa de los días.

 
Pero como los dos últimos motivos no pueden contarse entre las sombras antiguas sino que se refieren por igual a todas las épocas, a pesar de haber sido derogado el sábado, todavía tiene vigencia entre nosotros el que escojamos algunos días para escuchar la Palabra de Dios, para romper el pan místico de la Cena y para orar públicamente. Pues somos tan débiles que es imposible reunir tales asambleas todos los días. También es necesario que los siervos y los obreros puedan reponerse de su trabajo.

 
Por esto ha sido abolido el día observado por los judíos -lo cual era útil para desarraigar la superstición-, y se ha destinado para esta práctica otro día -lo cual era necesario para mantener y conservar el orden y la paz en la Iglesia.

 
Si, pues, a los judíos se ha dado la verdad en figura, a nosotros se nos revela esta misma verdad sin ninguna sombra: Primeramente, para que consideremos toda nuestra vida un "sábado", es decir, reposo continuo de nuestras obras, para que el Señor obre en nosotros por medio de su Espíritu.

 
En segundo lugar, para que mantengamos el orden legítimo de la Iglesia, con el fin de escuchar la Palabra de Dios, recibir los Sacramentos y orar públicamente.

 
En tercer lugar, para que no oprimamos inhumanamente con el trabajo a quienes nos están sujetos.
 

 
SEGUNDA TABLA
 
 
QUINTO MANDAMIENTO

 
"Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da."

 
En este mandamiento se nos ordena respetar a nuestros padre y madre, y a los que de manera parecida ejercen autoridad sobre nosotros, como los príncipes y magistrados. A saber, que les tributemos reverencia, reconocimiento y obediencia, y todos los servicios que nos sean posibles, pues es la voluntad de Dios. que correspondamos con todas estas cosas a quienes nos han traído a esta vida. Y poco importa que sean dignos o indignos de recibir este honor, pues, sean lo que sean, el Señor nos los ha dado por padre y madre y .ha querido que les honremos.

 
Pero tenemos que señalar de pasada que sólo se nos manda obedecerles en Dios. Por lo cual no debemos, para agradarles, quebrantar la Ley del Señor; pues si nos ordenan algo, sea lo que sea, contra Dios, entonces no debemos considerarlos, en este punto, como padre y madre, sino como extraños que quieren apartamos de la obediencia a nuestro verdadero Padre.

 
Este quinto mandamiento es el primero que contiene una promesa, como lo dice San Pablo en el capítulo 6 de la carta a los Efesios . Por el hecho de prometer el Señor una bendici6n en la vida presente a los hijos que hayan servido y honrado a su padre y madre, observando este mandamiento tan conveniente, declara que tiene preparada una segurísima maldición para quienes les son rebeldes y desobedientes.

 
SEXTO MANDAMIENTO

 
"No matarás."
 
Aquí se nos prohíbe cualquier clase de violencia y ultraje. y en general toda ofensa que pueda herir el cuerpo del prójimo. Pues si recordamos que el hombre ha sido hecho a imagen dc Dios, debemos considerarlo como santo y sagrado, de suerte que no puede ser violado sin violar también, en él, la imagen de Dios.

 
SÉPTIMO MANDAMIENTO

 
"No cometerás adulterio."

 
El Señor nos prohíbe aquí cualquier clase de lujuria y de impureza. Pues el Señor ha unido el hombre a la mujer solamente por la ley del matrimonio, y como esta unión está sellada con su autoridad, la santifica también con su bendici6n; por consiguiente, cualquier uni6n que no sea la del matrimonio es maldita ante Él. Es, por lo tanto, necesario que quienes no tienen el don de la continencia -pues es un don particular que no está en la capacidad de todos- pongan freno a la intemperancia de su carne con el honesto remedio del matrimonio, pues el matrimonio es honroso en todos; en cambio Dios condenará a los fornicarios y a los adúlteros .

 
OCTAVO MANDAMIENTO

 
"No hurtarás."

 
Se nos prohibe aquí, de un modo general, que nos apropiemos de los bienes ajenos. Pues el Señor quiere que estén lejos de su pueblo cualquier clase de rapiñas por medio de las cuales son agobiados, y oprimidos los débiles, y también toda suerte de engaños con los que se ve sorprendida la inocencia de los humildes.
Sí, pues, queremos conservar nuestras manos puras y limpias de hurtos, es necesario que nos abstengamos tanto de rapiñas violentas como de engaños y sutilezas.

 
NOVENO MANDAMIENTO
 
 
“No hablarás contra tu prójimo falso testimonio.”

 
El Señor condena aquí todas las maldiciones e injurias con las que se ultraja la buena fama de nuestro hermano, y todas las mentiras con que, de cualquier forma que sea, se hiere al prójimo.

 
Pues si la buena fama es más preciosa: que cualquier tesoro, no recibimos menos daño al ser despojados de la integridad de nuestra buena fama que al serio de nuestros bienes. Con frecuencia se consigue quitar los bienes a un hermano con falsos testimonios, tan perfectamente como con la rapacidad de las manos. Por eso queda atada nuestra lengua por este mandamiento, como lo están nuestras manos por el anterior.
 
 
 
DÉCIMO MANDAMIENTO

 
"No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo,"

 
Por este mandamiento pone el Señor como un freno a todos los deseos que sobrepasan los límites de la caridad. Pues todo lo que los otros mandamientos prohiben cometer en forma de actos contra la regla del amor, éste prohibe concebirlo en el  corazón.

 
Así, este mandamiento condena el odio, la envidia, la malevolencia, del mismo modo que antes estaba condenado el homicidio. Tan prohibidos están los afectos impuros y las manchas internas del coraz6n como el libertinaje. Donde ya estaban prohibidos el engaño y la rapacidad, aquí lo está la avaricia; donde ya se prohibía la murmuración, aquí se reprime incluso la malevolencia.

 
Vemos, pues, cuán general es la intención de este mandamiento, y cómo se extiende a lo largo y a lo ancho. Pues el Señor exige que amemos a nuestros hermanos con un afecto maravilloso y sumamente ardiente, y quiere que no se vea turbado por la más mínima codicia contra el bien y provecho del prójimo.

 
En resumen, este mandamiento consiste, pues, en que amemos al prójimo de tal modo que ninguna codicia contraria a la ley del amor nos halague, y que estemos dispuestos a dar de muy buena gana a cada uno lo que le pertenece. Ahora bien, debemos considerar como perteneciente a cada uno lo que por el mismo deber de nuestro cargo estamos obligados a darle.
 

 
2. EL RESUMEN DE LA LEY

 
Nuestro Señor Jesucristo nos ha declarado suficientemente a dónde tienden todos los mandamientos de la Ley, al enseñarnos que toda la Ley está comprendida en dos capítulos.

 
El primero, que amemos al Señor, nuestro Dios, con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con todas nuestras fuerzas.

 
El segundo, que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos.

 
Y esta interpretación la ha tomado de la misma Ley, pues la primera parte está en el capítulo 6 del Deuteronomio  y la segunda la encontramos en el capítulo 19 del Levítico .
 

 
3. LO QUE NOS VIENE ÚNICAMENTE DE LA LEY

 
He aquí el modelo de una vida santa y justa, e incluso una imagen perfectísima de la justicia, de modo que si alguien-cumple en su vida la ley de Dios, a éste nada de lo que se requiere para la perfección le faltará delante del Señor.
Para confirmar esto, Dios promete a quienes hayan cumplido su Ley, no sólo aquellas grandes bendiciones de la vida presente de que se habla en el capítulo 26 del Levítico  y en el capítulo 28 del Deuteronomio , sino también la recompensa de la vida eterna .

 
Por otra parte, Dios anuncia-la venganza de una muerte eterna contra todos los que no hayan cumplido con sus acciones todo lo que está mandado en esta Ley . Incluso Moisés, habiendo proclamado la Ley, toma por testigo al cielo y a la tierra de que acaba de proponer al pueblo el bien y el mal, la vida y la muerte .

 
Pero, aunque la Ley señala el camino de la vida, sin embargo debemos ver de qué modo puede aprovechamos. Si nuestra voluntad estuviera conformada y sometida a la obediencia de la voluntad de Dios, ciertamente que el mero conocimiento de la Ley bastaría para nuestra salvación. Pero, como nuestra naturaleza carnal y corrompida lucha en todo y siempre contra la Ley espiritual de Dios, y no se ha corregido en lo más mínimo con la doctrina de esta Ley, resulta que esta misma Ley que había sido dada, de haber encontrado oyentes buenos y capaces, para la salvación, se convierte en ocasión de peca do y de muerte. Pues, como estamos todos convencidos de ser transgresores de la Ley, cuanto más claramente esta Ley nos manifiesta la justicia de Dios, con tanta más claridad nos descubre, por otro lado, nuestra injusticia.

 
Por consiguiente, cuanto mayor sea la transgresión en que nos sorprenda, tanto más severo será el juicio de Dios ante el que ella nos hace culpables; y, una vez suprimida la promesa de la vida eterna, no nos queda sino la maldición que a todos nos corresponde por la Ley.
 

 
4. LA LEY ES UNA ETAPA PARA LLEGAR A CRISTO

 
.Si la injusticia y transgresión de todos nosotros están demostradas por el testimonio de la Ley, no lo es con el fin de que caigamos en la desesperación, y de que, perdido todo ánimo, nos hundamos en la ruina.

 
El Apóstol dice que todos estamos condenados por el juicio de la Ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios . Sin embargo él mismo enseña en otra parte que Dios encerró a todos en incredulidad, no para perderlos o para dejarlos perecer, sino para tener misericordia de todos .

 
Así pues, el Señor, después de habernos prevenido, por medio de la Ley, de nuestra debilidad y de nuestra impureza, nos consuela con la confianza en su poder y en su misericordia, y esto en Cristo, su Hijo, por el cual Él se nos revela a nosotros como benévolo y propicio.

 
Pues si bien en la Ley, Dios no aparece más que como el remunerador de una perfecta justicií1 -de la que estamos totalmente privados-, y por otra parte como el Juez íntegro y severo de los pecados; en Cristo, por el contrario, su rostro resplandece lleno de gracia y de dulzura, y esto para con los miserables e indignos pecadores; pues nos ha dado este ejemplo "admirable de su amor infinito, entregando por nosotros a su propio Hijo, y nos ha abierto, en Él, todos los tesoros de su clemencia y de su bondad.
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